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viernes, 13 de febrero de 2015

¿Por qué John Oliver no divierte a Correa?


A propósito del sketch presentado por el comediante inglés John Oliver en su programa "Last week tonight" que se transmite por la cadena HBO  -el cual se hizo viral en las redes sociales- José Hernández, periodista colombiano de amplia trayectoria radicado en Ecuador, hace un ensayo sobre el humor en tiempos de la Revolución Ciudadana. "Oliver hizo -dice Hernández- lo que hace el humor con el poder: mostrar sus excesos. Su vanidad. La burbuja en la que vive prisionero -Correa- Exhortarlo a ser humilde y desenfadado. A reírse de sí mismo". 

Se cuestiona la áspera reacción del presidente frente al sketch de Oliver mientras en sus sabatinas dedica tiempo para mofarse de sus contradictores. La conclusión es que quienes ejercen el poder -más cuando este es absoluto- se reservan para si mismos el absoluto derecho de burlarse de los demás, a los que, no podría ser de otra manera, les está vedado devolver la burla, so pena de ser escarnecidos y sancionados con las leyes creadas para salvaguardar la "majestad del poder".


Aquí el artículo de Hernández publicado en su blog "sentidocomunecuador.com"       




lunes, 17 de noviembre de 2014

¿LA REVOLUCIÓN CIUDADANA TIENE QUIEN LA DEFIENDA?

En este artículo, Boaventura de Sousa Santos hace un lúcido y didáctico análisis del gobierno de Rafael Correa, su caracterización y contradicciones.

"Hablar del socialismo del siglo XXI es, por el momento, y en el mejor de los casos, un objetivo lejano. A la luz de estas características y contradicciones dinámicas que el proceso dirigido por Correa contiene, centroizquierda es quizá la mejor manera de definirlo políticamente. Tal vez el problema resida menos en el Gobierno que en el capitalismo que él promueve. Paradójicamente, parece componer una versión postneoliberal del neoliberalismo. Cada remodelación ministerial ha producido el fortalecimiento de las élites empresariales vinculadas a la derecha. ¿Será que el destino inexorable de la centroizquierda es deslizarse lentamente hacia la derecha, tal y como ha sucedido con la socialdemocracia europea? Correa generó una megaexpectativa, pero perversamente la manera en que pretende que no se convierta en una megafrustración corre el riesgo de apartar a los ciudadanos, como quedó demostrado en las elecciones locales del pasado 23 de febrero, en las que el Movimiento Alianza País, que lo apoya, sufrió un fuerte revés. Cuesta creer que el peor enemigo de Correa es el propio Correa. Al pensar que tiene que defender la Revolución ciudadana de ciudadanos poco esclarecidos, malintencionados, infantiles, ignorantes, fácilmente manipulables por políticos oportunistas o enemigos procedentes de la derecha, Correa corre el riesgo de querer hacer la Revolución ciudadana sin ciudadanos, o lo que es lo mismo, con ciudadanos sumisos".

Por Boaventura de Sousa Santos*


* Sociólogo, Director de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra



lunes, 7 de julio de 2014

Cambios en la Constitución: El reacomodo del poder



En esta entrevista realizada por Juan Carlos Calderón, Luis Verdesoto analiza el funcionamiento de las fuerzas que coexisten al interior de AP, y como ha operado el reparto -él gentilmente denomina "reacomodo"- del poder, que es en definitiva el leitmotiv de quienes integran esa orquesta tropical denominada "revolución ciudadana"





"Los cambios en la Constitución no son sino el reflejo del reacomodo del poder en el seno del Gobierno, donde el Grupo de Guayaquil, con el vicepresidente Glas a la cabeza, ha acumulado un enorme poder nacional e internacional. El Grupo maneja los temas sustantivos del poder, mientras que para el resto, la llamada izquierda del correísmo, queda lo adjetivo, la operación política, los puñetes en la esquina. Esta es la tesis del doctor en Sociología y politólogo, Luis Verdesoto, quien la desarrolla en esta entrevista"




lunes, 2 de junio de 2014

¿RETORNO AL PASADO?



Algún defensor de la reelección indefinida decía que es un error personalizar ese tema, que debía verse como la disyuntiva entre continuar con el proceso revolucionario o regresar al pasado. ¿En realidad pensarán así quienes impulsan esa enmienda? No creo. Estoy seguro que ellos ven, como buenos adherentes, que la única oportunidad para continuar en el poder es la reelección de quien, luego de siete años, se ha convertido en casi una divinidad y, por extensión, su movimiento en una religión.

Luego que el 23 de febrero experimentaran un “revés”, eufemismo con que se quiso maquillar una evidente derrota, AP tuvo la oportunidad de decidir si convertirse en un movimiento político serio, con espacio para la discusión interna, bases debidamente estructuradas e ideología definida, o continuar por el camino del caudillismo por el que transitan desde hace siete años. Todo indica que se optó por la segunda alternativa. Esto significa que habrá “revolución ciudadana” mientras exista correísmo, y en esa misma lógica, seguirá habiendo correísmo hasta que su líder logre mantener su popularidad, condición inevitablemente asociada a la sostenibilidad que proporcione el flujo de recursos provenientes del petróleo, y a futuro de la minería.

Como era de esperarse, a la algarabía se sumaron la directiva nacional de AP, adherentes, dirigentes, funcionarios. Todos en coro han manifestado su apoyo incondicional a la propuesta sobre la cual en realidad no existía ninguna posibilidad de oposición o cuestionamiento. Fue suficiente que el presidente en su sabatina del 24 de mayo en la Asamblea haya dicho que estaba de acuerdo con esa enmienda, para que reverentemente todos se alineen con esa posición. Es probable que alguno que otro miembro de la agrupación considere ético llamar a una consulta popular o inclusive estar en desacuerdo con la propuesta en sí. Sin embargo, como sabemos las discrepancias que pueda haber entre el presidente y sus seguidores se resuelven, en principio con la amenaza de renuncia del primero, y posteriormente con la discreta separación de los espacios de poder (expulsión del paraíso) de los segundos. Cien o más brazos levantados con las palmas mirando a Carondelet es lo que veremos el momento en que la asamblea resuelva ir por la enmienda.

“El poder es para ejercerlo” solía decir un personaje en filas oficiales. Aquello, según él, implicaba no detenerse ante las limitaciones legales. Por ahora consultar al pueblo sobre una reforma constitucional no está en la hoja de ruta de AP. Asumen que por tener mayoría  en la asamblea, ipso facto el pueblo les concedió licencia para hacer cualquier cosa con la Constitución (en la que no consta la figura de la reelección indefinida), cuya aprobación, parecen no recordar, fue sometida a referendo popular en septiembre del 2008. Y es comprensible esa posición. Todos, desde el jefe hasta el último de los adherentes están conscientes que no existen cuadros que tomen la posta, que ese invento llamado “revolución ciudadana”, tiene un exclusivo gerente propietario, y en consecuencia, sin su presencia AP se perdería en el mar de contradicciones políticas y de intereses por donde navega. Por eso, y por nada más, recurren a ese arbitrio que es reformar la Constitución para solucionar un problema particular de AP. No obstante, por lo que pueda suceder, el ministerio encargado de la propaganda oficial, parece estar ensayando la promoción del segundo a bordo. ¿Pensarán que ahí existe material para construir un buen candidato? Hummm…  

Enmienda, según la primera definición de la RAE está referida a: la “acción y efecto de enmendar” entendiendo por esto “arreglar, quitar defectos, resarcir, subsanar los daños”, y así lo entendemos todos. Lo que propone el jefe no es una “enmienda”, es una “reforma”, esto es, reemplazar un texto existente en la Constitución por otro. Se supone que en derecho las cosas se deshacen de la misma forma como se hacen. Si la norma fue aprobada en referéndum, igual procedimiento debería aplicarse para su reforma. Sin embargo, es claro que priman el cálculo político y temor de que se repita la última experiencia electoral.

De mantenerse en el propósito anunciado, desde ya AP y su único líder tendrán que hacer malabares para quitar del imaginario ciudadano la idea de que se viene una dictadura solapada, y con ello el retorno al pasado.

lunes, 6 de enero de 2014

Los jefes (en la administración pública)



los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder, a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos


Hace algún tiempo escribí un pequeño ensayo dedicado al servidor público, artículo  que ha recorrido buena parte de las oficinas y dependencias estatales. Desde entonces he sentido que estoy en deuda con quienes asumen la durísima y sacrificada tarea –como ya veremos de cogobernar el aparato estatal, los jefes, sin los cuales la vida de los subalternos sería fría, intrascendente, aburrida. Eso sí, es menester dejar en claro que cualquier parecido entre lo que aquí se dice y la realidad es pura coincidencia, que no alude a individuo en específico, y que todo forma parte de ese gran holograma que según últimos descubrimientos científicos es nuestro Universo. Dicho de otra forma, esta lectura no existe, solo es un invento de su imaginación.

Partamos del principio que los jefes, como todo lo que existe sobre la Tierra, también sufren cambios. El jefe de épocas pasadas no es igual al de hoy, esencialmente porque responden a realidades diversas. El de antaño, aunque se daba ciertos aires de importancia, era un tipo distendido, refugiado en oficinas sobrias, nada ostentosas. Hasta para hacer negocios era cauto, mesurado, cuidaba el nombre, las apariencias.
Entonces, ¿cómo son los jefes de la nueva administración pública? Dejemos en claro que cuando digo “jefes” me refiero a aquellos de alto nivel; y “nuevos” es una forma de decir, ya que la mayoría llevan algunos años apoltronados en sus anatómicos y caros sillones.
Quienes los vieron llegar pueden dar fe del cambio. Muchos, la mayoría para ser justos, aparecieron con una mano adelante y otra atrás. Para disimular la carencia de recursos vestían un terno obscuro que alternaban con dos o tres camisas y una o dos corbatas durante la semana. Los que llegaron de provincias para “apoyar” al compañero presidente buscaron alojamiento en esos hotelitos baratos, de medio pelo, que abundan en la zona norte y que como gancho ofrecen desayuno gratis. Más de uno participaba del menú sobrepreciado que contratan las instituciones públicas. Otros, cansados de esa horrible comida reciclada mandaban a comprar el clásico KFC, con arroz y menestra. Ya se podrán imaginar el olor que se impregnaba en las oficinas, difícilmente disimulado por el ambiental rociado por las afanosas secretarias apenas el jefe, apremiado por la naturaleza, entraba al baño.
Hoy los jefes son cancheros, conocen el teje y maneje de la cosa pública. Aprendieron a usar con solvencia terno y corbata, a combinar la ropa, los zapatos. Ahora usan vestimenta caché comprada en tiendas exclusivas o traída del exterior en esos constantes y sacrificados viajes fuera del país. Algunos hasta ya saben para qué mismo sirven las entidades a su cargo. Se dan el lujo de comer en restaurantes gourmet, viven en buenos hoteles o arriendan suites en sectores exclusivos. Los más visionarios y pragmáticos (palabrita de moda con la que se designa a los negociadores) compraron o cambiaron su vivienda por otra. Quienes llegaron del trópico hoy se desenvuelven en la capital como peces en el agua. Le cogieron gusto al aire acondicionado natural, les agrada lo verde, los buenos colegios, la relativa seguridad, por eso muchos trajeron a la familia. Es posible que a futuro ya no regresen al terruño. Se acostumbraron a convivir con los antes odiados y menospreciados “serranos o paisanos” a quienes calificaban de burócratas vagos vividores de las rentas que producía el llano, la costa.
En lo laboral, conocen al dedillo el presupuesto institucional y su manejo, tanto que instruyen a financieros y jurídicos sobre qué procedimiento utilizar para las contrataciones. Saben que lo más rápido, práctico y “conveniente”, es acogerse a las declaratorias de emergencia. Claro, en un país subdesarrollado como este, pese al “milagro económico” que dizque experimentamos, todo es emergente, para ayer. Así que lo único que deben hacer los que manejan las compras públicas es cambiar ciertas variables a los modelos de resoluciones y contratos. Facilito.
Están conscientes que por sus obras serán juzgados de eficientes o ineficientes. Eficientes los que gastan todo el presupuesto, en lo que sea y como sea; ineficientes los lentos, los que todavía creen que deben respetar la ley, los que consultan si se puede o no hacer tal o cual cosa. No obstante, aún estos últimos saben que obligatoriamente debe constar en el famoso plan operativo todo lo imaginable, incluidos rubros que a futuro permitan camuflar gastos políticos, aportes, movilizaciones, propaganda, banderitas, vallas, festejos, etc, etc.  A propósito, es curioso ver como el último mes del año, todos entran en una especie de locura colectiva. Lo que no pudieron hacer durante once meses quieren sacar a como dé lugar los últimos días de diciembre. Así, la ejecución presupuestaria que hasta entonces no llegaba al 50%, por obra y gracia de la desesperación sube milagrosamente al 60 o 70 por ciento. No hace falta decir que estos gasto de última hora, en tiempos de navidad y fin de año generan muchas satisfacciones.        

¿Cómo son los jefes en la oficina? Bueno, los hay de toda clase. Para que no se resientan las feministas, diremos que los hay tranquilos y tranquilas (en realidad esta no es una virtud común en ellas), prepotentes y prepotentas, ramplones y ramplonas, vagos y vagas, desfachatados y desfachatadas, paranoicos y paranoicas… En lo que si todos y todas se parecen es en su lealtad al “proyecto”. No saben qué carajo es eso, pero juran que son leales al proyecto del gobierno. Concurren obligatoriamente a marchas y contramarchas, a concentraciones y desconcentraciones, algunos, los más hábiles, los que lograron subir varios peldaños en la escala de cercanía al sol que nos alumbra asisten a los monólogos en donde el supremo jefe se luce ante una eufórica y encantada concurrencia que agita banderitas y aplaude a rabiar.

Algo que caracteriza a ellos y a ellas por igual es el aprovechamiento del trabajo ajeno. Aprendieron a quedar bien a costa de otros: “Fulano, necesito esto para el mediodía", "fulana, esto es urgente, para las cuatro de la tarde, "a ver señores esto me tienen listo a más tardar para mañana”, y así, todo lo delegan. Asumen, para quedar bien, responsabilidades que no les competen. “No te preocupes, nosotros hacemos esto”, “déjamelo a mí, yo me encargo”… y claro, inmediatamente ordenan a algún subalterno que se saque la mierda haciendo el trabajo. Una vez terminado, aparecen como los autores, mientras que el personal de tropa que se desveló ni siquiera es mencionado, a no ser para responsabilizarlo por las falencias. Es ya característico que los jefes esperen la hora de salida para pedir informes o convocar a reuniones. ¿Alguien se traga el cuento que ese informe o las beberías que se tratan en las reuniones no pueden esperar hasta el otro día o la próxima semana? Claro que no, es la simple gana de joder, de darse importancia, de crear sobre él o ella un halo de esforzado y eficiente servidor. Se pasan el día en juntas y reuniones tomando cafecitos, recibiendo delegaciones que ofrecen lindos negocios, o inaugurando obras donde se malgastó el dinero. Así secretarias y el “equipo de confianza” deben esperar hasta que el jefe o jefa decida terminar con todas las reuniones para ver que si no se le ocurre armar otra o delegar alguna tarea.

Por cierto, aquello del “equipo de confianza” da para una crónica extensa. Por ahora únicamente digamos que en la argolla no están todos los que son, ni son todos los que están. Hay equipos y equipos. Unos constituidos sobre la necesidad de fortalecer la gestión institucional, mientras que hay otros en los que ciertos miembros ni siquiera trabajan en la misma institución, o se mantienen en la periferia, en oficinas privadas, oficiando de emisarios y lobistas. En este segundo caso, los verdaderos miembros son ultra cercanos al jefe, generalmente antiguos conocidos. Su condición de coautores o conocedores de malandanzas y metidas de pata hace que los vínculos entre ellos sean indisolubles; vínculo sustentado en una especie de pacto de silencio.       


Otra característica común es su fascinación por los viajes. ¡Cómo les encanta viajar! Ni bien se posesionan comienzan a planificar los viajes. Todos viajan. Para esta gente que antes se excitaba yendo a algún balneario de la costa, hoy el mundo les queda chico. Ir a Europa, Asia, el Medio o lejano Oriente, Sur o Norteamérica, se ha vuelto rutinario. Viajan con los más increíbles pretextos. Que a dictar una "conferencia magistral", que a socializar el nuevo reglamento, que a promocionar tal o cual cosa, que a informar a los migrantes sus derechos, que a firmar el tratado de entendimiento o el convenio marco, que a dar a conocer al mundo las nuevas estrategias de comercio, que al festival o la conferencia sobre esto y aquello. Y cuando se les pregunta: “¿qué tal estuvo el viaje?”, la respuesta siempre es: “cansado”. ¿Y cómo no van a estar cansados de tanto viajar?


También es común la caridad familiar. Basta que se posesione el jefe o la jefa para que en tropel ingrese a la administración toda la parentela y, si hace falta, los relacionados a ésta. Padres, hermanos, tíos, primos, cuñados, novios, concubinos… etc, etc, en su mayoría paniaguados, buenos para nada, son ubicados sino en la misma entidad en otras afines. Y no en cualquier puesto ni con cualquier sueldo, claro que no, ha de ser en funciones directivas, como corresponde al estatus del jefe.  


Volviendo a lo de antes, decíamos que hay jefes y jefas para todos los gustos, aunque por lo general la mayoría se caracterizan por tener a la gente al borde de la locura. Los informes, el oficio, los contratos, los reglamentos, las resoluciones, los pasajes... todo es urgente. Da la impresión que el futuro del paisito depende de algún informe, resolución o reglamento. Imagínense lo que pasa cuando esos informes están dirigidos al supremo jefe. Los revisan una y otra vez, suman y vuelven a sumar, mueven los cuadros de un lado al otro, pintan una columna de un color, resaltan otra, que sea lo más claro y sucinto dicen, que el supremo no tiene tiempo para leer testamentos, que solo se fija en lo importante. Eso sí, por acaso se le ocurra tomar la lección completa hay que poner los hipervínculos y llevar a cuestas toda la documentación de respaldo. Si las cosas salen bien, se felicitan, se abrazan, los rostros se iluminan de felicidad; pero si no, entonces arde Troya, se busca inmediatamente culpables, que como mínimo reciben una puteada que les dejará con estrés para toda la vida.


LAS JEFAS


¡Ah, las jefas! Ellas merecen capítulo aparte. Son una especie de última data, emergieron con los nuevos tiempos, con el cambio de época. Antes se conocían algunos ejemplares, pero en general su paso por la administración pública no tuvo el dramatismo ni la incidencia que tiene actualmente. En su mayoría son jóvenes, aunque por excepción las hay entradas en años. De procedencia distinta, algunas vienen acompañadas de un pedigrí linajudo, aspecto elegante, cutis bien mantenido, figura moldeada en gimnasios y quirófanos… mientras que en otras se aprecia la huella marcada por la vivencia en sectores populares, en donde a lo largo del tiempo se ha sentido maltrato, discriminación, carencia y una apreciable carga de frustraciones.  


Pero bien, con la revolución y los tiempos, estas mujeres aparecen reclamando su derecho a ser visibilizadas e incorporadas al aparato estatal, a ministerios, subsecretarías, embajadas, gerencias y puestos de dirección. Es lo que nos merecemos dicen. Uno de sus principales argumentos es que se han preparado y como prueba exhiben títulos académicos, no uno, sino varios y en todos los campos imaginables, y las que no tienen ese backup acuden a su trayectoria en el movimiento. Ya en el cargo, asumen las funciones con la mayor severidad posible. Curiosamente las principales víctimas de una reprimida demostración de autoritarismo y prepotencia que de inmediato sale a flote no son los machos, los opresores, no, son las mismas mujeres, sus congéneres. Prefieren descargar su frustración sobre otras mujeres antes que enfrentarse a quienes a lo largo de la historia las han dominado. No pueden ocultar su antipatía hacia determinadas funcionarias, menos cuando las subalternas demuestran mayores conocimientos y mejores ejecutorias, y si a más de capacidad la supuesta adversaria es agraciada la locura es total, eso las vuelve paranoicas. Asumen que el puestito está en riesgo. De ahí que cualquier trabajo que realizan aquellas es revisado con microscopio, les buscan fallas hasta en las comas, para desacreditarlas tachan aquí y allá, ponen lo mismo pero con otras palabras, y como golpe de gracia, de todo menos de los aciertos dejan constancias en correos o mediante oficio. Así, las féminas se convierten en las primeras víctimas de esta versión de neofascismo solapado que invade el sector público. Podría decirse que el infierno es un spa comparado con el acoso que las víctimas tendrán que soportar día a día, acoso del que hasta ahora no se conoce escapatoria.
Obsesionadas como son, luego de 12 o más horas de derramar bilis en la oficina, ya en casa, la laptop y el celular permanecen encendidos si acaso el jefe no olviden que en la pirámide del poder siempre hay un superior pida alguna información. El gusano que habita en sus cerebros les dice despiertas y en sueños que son imprescindibles, que sin ellas la entidad se derrumba, que el mundo se acaba. Al haberse constituido en las principales aportantes de recursos al hogar los maridos resignan su actitud dominante, al fin que alguien debe pagar las cuotas del auto, las nuevas tv ultraplanas, la ropa de marca, las vacaciones, etc, etc.
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En fin, los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos. Altas remuneraciones y manejo discrecional, asociados a otros privilegios, dan forma a lo que parece una nueva administración, pero que en esencia reedita viejos sistemas medievales de dominación y autoritarismo y, no en pocos casos, de descomposición.

  

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Los jóvenes y la revolución ciudadana


Tiempo atrás, alguien preguntaba por qué los primeros mandatarios cada vez que hablan sublimizan el tema de los jóvenes. Alusión que se ha manifestado de manera más evidente en los últimos meses. Les ofrecen de todo, desde capacitación, trabajo, el manejo de las empresas estatales, hasta la dirección de los órganos del estado. Esto contrasta con la situación de los viejos (para muchas autoridades los mayores de 40 años) quienes desde la visión del régimen son inservibles y, desde luego, responsables de todas las desgracias que aquejan a la banana republic. La reiterativa, insistente hasta el cansancio, alusión de los mandatarios a una supuesta revolución en la que los y las jóvenes tendrían un rol fundamental llama la atención a más de uno.  

Sabiendo la forma utilitaria cómo funciona la denominada RC había que descartar de plano motivaciones altruistas o afectivas. Así que no quedaba sino que recurrir al informe  publicado sobre el último censo de población y vivienda. Resulta que según dicha encuesta, en el 2010 el promedio de edad de la población era de 28.4 años; de éstos, casi el 50% se encuentra entre 15 y 40 años. Recordemos que la edad para ejercer el sufragio corre a partir de los 16 años. Los llamados mayores adultos -para quienes la opción del voto es facultativa- no llegan al 23%. Si a esto añadimos que el gobierno se ha convertido en el mayor empleador y que de hecho cada familia tiene al menos uno o dos miembros trabajando en el sector público, entonces la respuesta a la pregunta inicial está resuelta.

Al gobierno le interesan los votos, gente que respalde su gestión, que tras una reflexión elemental agradezca ser beneficiada por alguna de las políticas estatales o porque su principal fuente de ingresos proviene del presupuesto del estado. Por ello, resulta estratégicamente conveniente que en cada sabatina y en cada cadena mediática, el titular o su reemplazante lancen flores a los jóvenes, que exijan a los adultos ceder el paso, que invoquen el recambio generacional. No olvidemos que este gobierno inventó la “renuncia obligatoria”, un vericueto legal que obliga a los funcionarios públicos a renunciar “voluntariamente”, sin que quieran hacerlo. De esa manera se aseguran un ejército de boys scouts agradecidos, pasivos, que no cuestionan, dispuestos a cumplir fielmente las consignas del comandante y su pragmático lugarteniente.

Esta estrategia no es nueva, hace algunas décadas la ensayó con buenos resultados el Presidente Mao durante la revolución cultural china, con la diferencia que en China se respeta a los viejos mientras acá se los considera desechos. A lo dicho hay que añadir que a los jóvenes poco o nada interesa la política, más cuando el régimen se ha encargado de desprestigiarla y estigmatizar a partidos y dirigentes como ejemplo de inoperancia y corrupción.

Como vemos, la gestión pro jóvenes y anti viejos tiene únicamente fines politiqueros, vulgares y pedestres intereses electoreros, clientelares. El Jefe y su círculo cercano apuestan que estos jóvenes se constituyan en los guardianes de “su” proyecto, en la fuerza que con su voto resista cualquier intento de los opositores por el cambio en la dirección del estado. Ayer nomás el Jefe volvió a invocar el apoyo de quienes espera tener como principales aliados en las próximas elecciones: “… la juventud hará el "milagro guayaquileño", como ya estamos haciendo el "milagro ecuatoriano". Con juventud… venceremos a los políticos del siglo pasado, causantes de la tragedia nacional”, decía.

Habrá que esperar a febrero para ver si los jóvenes pescan la carnada. Hasta ahora las ofertas concretas en pro de ellos van por la entrega de becas para estudios superiores, y para el 2017 -según palabras del Vice- el enrolamiento de 2000 ingenieros en la Refinería del Pacifico,  cantidad ciertamente insignificante frente a los miles y miles que esperan una oportunidad de trabajo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El correismo, la personificación del poder y el vacío de ideología


 
Conocidos los resultados electorales, en una de sus primeras intervenciones, Rafael Correa anunció que concluido su nuevo mandato en el año 2017 se retiraría de la vida política ya que era necesario ‘descorreizar’ el país. Este exabrupto permite apreciar la superficialidad con que se observa la política desde el gobierno, además del enorme ego de un presidente a quien las masas utilitarias lo han elevado a la categoría de ser supremo y dueño de sus voluntades, o al menos, eso le han hecho creer. Prueba de ello es su arrogante amenaza de lanzarse a una nueva reelección si la oposición y la prensa privada ‘le siguen molestando’.

Sin duda, hubiese sido mucho pedir que la expresión de Correa se diese en un contexto en que ‘descorreizar’ el país significase pasar del ‘correismo-entendido como una corriente popular ligada a la figura del presidente- a una opción con contenido ideológico y pensamiento teórico que dé sostenibilidad a lo que denominan ‘el proyecto’, el cual, por la inexistencia de debate y la diversidad de intereses que confluyen al interior del gobierno, no pasa de ser un conjunto de acciones, propuestas y consignas, que tienen como hilo conductor y único objetivo la promoción de la imagen del presidente, no obstante que por conveniencia política se mantiene un discurso seudo izquierdista que no guarda coherencia con las acciones del régimen, como se demuestra con la persecución a activistas sociales, campesinos, estudiantes, y todo cuanto huela a oposición.

Acorde a lo anterior, la ‘revolución ciudadana’, cuyo propósito debió ser la transformación social, se quedó en un enunciado que la subjetividad del gran conglomerado de simpatizantes la relaciona con el desempeño administrativo del gobierno. Para ellos, la revolución se resuelve en los procesos de contratación pública que permiten la ejecución de obras de infraestructura vial y de servicios y, desde luego, en lo que constituye el producto estrella del régimen, el denominado bono de desarrollo humano, subsidio que según la propaganda oficial ha permitido a más de dos millones de personas mostrar la cabeza por sobre la línea de pobreza.  

Lejos quedó la visión que se supuso tenía ‘el proyecto’, como un concepto transformador, enfocado principalmente a modificar las relaciones de poder, que como en toda sociedad capitalista se definen en favor de quienes detentan el control económico y sus aliados políticos, esquema que sostiene la estratificación social. Tampoco se avizora ninguna intención de cambiar el modelo de desarrollo basado en la explotación indiscriminada de recursos primarios que se comercializan sin ningún valor agregado, y en una inversión pública sostenida con capitales de origen asiático que ingresan en forma de préstamos, cuyo pago se garantiza hipotecando prácticamente la totalidad de la producción petrolera estatal en beneficio del imperio chino. En realidad, contrario a lo que muchos esperaban, la ‘revolución ciudadana’ se ha convertido en la gran aliada del capital privado. Minería, hidrocarburos, telecomunicaciones, recursos hídricos; es decir, los recursos estratégicos, cuya explotación reporta inmensas ganancias, han sido concesionados a multinacionales extranjeras, mientras que las pocas empresas públicas creadas por el ‘socialismo del siglo XXI’ se convirtieron en feudos entregados a grupos hegemónicos que cohabitan al interior del propio gobierno, producto de lo cual ha emergido una opulenta nueva clase vinculada a la burocracia.
       

La incoherencia política, graficada como un vehículo que pone direccionales a la izquierda pero que gira a la derecha, tiene su origen en la composición del precedente ‘Acuerdo País’, que no era sino un improvisado grupo de ciudadanos de las más variadas y contrapuestas tendencias –característica que se mantiene- que, aprovechando un vacío en la dirección política de la nación -producto de disputas entre sectores de la clase dominante- vendieron al pueblo una propuesta de ‘cambio’, que estaría liderada por quien aparentaba tener una visión progresista del manejo del estado, defensor de las libertades, de los derechos humanos, de la naturaleza. En realidad, y en esto hay que ser justos, Correa jamás ha dicho ser marxista. Lo de ‘socialista’ y ‘revolucionario’ le salió después, adhiriéndose a una nueva versión reformista socialdemócrata liderada por Lula y Chávez que comenzó a rendir frutos electorales en América Latina. Hoy está claro que la hegemonía al interior del gobierno la tiene el sector más derechista y reaccionario, y que los sectores progresistas que adhirieron al régimen se han replegado, ocultándose en el anonimato tratando de no ser excluidos del rol de pagos. 

Visto desde una perspectiva histórica, el ‘correismo’ no es un fenómeno aislado. Es una réplica de lo que ha pasado en otros estados latinoamericanos. En los últimos tiempos el chavismo y el kirchnerismo dan cuenta de la preferencia en estos países por rendir culto a la personalidad, que una bien montada maquinaria propagandística lubricada con medidas populistas se ha encargado de impulsar, y que responde a la abierta intención de los caudillos por perennizarse en el poder, para lo cual echan mano de prácticas similares a las ejecutadas en ciertos países de Asia y Europa del Este, algunas de esa dictaduras camufladas bajo el membrete de ‘socialistas’.    

miércoles, 13 de febrero de 2013

Caudillos latinoamericanos del siglo XXI



Quienes han observado algunas campañas electorales seguramente tendrán la impresión que cada vez que se dan esos procesos, de algún cajón abandonado, cubierto de polvo y tiempo, alguien recuperó la misma desgastada cinta que nuevamente se repite hasta el cansancio, con mensajes llenos de promesas falaces, fantasiosas, ridículos slogans, canciones hechas al apuro, y frases prefabricadas, que hablan de cambios y hasta de revoluciones, carnada con que se busca atrapar a los incautos.
 
Luego de una época de inestabilidad política en que botar Presidentes se convirtió en deporte nacional –acusándolos de incapacitados mentales o incompetentes–, por cansancio o escepticismo, vemos que hoy la población mira con indiferencia las campañas electoreras, así como los abusos más grotescos, sin siquiera perturbarse. Lo anecdótico del caso es que justamente son los gobiernos autocalificados de ‘revolucionarios’, que proclamaban la recuperación de la patria para los pobres y la participación popular en la construcción de un nuevo país, los que lograron desmovilizar a la ciudadanía haciéndole perder toda conciencia crítica; y no solo eso, con las sucesivas aprobaciones plebiscitarias la convirtieron en cómplice de un perverso plan cuyo objetivo era llegar al control totalitario del poder.
 
¿Por qué gobiernos que se presentaron como alternativa a las políticas neoliberales excluyentes, concentradoras e inequitativas, terminaron destruyendo la institucionalidad y conculcando ciertas manifestaciones de la voluntad ciudadana? Simplemente porque tras toda la discursiva social y reivindicatoria se escondía un proyecto caudillesco sustentado en medidas populistas.  La subyugación de la institucionalidad que se observa en los gobiernos ‘socialistas del siglo XXI’ obedece a la necesidad del líder de ejercer el control absoluto del Estado. Como no pueden disolver la función legislativa y demás órganos del poder público debido al repudio que tal acción generaría, se apropian de ellos a través de falaces mecanismos de designación de autoridades en los cuales siempre resultan elegidos individuos cuya principal característica es su incondicional obediencia al caudillo.
 
La presencia del caudillo y el estado prácticamente de excepción en que viven los países de esa corriente no se justificaría si no existiesen enemigos a los que hay que liquidar. De ahí que, aún cuando estén en el poder cinco, diez, quince, o más años, le dicen a la gente que la tarea no está terminada, que necesitan más tiempo para derrotar al ‘pasado’, y en esas se pasan, inventando enemigos, cuando no son empresarios y banqueros –en realidad sus principales aliados-, son los medios de comunicación, los gremios aún no sometidos, los intelectuales no adherentes, e inclusive, alguna figura de otro país que emitió algún comentario adverso al régimen –hecho que automáticamente lo convierte en testaferro del ’imperio’ –, y para que no queden dudas del carácter ‘revolucionario’ y libertario del gobierno se manipulan imágenes y frases de referentes históricos (Bolívar, Sandino, Martí, Alfaro…, quienes, por algún inexplicable sortilegio, supuestamente comparten el pensamiento del caudillo).
 
Estas dictaduras tratan de compensar la pérdida de libertades y seguridad jurídica de la sociedad civil mediante acciones asistencialistas de corte neoliberal dirigidas a un gran segmento de población beneficiaria de bonos y subsidios con que la benevolencia oficial busca asegurar su fidelidad. Y a quienes no participan de esos beneficios se trata de seducir con falaces campañas publicitarias que sobredimensionan las ejecutorias del régimen. Así, nuevas carreteras, centros de salud y escuelas dan cuenta de un país que gracias al caudillo avanza a un futuro radiante de progreso y felicidad, tramoya que se convierte en el mejor escudo frente a denuncias de corrupción, violaciones constitucionales y toda clase de arbitrariedades. Cualquier ‘error’ –eufemismo con que el oficialismo denomina a los actos impúdicos- del gobierno y sus colaboradores se justifica con ‘la obra’, la cual resaltan fue realizada por ‘ellos’, como si la hubieran realizado con su dinero; y como creen que sí, que es su dinero, no les importa hacer mal uso de él.
 
Algunos entendidos encuentran que el enorme esfuerzo y desgaste al que se someten los nuevos caudillos latinoamericanos para lograr y mantener el control absoluto del poder, tiene como hilo conductor el impulso casi instintivo por restituirse de experiencias traumáticas, producto de carencias afectivas o materiales que les afectó en alguna etapa de sus vidas. Sin embargo, sería ingenuo pensar que solo buscan el poder por el poder, ya que unido al control político del estado está el control de sus recursos materiales y económicos. En realidad, son estos dos factores: el ejercicio absolutista de la autoridad y el manejo discrecional de la economía lo que hace que se jueguen la vida por mantenerse en el poder, sino recordemos lo que fueron las experiencias caudillistas de mediados del siglo pasado en Cuba, Dominicana, Nicaragua, Haití, entre otras.
 
Pero no crean que armar lo que denominan “el proyecto” es cosa fácil. Ciertamente se requiere de una compleja estructura material, jurídica y humana sobre la cual se sostiene. Al no tener verdaderas motivaciones ideológicas, estas iniciativas se sustentan en intereses puramente económicos que no podrían satisfacerse si no se construyeran complejos mecanismos de corrupción que involucran a todos los estamentos: un legislativo que fabrique leyes permeables; una justicia selectiva, benevolente con el poder y dura con los opositores; y, una maquinaria represiva que mantenga a distancia a quienes cuestionen o pretendan hurgar en los negocios de la administración.           
 
No obstante, la red clientelar que tejen esto regímenes es tan grande que no son pocos los ilusos que defienden a capa y espada al caudillo. En la práctica muchos de sus seguidores practican cultos en donde se venera al líder, no falta el afiche con su foto en el lugar más prominente de la vivienda, la bandera que identifica al movimiento. Los más fanatizados, los que torpemente confunden populismo y desarrollismo con revolución utilizan lenguaje de barricada, forman parte de los frentes de choque, asisten a concentraciones, se conocen de memoria los slogans. El caudillo les convenció que son parte de una revolución; desde luego, una revolución sin participación ciudadana, sin ideología, una revolución que se esfuerza por mantener intacto el sistema, las relaciones de poder y la estratificación de clases. Como alguien dijo: “las masas son rebaños que inconscientes siguen al lobo disfrazado de pastor

martes, 27 de noviembre de 2012

Las dictaduras casi perfectas

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Son ya más de dos décadas desde que Mario Vargas Llosa, con absoluto aplomo sentenció: “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México… es una dictadura camuflada..., puede parecer no ser una dictadura, pero si uno escarba tiene todas las características de una dictadura...”; y agregó: “Tan es dictadura la mexicana, que todas las dictaduras latinoamericanas desde que yo tengo uso de razón han tratado de crear algo equivalente al PRI”. Sus críticas incluyeron también a los intelectuales, cuando aseguró: “esta dictadura ha creado una retórica de izquierda, para lo cual a lo largo de su historia reclutó muy eficientemente a los intelectuales”. “Yo no creo, dijo, que haya en América Latina ningún caso de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual sobornándolo a través de trabajos, de nombramientos, cargos públicos, sin exigirles una adulación sistemática…  

Años después, con el declive de las ideologías y consecuentemente de los partidos, algunos gobernantes latinoamericanos le dieron la vuelta a la estrategia priista. A diferencia del caso mexicano, en estas latitudes no son los partidos quienes se apropiaron del poder, sino los caudillos. Solo por formalismo para cumplir determinados requisitos tienen tras de sí un membrete alusivo a algún partido o movimiento, pero son ellos quienes de forma inapelable imponen su voluntad. En este esquema, resulta ingenuo a más de inútil criticar la falta de un partido oficialista orgánico, estructurado, ideológico, menos la inexistencia de cuadros deliberantes. En este modelo ni el mando ni las decisiones se discuten, caudillo y partido son uno solo, el caudillo es el partido, sin él este es un espejismo.

La fórmula utilizada por las neo dictaduras responde a una planificación que en el transcurso del tiempo se va resolviendo de forma sistemática. Primero se ganan las elecciones mostrando un rostro amigable, democrático, sintonizando el malestar de la gente hacia gobiernos precedentes inestables, corporativistas, corruptos. Allanado el primer escollo se emprende en una rabiosa campaña de desprestigio en contra de políticos y rezagos de partidos, atribuyéndoles la responsabilidad de todos los males que padece la República. Ya con el viento a favor, se convoca a una Asamblea Constituyente, en donde una fanatizada mayoría oficialista emprende la tarea de cambiar el marco constitucional e institucional del Estado con el mismo prolijo cuidado con que un sastre haría un traje a la medida del caudillo. El resultado, una Constitución que las huestes oficiales bautizarán como la más avanzada del mundo, que garantiza la felicidad, el buen vivir, los derechos de la naturaleza, la participación popular. Derechos que más tarde el mismo oficialismo se encargará de violar y pisotear hasta convertirlos en letra muerta.  

Logrado ese segundo objetivo y sin oposición, de a poco, mediante engañosos procedimientos de designación y falaces concursos, el caudillo irá controlando las demás funciones e instituciones del Estado. De esa forma, órganos constitucional, legislativo, electoral, judicial y de control son ocupados por funcionarios allegados al gobierno.

Pero esto es solo una parte del poder y estos gobernantes no se conforman con eso, lo quieren todo. Sueñan con levantarse cada mañana y ver enormes titulares alabando su gestión. Para eso necesitan controlar el más importante de los poderes: los medios de comunicación, enemigo que a diario amenaza con derruir el santuario que tanto les cuesta levantar. Conscientes de la paradójica fragilidad de los regímenes autoritarios y de la dudosa fidelidad de las masas, a las cuales sino se les martilla el cerebro todos los días fácilmente se olvidan de su benefactor, los caudillos saben que resulta extremadamente peligroso dejar este cabo suelto. De ahí que, en su paranoico empeño por controlar el espacio mediático cierran estaciones de tv y radio, se apropian de otras, inundan los espacios con propaganda y cadenas, persiguen a quienes mediante artículos y crónicas denuncian actos ilícitos o cuestionan la verdad oficial. Quisieran clausurarlos a todos y que la única voz que se escuche sea la de ellos, más en esto no tienen respaldo popular y tampoco se quieren enfrentar al repudio internacional, por ello, persisten en su intento por limitar la libertad de expresión a través de leyes expedidas por las legislaturas, en donde, pese al carácter dependiente de ese órgano tampoco tienen mucho éxito.    

Estos avatares, las circunstancias y la soledad, obligan a los caudillos a refugiarse en sus palacios, a rodearse de varios círculos de incondicionales a quienes entregan la dirección de ministerios, empresas y otras entidades para que los manejen como propios, como si fuese un cheque en blanco. Lo único que exigen es que ejecuten obras, no importa cómo, lo importante es que lo hagan. A cambio de ello los escogidos tendrán absoluto respaldo e inmunidad. El brazo de la ley, manejado a control remoto, ni siquiera intentará acercárseles. 

Al igual que ocurrió en México, también en estos países el poder logró captar a un buen grupo de ‘intelectuales’, llámense escritores, músicos, pintores, teatreros, investigadores sociales, a muchos de los cuales cobijó y compró su adhesión entregándoles nombramientos en distintos órganos de la administración, en misiones diplomáticas, o bien premiándolos o apoyándolos para que capten la dirección de Instituciones culturales y, de paso, nombrándolos miembros permanentes de las comisiones que viajan con gastos pagados a toda clase de congresos, ferias y encuentros dentro y fuera del país. A ellos el poder les reconoce la representación de la intelectualidad, son los consentidos, los que iluminan los conversatorios, entrevistas y foros en medios y eventos oficiales. No se les exige mayor cosa, en muchos de los casos ni siquiera pronunciamientos directos en favor del poder, solo discreción y silencio, casi nada.         

En tanto, al pueblo se lo mantiene en calma, casi adormecido con una bien planificada campaña propagandística, con la que día a día se le suministra altas dosis de un somnífero envasado en forma de spots de Tv o cuñas de radio que van directo al subconsciente. Mensajes que hablan de una revolución que avanza, de la recuperación de la soberanía, de que la patria ya es de todos, del sueño nacionalista que reemplaza al ‘american dream’, de la casi extinción del desempleo. Mensajes que enseñan rostros de padres sonrientes y niños felices en sus casitas maltrechas. Se apropian de símbolos y referentes históricos. El marco que adorna este espejismo son nuevas carreteras o misiones de asistencia que cumplen a cabalidad con el objetivo de darle credibilidad a los mensajes. Así, el pueblo cree que los desempleados y subempleados son apenas unos pocos infortunados bajo la línea de pobreza; que la justicia, secuestrada en nuevos castillos de cristal -construidos mediante dudosos procesos de contratación- es independiente, imparcial, expedita y justa; que la inseguridad, el abandono de los ancianos, la falta de medicamentos, la saturación de los hospitales, la miseria que se observa en las ciudades más pobladas y en el campo, así como las denuncias de corrupción, son invenciones de odiadores y de la prensa corrupta.

Cuando Vargas Llosa se refirió al caso mexicano, no avizoró el pronto retorno -con nuevos rostros- de los caudillos que tiempos atrás asolaron América Latina, solo que esta vez la herramienta utilizada para acceder y sostenerse en el poder no fue el tradicional golpe de estado con apoyo de las Fuerzas Armadas. Lo hicieron conquistando el voto popular, encantando a las masas con un discurso que sintonizaba viejas aspiraciones de reivindicación social y reprimido rechazo a las estructuras partidistas responsables de la inequidad, exclusión, y saqueo de los recursos públicos. Los caudillos volvieron con la decidida intención de quedarse. Para ello pusieron en marcha un proyecto al más puro estilo populista. Echando mano de prácticas propias del capitalismo, no solo mantuvieron los subsidios a ciertos bienes y servicios instituidos por gobiernos neoliberales, sino que ampliaron el universo clientelar a un gran segmento de población pauperizada echándoles el cuento que ese estipendio los sacaría de la pobreza. Los caudillos están conscientes que el modo más fácil de acabar con la miseria es desarrollando la economía, incentivando la producción, abriendo mercados y generando fuentes de empleo; pero también saben que ello acabaría con la dependencia de millones de ciudadanos que ven en ellos la reencarnación del Mesías, al gobernante bueno que lucha por atender las necesidades no satisfechas de su pueblo, al Robin Hood que quita el dinero a los ricos para repartirlo entre sus allegados y los pobres. Este esquema ha acabado con el interés ciudadano por la política, las ideologías, los programas de gobierno, al punto que a un mayoritario segmento poblacional le importa un carajo la pérdida de libertades, el debilitamiento de la democracia, las violaciones al ordenamiento jurídico, la pérdida de la institucionalidad, al fin que de eso no viven, dicen.

Estas son las nuevas dictaduras, casi perfectas sino fuera por la prensa ‘corrupta’ que, entre desorientada y cautelosa, aún persiste en su empeño por no entregarse.

jueves, 13 de septiembre de 2012

El nuevo servidor público

Uno de los cambios que trajo la “revolución” es un nuevo modelo de funcionarias y funcionarios públicos. Hoy las entidades están saturadas de jóvenes directivos 35-0, no más de 35 años y cero experiencia. Siempre atareados, no se dan abasto, con dos o más blackberrys, la inseparable laptop, iPads y tablets. Llevar a cuestas todos estos equipos se considera signo de estatus. Rozagantes, elegantemente vestidos con ropa adquirida durante sus aburridos viajes fuera del país, fácilmente se distinguen del resto de empleados. Muchos van al gimnasio, hacen pilates, acuden al spa, manicure una vez por semana. Asiduos visitantes de la zona rosa, gustan de tomar coctelitos, tequila o algún otro licor de moda.

Con ellos, se ha institucionalizado la permanencia en las oficinas más allá del horario regular. Quien trabaja ocho horas diarias es visto como vago y falto de compromiso. Permanecer dos, tres, o más horas luego de concluida la jornada contribuirá a reforzar la imagen de entrega, sumisión e incondicionalidad que exige la revolución. Aquello, al igual que decir ‘sí’ a todo cuanto se le pida, independientemente de si es ilegal o antiético, es parte de lo que se conoce como “ponerse la camiseta”.  Y claro, a los jóvenes burócratas no les fue difícil adaptarse a estas exigencias, de ahí que mientras el resto da por concluida la jornada, ellos recién inician otra reunión. Y así trascurren sus vidas, de reunión en reunión, una más insustancial que otra.  Eso sí, de cada reunión deben obtener un “producto” que pasado a power point será presentado a la máxima autoridad, donde lo más seguro es que reciban una puteada que los vuelva a la realidad y les recuerde que nadie, con excepción del jefe, es perfecto. El nirvana estos jóvenes lo alcanzan cuando la autoridad los llama por su nombre de pila, les da una palmadita en la espalda o pide colaboración para involucrarlos en algún chanchullo. 

Mención especial merece la aparición en escena de un gran número de mujeres en puestos de relevancia. ¿De dónde salieron? Se escucha que andaban por ONG's, en redes de mujeres, haciendo un posgrado, en fin… Mujeres que dotadas de cierta autoridad son el terror de las oficinas. Es impresionante observar como la sensación de poder puede transformar un apacible valle en un volcán, ¡qué digo volcán!, en un cataclismo grado 10, de consecuencias impredecibles. Con decirles que ni siquiera sus congéneres se salvan. Estas mujeres, hiperactivas, en vigilia constante, están en todo, quieren acaparar varias tareas a la vez. Su obsesión por destacar las vuelve altamente competitivas, lo que sumado a las limitaciones en el conocimiento de ‘todo’, como ellas quisieran, las torna peligrosas en extremo, más si alguien se atreve a invadir su espacio celosamente marcado, las contradicen, o evidencian sus errores.   

Pero no todo es color de rosa en estos círculos que rodean al poder. Existen ciertas cosas que de tanto en tanto los atormenta. Una de ellas es la ejecución del plan operativo anual y posterior evaluación por resultados. Es que el futuro de la autoridad y por extensión de “su equipo”, dependen de la ejecución de ese plan. En realidad es una especie de prueba para comprobar cuánta habilidad tienen los funcionarios para gastar la mayor cantidad de recursos. El desempeño en el sector público se mide por una simple ecuación (más gasto = mayor eficiencia). De ahí que los últimos meses del año la administración entra en una suerte de paranoia contratando a diestra y siniestra. La consigna es gastar, gastar y gastar hasta que el saldo presupuestario sea lo más próximo a cero. En ese frenesí en que todo es emergente, se saltan procedimientos, se tuerce la ley, se inventan proveedores, florecen los talleres de capacitación, seminarios, etc. Es la época en que los más antiguos sacan a relucir todas sus artimañas para complacer al jefe, mientras los jovencitos sienten dolores de parto rindiendo cuentas sobre el avance de los proyectos. Lo que la mayoría ignora es que la obsesión por firmar contratos responde a otra ecuación (más contratos = más ingresos).

En beneficio de estos jóvenes es necesario decir que su comportamiento obedece a un instinto natural de conservación y supervivencia. No les queda otra. En estos tiempos quien se pone legalista o no se alinea con el “proyecto” está automáticamente fuera. Su concurrencia a marchas, contra manifestaciones y concentraciones, no son sino actividades que deben cumplir como buenos soldados. No entienden palote de política, menos han leído el manifiesto del movimiento; no importa, simplemente deben estar con la “revolución” y atender las disposiciones de las oficinas de recursos humanos, convertidas en centrales de campaña y reclutamiento. Estos chicos forman parte de la imagen de “renovación” que quiere proyectar el poder, igual que la nueva Constitución, nuevas leyes, nuevas carreteras, nuevo armamento… Son el relevo a funcionarios con ciertos años de servicio que, en unos casos, bajo grotescas e infundadas acusaciones; y en otros, apelando a una mañosa ley de servicio público, son obligados a renunciar.

En resumen, junto a la sostenida campaña en contra de los partidos políticos a fin de instaurar un nuevo partido único; igual que el mañoso nuevo órgano electoral, que validará nuevas reelecciones; igual que lo sucedido con la nueva Función Judicial, dependencia donde se procesa a opositores y disidentes; igual que la nueva Policía Nacional atrapada entre la infructuosa lucha antidelincuencial y la sinuosa manipulación política, lo que se pretende a través del enorme aparato estatal es tener el control absoluto y, de paso, contar con un inmenso ejército de servidores dispuestos a defender al Gobierno,  y sus cargos.

¿Qué pasará con este ejército de jóvenes cuando acabe la aventura “revolucionaria”, que de revolucionaria tiene muy poco y sí bastante de populismo, caudillismo, clientelismo, autoritarismo, concentración de poder, uso indiscriminado de recursos, abuso e intolerancia? No lo sé, Quizá, utilizando una palabra de moda, tendrán que “reinventarse”, y si no son despedidos, adaptarse a las exigencias del siguiente nuevo dueño del país.