miércoles, 13 de febrero de 2013

Caudillos latinoamericanos del siglo XXI



Quienes han observado algunas campañas electorales seguramente tendrán la impresión que cada vez que se dan esos procesos, de algún cajón abandonado, cubierto de polvo y tiempo, alguien recuperó la misma desgastada cinta que nuevamente se repite hasta el cansancio, con mensajes llenos de promesas falaces, fantasiosas, ridículos slogans, canciones hechas al apuro, y frases prefabricadas, que hablan de cambios y hasta de revoluciones, carnada con que se busca atrapar a los incautos.
 
Luego de una época de inestabilidad política en que botar Presidentes se convirtió en deporte nacional –acusándolos de incapacitados mentales o incompetentes–, por cansancio o escepticismo, vemos que hoy la población mira con indiferencia las campañas electoreras, así como los abusos más grotescos, sin siquiera perturbarse. Lo anecdótico del caso es que justamente son los gobiernos autocalificados de ‘revolucionarios’, que proclamaban la recuperación de la patria para los pobres y la participación popular en la construcción de un nuevo país, los que lograron desmovilizar a la ciudadanía haciéndole perder toda conciencia crítica; y no solo eso, con las sucesivas aprobaciones plebiscitarias la convirtieron en cómplice de un perverso plan cuyo objetivo era llegar al control totalitario del poder.
 
¿Por qué gobiernos que se presentaron como alternativa a las políticas neoliberales excluyentes, concentradoras e inequitativas, terminaron destruyendo la institucionalidad y conculcando ciertas manifestaciones de la voluntad ciudadana? Simplemente porque tras toda la discursiva social y reivindicatoria se escondía un proyecto caudillesco sustentado en medidas populistas.  La subyugación de la institucionalidad que se observa en los gobiernos ‘socialistas del siglo XXI’ obedece a la necesidad del líder de ejercer el control absoluto del Estado. Como no pueden disolver la función legislativa y demás órganos del poder público debido al repudio que tal acción generaría, se apropian de ellos a través de falaces mecanismos de designación de autoridades en los cuales siempre resultan elegidos individuos cuya principal característica es su incondicional obediencia al caudillo.
 
La presencia del caudillo y el estado prácticamente de excepción en que viven los países de esa corriente no se justificaría si no existiesen enemigos a los que hay que liquidar. De ahí que, aún cuando estén en el poder cinco, diez, quince, o más años, le dicen a la gente que la tarea no está terminada, que necesitan más tiempo para derrotar al ‘pasado’, y en esas se pasan, inventando enemigos, cuando no son empresarios y banqueros –en realidad sus principales aliados-, son los medios de comunicación, los gremios aún no sometidos, los intelectuales no adherentes, e inclusive, alguna figura de otro país que emitió algún comentario adverso al régimen –hecho que automáticamente lo convierte en testaferro del ’imperio’ –, y para que no queden dudas del carácter ‘revolucionario’ y libertario del gobierno se manipulan imágenes y frases de referentes históricos (Bolívar, Sandino, Martí, Alfaro…, quienes, por algún inexplicable sortilegio, supuestamente comparten el pensamiento del caudillo).
 
Estas dictaduras tratan de compensar la pérdida de libertades y seguridad jurídica de la sociedad civil mediante acciones asistencialistas de corte neoliberal dirigidas a un gran segmento de población beneficiaria de bonos y subsidios con que la benevolencia oficial busca asegurar su fidelidad. Y a quienes no participan de esos beneficios se trata de seducir con falaces campañas publicitarias que sobredimensionan las ejecutorias del régimen. Así, nuevas carreteras, centros de salud y escuelas dan cuenta de un país que gracias al caudillo avanza a un futuro radiante de progreso y felicidad, tramoya que se convierte en el mejor escudo frente a denuncias de corrupción, violaciones constitucionales y toda clase de arbitrariedades. Cualquier ‘error’ –eufemismo con que el oficialismo denomina a los actos impúdicos- del gobierno y sus colaboradores se justifica con ‘la obra’, la cual resaltan fue realizada por ‘ellos’, como si la hubieran realizado con su dinero; y como creen que sí, que es su dinero, no les importa hacer mal uso de él.
 
Algunos entendidos encuentran que el enorme esfuerzo y desgaste al que se someten los nuevos caudillos latinoamericanos para lograr y mantener el control absoluto del poder, tiene como hilo conductor el impulso casi instintivo por restituirse de experiencias traumáticas, producto de carencias afectivas o materiales que les afectó en alguna etapa de sus vidas. Sin embargo, sería ingenuo pensar que solo buscan el poder por el poder, ya que unido al control político del estado está el control de sus recursos materiales y económicos. En realidad, son estos dos factores: el ejercicio absolutista de la autoridad y el manejo discrecional de la economía lo que hace que se jueguen la vida por mantenerse en el poder, sino recordemos lo que fueron las experiencias caudillistas de mediados del siglo pasado en Cuba, Dominicana, Nicaragua, Haití, entre otras.
 
Pero no crean que armar lo que denominan “el proyecto” es cosa fácil. Ciertamente se requiere de una compleja estructura material, jurídica y humana sobre la cual se sostiene. Al no tener verdaderas motivaciones ideológicas, estas iniciativas se sustentan en intereses puramente económicos que no podrían satisfacerse si no se construyeran complejos mecanismos de corrupción que involucran a todos los estamentos: un legislativo que fabrique leyes permeables; una justicia selectiva, benevolente con el poder y dura con los opositores; y, una maquinaria represiva que mantenga a distancia a quienes cuestionen o pretendan hurgar en los negocios de la administración.           
 
No obstante, la red clientelar que tejen esto regímenes es tan grande que no son pocos los ilusos que defienden a capa y espada al caudillo. En la práctica muchos de sus seguidores practican cultos en donde se venera al líder, no falta el afiche con su foto en el lugar más prominente de la vivienda, la bandera que identifica al movimiento. Los más fanatizados, los que torpemente confunden populismo y desarrollismo con revolución utilizan lenguaje de barricada, forman parte de los frentes de choque, asisten a concentraciones, se conocen de memoria los slogans. El caudillo les convenció que son parte de una revolución; desde luego, una revolución sin participación ciudadana, sin ideología, una revolución que se esfuerza por mantener intacto el sistema, las relaciones de poder y la estratificación de clases. Como alguien dijo: “las masas son rebaños que inconscientes siguen al lobo disfrazado de pastor

2 comentarios:

  1. coño yo estoy haciendo una tarea i me dice nombra los tipos de caudillos que exitieron en venezuela en el siglo 21

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