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domingo, 25 de mayo de 2014

LA REELECCIÓN



Después de -seguramente- muchas noches de desvelo, de meditación profunda, de consultar a los astros, a las diosas del Olimpo, y a sus consejeros de cabecera, por fin, decidió estar dispuesto a sacrificarse cuatro añitos más en esa "durísima responsabilidad" que es dirigir la república. Muchas veces ha repetido que está cansado, que es desgastante la función, que es duro lidiar con la "prensa corrupta", con las traiciones, los desengaños... Pero claro, no podía defraudar a la fanaticada, a los cientos de compañeritos ubicados en puestos y actividades claves, que casi con llanto en los ojos le decían que vaya por la reelección, que sin él, el futuro de todos ellos y de su descendencia era incierto, que su amada revolución quedaría inconclusa, que en filas revolucionarias no había nacido aún el sucesor, que no existía como en Venezuela un hombre Maduro que herede el poder, que los fieros "odiadores" lo primero que harían sería perseguirles, exigir cuentas. Y claro, ante semejante clamor, no pudo resistirse y, por fin, a regañadientes cedió.

No crean que es fácil eso de pasar a la historia como el presidente que más tiempo ha estado en el poder, tener que recibir otros tantos honoris causa, posar tres veces para la foto en el salón de los presidentes, dirigir cinco funciones del estado al mismo tiempo, enfrentarse a organismos internacionales defensores de los derechos humanos, hablar todas las semanas durante tres o cuatro horas a gente reunida con mucho esfuerzo para escuchar el sagrado sermón, perseguir y enjuiciar a “saboteadores y terroristas” que gracias a él descubrimos que existían por montones en lo que antes se creía una “ínsula de paz”; rebatir diariamente a cuatro medios impresos, unas tres radios y dos estaciones de Tv, que le hacen la vida imposible; a ecologistas infantiles que no entienden que los recursos para el “progreso” que van a obtener de las explotaciones petroleras y mineras son más importantes que la vegetación, los ríos, los pajaritos y los indios semi lluchos que ahí habitan.

A todos nos consta que la modestia es la mayor de sus virtudes, que desprecia los halagos y a los zalameros, y que si no fuera porque el paisito está lleno de infames que buscan volver al pasado, él ni siquiera hubiera considerado reelegirse. Pero bueno, se acabó la incertidumbre, gracias a la buena nueva, la paz y alegría han regresado a filas revolucionarias. Hoy domingo los templos estarán llenos de feligreses dando gracias al todopoderoso por el milagro; por todas partes, hasta en los recintos más remotos se enarbolarán banderitas, se lanzarán petardos, la gente se vestirá de fiesta. La esperanza casi perdida después del “revés” de hace tres meses ha vuelto a renacer. Ya pronto, en unos días nomás, comenzará la campaña electoral, las cuatro o cinco cadenas nacionales con que ahora nos alegran la vida se multiplicarán por cien, las bonitas carreteras se adornarán con enormes pancartas anunciando la obra, a lo mejor hasta nos regalen cocinas de inducción y ollas de acero, por fin la felicidad será de todos.

Ha anunciado que el mal menor se elegirá en el 2017 ¿cuál?      

miércoles, 20 de marzo de 2013

El correismo, la personificación del poder y el vacío de ideología


 
Conocidos los resultados electorales, en una de sus primeras intervenciones, Rafael Correa anunció que concluido su nuevo mandato en el año 2017 se retiraría de la vida política ya que era necesario ‘descorreizar’ el país. Este exabrupto permite apreciar la superficialidad con que se observa la política desde el gobierno, además del enorme ego de un presidente a quien las masas utilitarias lo han elevado a la categoría de ser supremo y dueño de sus voluntades, o al menos, eso le han hecho creer. Prueba de ello es su arrogante amenaza de lanzarse a una nueva reelección si la oposición y la prensa privada ‘le siguen molestando’.

Sin duda, hubiese sido mucho pedir que la expresión de Correa se diese en un contexto en que ‘descorreizar’ el país significase pasar del ‘correismo-entendido como una corriente popular ligada a la figura del presidente- a una opción con contenido ideológico y pensamiento teórico que dé sostenibilidad a lo que denominan ‘el proyecto’, el cual, por la inexistencia de debate y la diversidad de intereses que confluyen al interior del gobierno, no pasa de ser un conjunto de acciones, propuestas y consignas, que tienen como hilo conductor y único objetivo la promoción de la imagen del presidente, no obstante que por conveniencia política se mantiene un discurso seudo izquierdista que no guarda coherencia con las acciones del régimen, como se demuestra con la persecución a activistas sociales, campesinos, estudiantes, y todo cuanto huela a oposición.

Acorde a lo anterior, la ‘revolución ciudadana’, cuyo propósito debió ser la transformación social, se quedó en un enunciado que la subjetividad del gran conglomerado de simpatizantes la relaciona con el desempeño administrativo del gobierno. Para ellos, la revolución se resuelve en los procesos de contratación pública que permiten la ejecución de obras de infraestructura vial y de servicios y, desde luego, en lo que constituye el producto estrella del régimen, el denominado bono de desarrollo humano, subsidio que según la propaganda oficial ha permitido a más de dos millones de personas mostrar la cabeza por sobre la línea de pobreza.  

Lejos quedó la visión que se supuso tenía ‘el proyecto’, como un concepto transformador, enfocado principalmente a modificar las relaciones de poder, que como en toda sociedad capitalista se definen en favor de quienes detentan el control económico y sus aliados políticos, esquema que sostiene la estratificación social. Tampoco se avizora ninguna intención de cambiar el modelo de desarrollo basado en la explotación indiscriminada de recursos primarios que se comercializan sin ningún valor agregado, y en una inversión pública sostenida con capitales de origen asiático que ingresan en forma de préstamos, cuyo pago se garantiza hipotecando prácticamente la totalidad de la producción petrolera estatal en beneficio del imperio chino. En realidad, contrario a lo que muchos esperaban, la ‘revolución ciudadana’ se ha convertido en la gran aliada del capital privado. Minería, hidrocarburos, telecomunicaciones, recursos hídricos; es decir, los recursos estratégicos, cuya explotación reporta inmensas ganancias, han sido concesionados a multinacionales extranjeras, mientras que las pocas empresas públicas creadas por el ‘socialismo del siglo XXI’ se convirtieron en feudos entregados a grupos hegemónicos que cohabitan al interior del propio gobierno, producto de lo cual ha emergido una opulenta nueva clase vinculada a la burocracia.
       

La incoherencia política, graficada como un vehículo que pone direccionales a la izquierda pero que gira a la derecha, tiene su origen en la composición del precedente ‘Acuerdo País’, que no era sino un improvisado grupo de ciudadanos de las más variadas y contrapuestas tendencias –característica que se mantiene- que, aprovechando un vacío en la dirección política de la nación -producto de disputas entre sectores de la clase dominante- vendieron al pueblo una propuesta de ‘cambio’, que estaría liderada por quien aparentaba tener una visión progresista del manejo del estado, defensor de las libertades, de los derechos humanos, de la naturaleza. En realidad, y en esto hay que ser justos, Correa jamás ha dicho ser marxista. Lo de ‘socialista’ y ‘revolucionario’ le salió después, adhiriéndose a una nueva versión reformista socialdemócrata liderada por Lula y Chávez que comenzó a rendir frutos electorales en América Latina. Hoy está claro que la hegemonía al interior del gobierno la tiene el sector más derechista y reaccionario, y que los sectores progresistas que adhirieron al régimen se han replegado, ocultándose en el anonimato tratando de no ser excluidos del rol de pagos. 

Visto desde una perspectiva histórica, el ‘correismo’ no es un fenómeno aislado. Es una réplica de lo que ha pasado en otros estados latinoamericanos. En los últimos tiempos el chavismo y el kirchnerismo dan cuenta de la preferencia en estos países por rendir culto a la personalidad, que una bien montada maquinaria propagandística lubricada con medidas populistas se ha encargado de impulsar, y que responde a la abierta intención de los caudillos por perennizarse en el poder, para lo cual echan mano de prácticas similares a las ejecutadas en ciertos países de Asia y Europa del Este, algunas de esa dictaduras camufladas bajo el membrete de ‘socialistas’.    

miércoles, 13 de febrero de 2013

Caudillos latinoamericanos del siglo XXI



Quienes han observado algunas campañas electorales seguramente tendrán la impresión que cada vez que se dan esos procesos, de algún cajón abandonado, cubierto de polvo y tiempo, alguien recuperó la misma desgastada cinta que nuevamente se repite hasta el cansancio, con mensajes llenos de promesas falaces, fantasiosas, ridículos slogans, canciones hechas al apuro, y frases prefabricadas, que hablan de cambios y hasta de revoluciones, carnada con que se busca atrapar a los incautos.
 
Luego de una época de inestabilidad política en que botar Presidentes se convirtió en deporte nacional –acusándolos de incapacitados mentales o incompetentes–, por cansancio o escepticismo, vemos que hoy la población mira con indiferencia las campañas electoreras, así como los abusos más grotescos, sin siquiera perturbarse. Lo anecdótico del caso es que justamente son los gobiernos autocalificados de ‘revolucionarios’, que proclamaban la recuperación de la patria para los pobres y la participación popular en la construcción de un nuevo país, los que lograron desmovilizar a la ciudadanía haciéndole perder toda conciencia crítica; y no solo eso, con las sucesivas aprobaciones plebiscitarias la convirtieron en cómplice de un perverso plan cuyo objetivo era llegar al control totalitario del poder.
 
¿Por qué gobiernos que se presentaron como alternativa a las políticas neoliberales excluyentes, concentradoras e inequitativas, terminaron destruyendo la institucionalidad y conculcando ciertas manifestaciones de la voluntad ciudadana? Simplemente porque tras toda la discursiva social y reivindicatoria se escondía un proyecto caudillesco sustentado en medidas populistas.  La subyugación de la institucionalidad que se observa en los gobiernos ‘socialistas del siglo XXI’ obedece a la necesidad del líder de ejercer el control absoluto del Estado. Como no pueden disolver la función legislativa y demás órganos del poder público debido al repudio que tal acción generaría, se apropian de ellos a través de falaces mecanismos de designación de autoridades en los cuales siempre resultan elegidos individuos cuya principal característica es su incondicional obediencia al caudillo.
 
La presencia del caudillo y el estado prácticamente de excepción en que viven los países de esa corriente no se justificaría si no existiesen enemigos a los que hay que liquidar. De ahí que, aún cuando estén en el poder cinco, diez, quince, o más años, le dicen a la gente que la tarea no está terminada, que necesitan más tiempo para derrotar al ‘pasado’, y en esas se pasan, inventando enemigos, cuando no son empresarios y banqueros –en realidad sus principales aliados-, son los medios de comunicación, los gremios aún no sometidos, los intelectuales no adherentes, e inclusive, alguna figura de otro país que emitió algún comentario adverso al régimen –hecho que automáticamente lo convierte en testaferro del ’imperio’ –, y para que no queden dudas del carácter ‘revolucionario’ y libertario del gobierno se manipulan imágenes y frases de referentes históricos (Bolívar, Sandino, Martí, Alfaro…, quienes, por algún inexplicable sortilegio, supuestamente comparten el pensamiento del caudillo).
 
Estas dictaduras tratan de compensar la pérdida de libertades y seguridad jurídica de la sociedad civil mediante acciones asistencialistas de corte neoliberal dirigidas a un gran segmento de población beneficiaria de bonos y subsidios con que la benevolencia oficial busca asegurar su fidelidad. Y a quienes no participan de esos beneficios se trata de seducir con falaces campañas publicitarias que sobredimensionan las ejecutorias del régimen. Así, nuevas carreteras, centros de salud y escuelas dan cuenta de un país que gracias al caudillo avanza a un futuro radiante de progreso y felicidad, tramoya que se convierte en el mejor escudo frente a denuncias de corrupción, violaciones constitucionales y toda clase de arbitrariedades. Cualquier ‘error’ –eufemismo con que el oficialismo denomina a los actos impúdicos- del gobierno y sus colaboradores se justifica con ‘la obra’, la cual resaltan fue realizada por ‘ellos’, como si la hubieran realizado con su dinero; y como creen que sí, que es su dinero, no les importa hacer mal uso de él.
 
Algunos entendidos encuentran que el enorme esfuerzo y desgaste al que se someten los nuevos caudillos latinoamericanos para lograr y mantener el control absoluto del poder, tiene como hilo conductor el impulso casi instintivo por restituirse de experiencias traumáticas, producto de carencias afectivas o materiales que les afectó en alguna etapa de sus vidas. Sin embargo, sería ingenuo pensar que solo buscan el poder por el poder, ya que unido al control político del estado está el control de sus recursos materiales y económicos. En realidad, son estos dos factores: el ejercicio absolutista de la autoridad y el manejo discrecional de la economía lo que hace que se jueguen la vida por mantenerse en el poder, sino recordemos lo que fueron las experiencias caudillistas de mediados del siglo pasado en Cuba, Dominicana, Nicaragua, Haití, entre otras.
 
Pero no crean que armar lo que denominan “el proyecto” es cosa fácil. Ciertamente se requiere de una compleja estructura material, jurídica y humana sobre la cual se sostiene. Al no tener verdaderas motivaciones ideológicas, estas iniciativas se sustentan en intereses puramente económicos que no podrían satisfacerse si no se construyeran complejos mecanismos de corrupción que involucran a todos los estamentos: un legislativo que fabrique leyes permeables; una justicia selectiva, benevolente con el poder y dura con los opositores; y, una maquinaria represiva que mantenga a distancia a quienes cuestionen o pretendan hurgar en los negocios de la administración.           
 
No obstante, la red clientelar que tejen esto regímenes es tan grande que no son pocos los ilusos que defienden a capa y espada al caudillo. En la práctica muchos de sus seguidores practican cultos en donde se venera al líder, no falta el afiche con su foto en el lugar más prominente de la vivienda, la bandera que identifica al movimiento. Los más fanatizados, los que torpemente confunden populismo y desarrollismo con revolución utilizan lenguaje de barricada, forman parte de los frentes de choque, asisten a concentraciones, se conocen de memoria los slogans. El caudillo les convenció que son parte de una revolución; desde luego, una revolución sin participación ciudadana, sin ideología, una revolución que se esfuerza por mantener intacto el sistema, las relaciones de poder y la estratificación de clases. Como alguien dijo: “las masas son rebaños que inconscientes siguen al lobo disfrazado de pastor