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domingo, 30 de junio de 2013

La Ley de Comunicación

Luego que la Ley de Comunicación ha sido oficialmente consagrada, se siguen incorporando nuevos padrinos. Todos los días, desde que amanece hasta que anochece, por todos los medios, se escuchan "voces" de artistas, gente de radio, tv, y de algunos aspirantes a periodistas, que se congratulan, unos, porque sus canciones pronto serán escuchadas y sus producciones vistas –obligatoriamente- por todos; otros, porque “por fin se democratizará la información”. Lo curioso es que muchos de los artistas y comentaristas que aparecen en las propagandas se dieron a conocer gracias a las producciones y la difusión de los "medios corruptos"; más resulta que han estado invisibilizados, y de paso, explotados. Lo que no les dijo quien los contactó, es que el éxito, con ley o sin ella, no se consigue por decreto ni a través de producciones baratas (en calidad) y, en el caso de audiovisuales, recurriendo al chiste burdo, sexista, o racista.

La avalancha propagandística que estoicamente viene soportando la ciudadanía, con música sacra de fondo y tomas del jolgorio montado por el gobierno, trata de posesionar en la mente de la gente lo buena e inofensiva que es la ley, y que gracias a la “revolución” se ha rescatado la libertad de opinión, la cual, según se dice, "ha estado secuestrada por los medios mercantilistas". Cosa curiosa, pues fueron estos mismos medios y sus presentadores “estrellas” los que impulsaron la candidatura de quien actualmente detenta el poder. Esto sin contar que desde hace cinco años han estado al servicio del gobierno una veintena de medios incautados, entre estaciones de televisión, radioemisoras y periódicos, la mayoría de alcance nacional, y que durante los últimos siete años, ya utilizando las tarimas o mediante permanentes cadenas nacionales de radio y tv, quien ha tenido mayor exposición mediática para hacer campaña electoral, atacar o adjetivar a sus detractores, promocionando la obra gubernamental, es quien hoy se proclama el Simón Bolívar de la libertad de expresión.

La nueva ley es algo así como una bonita camisa de fuerza. Dice, por ejemplo, que los medios están obligados a publicar todo aquello que sea de “relevancia pública”. Qué puede ser más relevante y de interés público que cualquier cosa que haga o diga el supremo jefe, o que salga del ministerio de propaganda. Gracias a ello, ahora sí, estaremos enterados de las cosas más insignificantes, revestidas de trascendencia gracias a una solemne voz en off, titulares grandilocuentes, o imágenes rebuscadas. En resumen, ya no tendremos una sabatina semanal, sino una cadena continua durante toda la semana. La novel ley, también incorpora una figura jurídica que parece el título de un cuento de terror, el “linchamiento mediático”, frase que en buen romance significa que está prohibido a los medios publicar sobre hechos escabrosos –como escándalos de corrupción y otros actos penados por la ley- mientras la justicia no se haya pronunciado.

Luego de experiencias pasadas, esto parece un buen intento para curarse en salud. De haber estado vigente esta norma tiempo atrás, no se habrían podido descubrir los millonarios contratos otorgados por la administración a un influyente personaje, la falsificación de título de un poderoso funcionario, la adquisición de radares inservibles, ambulancias con sobreprecio, o que se denuncien millonarios negociados a través de la reventa de crudo entregado a un país extranjero. Otra cosa que no se sabe cómo va a operar es la denominada “responsabilidad ulterior” que hace corresponsable al medio por las expresiones que en él se emitan. Que alguien explique cómo el medio podrá evitar opiniones expresadas en vivo por un entrevistado. ¿O la intención será que se supriman las entrevistas y programas de opinión, y que esos espacios se dediquen a hablar de fútbol o de farándula, o lo que es peor, que los medios cierren sus puertas?

Uno de los argumentos en que se sustentó la propuesta de ley, fue que los medios venden basura. Lo que no se dice es que son precisamente los medios incautados -en manos del gobierno- los principales productores y transmisores de programas basura. Y es precisamente gracias a estos programas, que cantantes y “talentos” de tv -que animan programas futboleros, de farándula, o de sensacionalismo amarillista- de la noche a la mañana se convirtieron en íconos defensores de la ley. La mala noticia para la casi totalidad de ellos es que pasada la campaña de promoción y posicionamiento de la ley, ya no se los necesitará. Para el gobierno no es suficiente la incondicionalidad, más importante es la funcionalidad; es decir, que la credibilidad e influencia que se tenga en el público sean rentables. En estos tiempos de revolución, no solo los adultos son desechables; también lo son todos quienes dejan de ser utilitarios, los que no cumplieron con las expectativas que se tenía, o no entendieron bien aquello de “ponerse la camiseta”.  

Coherente con su vocación controladora, al gobiernismo se le ocurrió la brillante idea de crear órganos supervisores-juzgadores conformados por representantes de entidades subordinadas, y un superintendente nombrado por el supremo jefe. Así, el gobierno se convierte en inspector, alguacil, y juzgador. Él calificará si los medios cumplen o no con la ley, y él mismo los sancionará. De esa manera los medios que no estén alineados con el oficialismo quedarán en la más solitaria indefensión, pues hasta el Defensor del Pueblo se convirtió en abogado de los organismos estatales.

Siendo justos, hay que reconocer que la maquinaria propagandística del gobierno ha demostrado ser efectiva. La estrategia de doblegar sistemáticamente a los potenciales y supuestos enemigos que fue construyendo el régimen se ha cumplido eficientemente. Uno por uno, bajo la tesis de que la legitimidad solo se la adquiere en las urnas, todos han sido descalificados, estigmatizados y asediados judicialmente. Salvo alguna que otra escaramuza, el único sector bien librado ha sido el financiero, principal beneficiario de las políticas gubernamentales.

Ciertamente la prensa privada no ha sido un dechado de virtudes, ejemplo de democratización de la palabra, o de independencia. Salvo ciertas excepciones, sus espacios han servido a intereses particulares, grupos de poder, o determinados sectores políticos. En más de una ocasión, se han prestado para enervar el endeble prestigio de algunos gobiernos o para impulsar campañas orientadas a acabar, sin mayores elementos de juicio, con la honra de ciertos funcionarios, y aún de particulares. Sin embargo, nada justifica la clara intención del oficialismo de acabar con los reducidos espacios de expresión que le quedan a la debilitada oposición, silenciarla con procedimientos retardatarios, obligar a que se autocensuren, e imponer a rajatabla su sola verdad. Si en la práctica no existen mecanismos de control efectivo de la corrupción; si hasta los contratos de préstamo con la banca china, principal acreedora del país, se los maneja con el carácter de reservados, ¿qué se puede espera a futuro, si se cierran todas las puertas al periodismo investigativo, que es lo que en realidad parece molestar al régimen?   

Es imposible no recordar que, a su tiempo, estalinismo y fascismo (aparentemente enemigos irreconciliables) utilizaron como principal recurso para consolidar su poder el control de la información y la utilización de la propaganda. Recursos que sirvieron para desprestigiar a sus opositores y sembrar el odio, al tiempo que se sobredimensionaba las ejecutorias gubernamentales y se sublimizaba a sus líderes. Utilizando la propaganda, se hizo creer al pueblo en un futuro promisorio. También se inventaron enemigos para justificar la purga. “Enemigos del pueblo” se llamó a la disidencia en el caso del estalinismo, mientras que el fascismo arremetió en contra de comunista y judíos, los que de a poco fueron sometidos y exterminados, esto, con la complacencia de masas alienadas que impasibles convalidaban esos actos de barbarie.  

El entusiasmo con que algunos han acogido la ley, hace ver lo manipulables que son las masas. Masas que con reprimida satisfacción ven como los enemigos que creó el gobierno reciben su merecido, perdiendo de vista a los verdaderos responsables de la exclusión e inequidad que los afecta.

jueves, 8 de marzo de 2012

El periodismo, el mejor oficio del mundo


Por Gabriel García Márquez
Cartagena, Colombia
A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.
Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.
El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.
La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo… como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.
La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.
Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.
La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.
Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.
No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología.
Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.
Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.
Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.
Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.
La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.
Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.
El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.
Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica -reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras- bajo la dirección de un veterano del oficio.
En respuesta a una convocatoria pública de la Fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.
La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado -que escasas veces puede ser de más de una semana-, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.
Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la Fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnifico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.
Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.
Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.
Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.
* Texto completo de las palabras pronunciadas por el periodista y escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura y presidente de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, ante la 52a. asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, en Los Angeles, U.S.A., octubre 7 de 1996. Homenaje a su cumpleaños número 85. Fuente: FNPI.org.

viernes, 10 de febrero de 2012

La Crónica, Hornitorrinco de la Prosa

Entre la Literatura y el Periodismo
Por: Juan Villoro

La imposibilidad de ser objetivo y la necesidad de contar lo que no ocurrió, pero pudo haber sucedido, son algunos aspectos que aparecen en este ensayo, que forma parte del libro Safari accidental, publicado recientemente en México por la editorial Joaquín Mortiz

http://www.lanacion.com.ar/773985-la-cronica-ornitorrinco-de-la-prosa