jueves, 25 de agosto de 2011

Justicia Secuestrada


Aún mucha gente recuerda el día en que el ejército, por orden de un Presidente, con soldados y tanquetas impidió la posesión de los magistrados designados por el Congreso. Luego otro, en acuerdo con sectores aliados de la legislatura defenestraron la Corte Suprema en funciones y mediante el uso de la fuerza posesionaron a nuevos Jueces, notoriamente incompetentes en su mayoría, pero dispuestos a cumplir el encargo de perdonar y permitir el retorno de exdignatarios prófugos de la justicia. Estos episodios ocurrieron durante la última etapa de la vida republicana del país.


Por entonces la intromisión en la justicia operaba a través del órgano legislativo, el cual, como ente nominador de la Corte Suprema, luego de los correspondientes cabildeos, repartía nombramientos según la cuota política que correspondía a cada partido o coalición. No obstante el criticado procedimiento, como un intento por reconciliarse con la ciudadanía, se tenía la precaución de nominar jurisconsultos destacados, de reconocido prestigio, dedicados al estudio de las leyes, la cátedra, y al ejercicio profesional. Desde luego aquello no siempre garantizaba la objetividad y rectitud de los fallos, pues sabido era que ciertos políticos disponían el texto de determinadas sentencias y consecuentemente la suerte de los procesados. 


La división e independencia de poderes siempre constituyó una de las bases del sistema político y constitucional de la República. Por ello, más allá de burdos episodios -como los inicialmente narrados- que merecieron el rechazo unánime de la población, a nadie se le ocurrió “meter la mano en la justicia” utilizando un referendo como elemento legitimador de un proceso de reestructuración de la Función Judicial llevado de la mano del Ejecutivo. Hoy, gracias al maniqueísmo político, el país observa la actuación del Consejo de la Judicatura de Transición -comisión tripartita encargada de reestructurar la Función Judicial- cuyos miembros exhiben como único mérito una dócil obediencia a la vertiente política de la cual provienen -aunque torpemente se diga que ninguno es afiliado-, y es de suponer, a las directrices y criterios de quien en la práctica maneja a voluntad todas las funciones y organismos del Estado. De ahí que es legítimo preguntarse: ¿Qué independencia puede esperarse a futuro de operadores de justicia cuya permanencia, ascenso o destitución está condicionada al cumplimiento de la voluntad de quienes mueven los hilos de esa sui géneris comisión?


La actual intervención barnizada de legalidad, no es sino la culminación de un propósito admitido públicamente por la primera autoridad del país mucho antes del referendo, que en la práctica se venía dando tiempo atrás. Recordemos la persecución de que fue objeto una Prefecta acusada de sabotaje y terrorismo, a quien para ablandarla se la sacó de su lugar de origen, confinándola en una fría celda en la Capital. Luego de haber sido amnistiada por la Asamblea Constituyente, continuó recluida, esta vez, acusada de peculado, sustanciación plagada de irregularidades y violaciones al debido proceso y legítimo derecho a la defensa, pese a lo cual fue sobreseída. No obstante, fue necesario un recurso de Habeas Corpus para que luego de varios meses obtuviera su libertad a reticencias del juez que llevaba la causa. En el fondo, el mayor delito de esta mujer fue pertenecer a un movimiento que había declarado su oposición al régimen.


Situación similar sufrieron once dirigentes de una comunidad Shuar, que luego de un enfrentamiento entre la población y el ejército fueron acusados, asimismo, de sabotaje y terrorismo. De igual manera fue necesario un recurso de habeas corpus para que estos dirigentes obtuvieran su libertad. Al final, quienes estaban tras la denuncia no lograron deslegitimar la protesta ni minar el prestigio de la dirigencia indígena tal cual era su intención.


Es pública la recurrente “orden” impartida desde el poder, para que se enjuicie y condene a varios policías y civiles, acusados unos de intento de magnicidio, otros de atentado contra la seguridad del Estado, y otros de incitar a la rebelión. Incluso un ministro públicamente amenazó a los jueces con enjuiciarlos si sobreseían a los imputados, todo, para sostener a como dé lugar la tesis de “intento de golpe de Estado”, tratando de evitar que la responsabilidad por las muertes y daños ocurridos en un torpe incidente se revierta en contra de quienes con soberbia y prepotencia avivaron el fuego en lugar de apaciguar los ánimos. Otro alto funcionario, expresó que perseguiría a una Jueza por haber acogido un recurso de protección poniendo freno a un incremento tarifario. La muletilla de “sentar un precedente” ha sido recurrente para ejercer presión sobre los jueces induciéndolos a que fallen conforme los deseos de la autoridad. Es anecdótico el caso de un juez ad hoc que sintiéndose respaldado destituyó a su Jefe, el Presidente del Consejo de la Judicatura, en claro desacato a resoluciones de la Corte Constitucional. No sólo que lo hizo una, sino dos veces. Todo esto, dentro de una campaña de constante desprestigio a la Función Judicial a efectos de justificar la intervención en la misma.


Los primeros efectos del “cambio” en la justicia se han podido observar en la rapidez con que un juez temporal mediante una sentencia, que permanecerá por siempre en el anecdotario de lo descabellado, ordenó la prisión de cuatro personas ligadas a un medio de comunicación por supuestas injurias y al pago de una exorbitante suma de dinero en concepto de indemnización. En contrapartida, hace pocos días falleció un ciudadano que durante 15 años espero sin éxito se haga justicia después de haber sido contagiado de VIH en una clínica particular. Pese a estos antecedentes, ingenuamente se pretende que la ciudadanía crea que con la “metida de mano” por fin el país va a contar con una justicia sabia, expedita e imparcial. El pueblo, pese a lo tonto que muchas veces aparenta ser, sospecha que tras la intervención en este organismo se esconden otras intenciones, como asegurarse impunidad frente a denuncias de corrupción, y al uso de la justicia como instrumento para imponer la lógica del miedo y mantener controlado cualquier intento de oposición. La justicia en las sociedades capitalista, así como en las estalinistas, debe entenderse como realmente es, un instrumento de poder, sin el cual quienes tienen obsesión por controlarlo todo se sienten vulnerables.


Con estos antecedentes, no sorprendería que a corto plazo juzgados y tribunales estén poblados de dóciles sirvientes del poder, dispuestos a defender sus cargos a costa de claudicar en sus principios. Si antes la ciudadanía se enfrentaba a rábulas sin escrúpulo que subastaban la justicia, hoy tendrá que afrontar algo peor, la politización de lo único que en teoría debería garantizar la convivencia armónica y la igualdad de los miembros de la sociedad. Recuperar ese bien, la institucionalidad y disipar las sombras que se ciernen sobre las libertades, es el desafío que todos debemos plantearnos como tarea urgente.

miércoles, 24 de agosto de 2011

112 aniversario del nacimiento de Jorge Luis Borges


El 24 de agosto se cumple el 112 aniversario del nacimiento del más universal de los escritores argentinos y uno de los mayores exponentes de las letras del siglo XX.

Aquí una semblanza de su vida y obra.


http://www.taringa.net/posts/info/12252982/Hoy-112-aniversario-del-nacimiento-de-J_-L_-Borges.html

sábado, 13 de agosto de 2011

Libertad de expresión, redes sociales y dictadores



La libertad de prensa y la libertad de expresión son no sólo dos conceptos y a la vez derechos de los ciudadanos, sino al mismo tiempo irreconciliables aspectos con la personalidad de líderes autoritarios, dictadores declarados o soterrados, o de individuos que son o se hacen aprendices de éstos.
Recientemente leí un editorial de un medio de prensa, titulado El Diablo y los Medios de Comunicación que concluía señalando que "...si algo tienen en común todos los tiranos y los que aspiran a serlo, más allá de sus diferencias ideológicas o doctrinarias, es que le tienen pavor a la libertad de expresión y de información."
Efectivamente, los acontecimientos recientes del norte de áfrica y en general de los países árabes han mostrado como sus líderes, en la mayoría de los casos empotrados en sus sillones presidenciales por muchos años, y considerándose a sí mismos como imprescindibles para la vida de sus países y de sus pobres y desprotegidos -en su mesiánico criterio- habitantes, no han dudado ni por un segundo de acallar a cuanto medio de comunicación que pretendiera dar una información objetiva de los acontecimientos.

No contaron sin embargo con que la humanidad y la tecnología han avanzado pasos gigantescos en cuanto a la forma y los medios con que se comunica. Las ya famosas redes sociales por su destacado papel en los diferentes movimientos que han derrocado a aquellos tiranuelos, desequilibraron y desequilibrarán cada vez más -a favor del pueblo- las maquiavélicas manipulaciones que se realizan en los medios tradicionales, llámese televisión, radio o prensa escrita, particularmente si son gubernamentales.

Incluso saturar con propaganda y pancartas las calles, atiborrar plazas o cualquier espacio público con fanáticos, mercenarios, incondicionales u obligadas personas para pretender llenar una pantalla de televisión -manipulada artificiosa y maliciosamente- ya no es suficiente.

La dinámica con la cual las personas se comunican e intercambian la información que puede ser vital para llevar adelante algún tipo de acontecimiento o congregación, hoy va más allá de las clásicas; las ya anacrónicas formas para manipular la información de los medios de información tradicionales para acallar tanto la libertad de expresión como la libertad de prensa, hoy no son más, efectivas.

La lección que se debería aprender de Egipto, Libia y otros países en la misma dinámica, es que de nada sirve hoy la prohibición o censura que se hace desde los gobiernos a los medios de comunicación para que publiquen tal o cuál noticia, o que deliberada y malintencionadamente difundan otras con evidente desapego de la realidad, o que por último hagan caso omiso de las demás por resultarles incómodas o perjudiciales. Hoy, los pueblos tienen muchos otros medios para informarse y estar conscientes de la realidad que les alberga.

Pero no cabe duda que siempre habrá no sólo la tentación, la intención y la decisión de coartar la libertad de expresión, y probablemente intentarán extender sus tentáculos hacia esos nuevos medios de comunicación, y quién sabe, con mayor o menor éxito. Sin embargo, será en definitiva una batalla perdida a favor de la libertad de expresión. Hoy no son los gobiernos los que controlan que y como se informa, hoy los ciudadanos son cada vez más dueños de que, como, de quién y donde han de informarse.

Los gobernantes de turno deben entender que no podrán más a partir de la fecha, abusar y manipular descaradamente los medios de información a su disposición para conseguir permanecer indefinidamente en sus cargos. Pensar lo contrario, demostraría innegablemente la desconexión que tienen con el contexto y con la sociedad.

Gobernantes latinoamericanos y caribeños han de comprender que se es sujeto de cambio y de progreso en la medida en que se respeta la voluntad de los pueblos y se deja una huella temporal que sólo puede ser perdurable y bien reconocida en la medida en que uno apuesta siempre a la renovación y al progreso.

Apoltronados gobernantes como los de Cuba y otras naciones del orbe no habrían durado tanto si no fuera por que mantuvieron a su pueblos anclados en los años sesenta, sin internet, sin redes sociales, sin libertad de expresión y sin libertad de prensa. Pero esto ya no es más así. La revolución tecnológica llegó, y llegó para quedarse y transformar la manera en la que nos comunicamos, e impedir regímenes eternos y mesiánicos.

miércoles, 10 de agosto de 2011

El Verso Libre

Eleazar Rivera
Poeta Salvadoreño

El verso libre ha sido definido por Quilis (1969) como una ruptura casi total de las formas métricas tradicionales y cuyas características principales son la ausencia de estrofas, ausencia de rima, ausencia de medida, ruptura sintáctica de la frase y el aislamiento de la palabra y Gayol (1962) se limita a decir que el verso libre es aquel que no rima y que recibe también el nombre de verso suelto o blanco. López (1969) al referirse a la poesía nueva (verso libre) acota lo siguiente: El poema nuevo, al desligarse del rigor en la medida del verso y de la rima y también de las estrofas comunes, establece el centro de gravitación rítmica en el conjunto de la obra entendida como una unidad poética. En consecuencia, el poema no cuenta como una sucesión de versos perfectos, de rimas logradas, de estrofas pulidas, sino que extrae de sí mismo, de la fuerza interior, desarrollada por los elementos que integran el conjunto, la ley de cohesión rítmica como manifestación creadora (López, 1969: 18).


Los sistemas métricos han sido desplazados con las innovaciones introducidas en la poesía actual. Tanto Quilis (1969) como López (1969) acotan que el verso libre se caracteriza por romper con los elementos de la poesía tradicional: medida, acento y rima. Idea que es reforzada por Paz (2003) quien sostiene que el verso libre no se subordina a las formas tradicionales y que el lenguaje se inclina hacia la emoción del poeta. Además de ello, se basa en el ritmo interno del poema. Las primeras modificaciones métricas que se dieron en el castellano se remontan al siglo XVI cuando Boscán y Garcilaso de la Vega, importaron las innovaciones introducidas por Petrarca en el verso italiano y las adaptaron al verso castellano.
Posterior a esto, entre los siglos XVII – XIX, los poetas ensayaban prescindir de la rima. Entre los que buscaban este cambio formal podemos mencionar a Esteban Manuel de Villegas, Jovellanos, Meléndez Valdez, Leandro Fernández de Moratín, Martínez de la Rosa, Marcelino Menéndez y Pelayo (Gayol, 1962; Alonso, 1975). Según Utrera (2001) y López (1969) el verso libre tiene como referentes a Whitman y a los simbolistas franceses. Estos autores plantean que el versolibrismo europeo tiene como base el núcleo francés de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud o Mallarmé en sus manifestaciones iniciales, a finales del siglo XIX.
Como ha quedado establecido el verso libre encontró en Whitman y en los simbolistas franceses a sus mejores aliados. Sin embargo, su divulgación inicia –en el caso de la poesía escrita en español- con el modernismo y posteriormente, con los istmos de la vanguardia logra su máximo esplendor. Es precisamente, el poeta boliviano Jaimes Freyre a quien se le reconoce como el primer versolibrista en español en la América Hispana y a él se sumarían José Asunción Silva, Rubén Darío, José Santos Chocano entre otros poetas de la época (Utrera, 2001).
Sin embargo, no fue sino durante la plenitud de los llamados istmos de vanguardia (ultraísmo, creacionismo y surrealismo) que el verso libre logró su mayor aceptación y desarrollo. Esto debido al espíritu de libertad y ruptura con las formas tradicionales, especialmente, la organización habitual, ritmo tradicional y disposición versal (Diez, 2001; Utrera, 2001).

El verso libre se caracteriza básicamente por el ritmo. Este puede ser de diversas formas. Paz las explica así: En la teoría del verso libre se subrayan cuatro formas rítmicas predominantes: el ritmo sintáctico, el ritmo de pensamiento, el ritmo interior y el ritmo de imágenes acumuladas. Por lo general, se apoyan en las figuras retóricas, en la repetición de elementos sintácticos y en la metáfora.
También sobresalen, en función del ritmo, el lenguaje narrativo y la organización tipográfica al gusto del poeta, aunque el caligrama no figura como estructura versal, sin embargo, se observa a menudo la destrucción del verso y la descomposición de la palabra, causando un efecto arrítmico que hace imposible, en ocasiones, su pronunciación, funcionan por ello como imagen visual, sin negar las posibles significaciones. Dicha libertad creativa, quizá excesiva en algunos casos, provoca reacciones de la crítica fundada en conceptos tradicionales, pero, por otra parte, no es posible detener el impulso creativo de la vanguardia (Paz, 2006: 161).Recapitulando los diferentes tipos de ritmo podemos definirlas de la siguiente manera:
a- Ritmo sintáctico: Suele combinar versos canónicos con versículos, aunque la tendencia rítmica se aproxime a la prosa. Es la base del verso libre.
b- Ritmo de pensamiento: se reconoce por la estructura peculiar, ya que no se trata de cualquier repetición sino de palabras claves y de estructuras oracionales, definiendo así un ritmo sintáctico que orienta el pensamiento hacia un fin, y suele observarse un sentido cíclico del poema.
c- Ritmo interior: se le conoce también con el nombre de ritmo personal. Aquí la emoción se desplaza a través de conexiones sintácticas. Ello supone que las recurrencias se perciben en cadena, impulsadas por la intuición, es decir por conexiones sentimentales que se liberan de los mecanismos de defensa de la conciencia, estableciendo una postura íntima.
El movimiento, por tanto, no es frenado por repeticiones que obliguen a hacer pausas muy marcadas.d- Ritmo de imágenes libres: tiende a la yuxtaposición de imágenes y metáforas sin enlaces sintácticos.

sábado, 6 de agosto de 2011

Indolente, primitiva y criminal


Hoy en la mañana, mientras realizaba una actividad particular, junto con mi hija observamos un pequeño perro con signos de sufrimiento arrimado a una pared, donde seguramente pernoctó durante toda la noche. Su cuerpo a simple vista, además de agitación, denotaba maltrato y una avanzada desnutrición. Lo recogimos con cuidado para llevarlo al consultorio veterinario cercano a mi casa pensando que a lo mejor estaba golpeado. Ya en la mesa, el animal vomitó sangre y comenzó a desfallecer. Se trató de hidratarlo, pero fue inútil, a los pocos minutos expiró. Sea cual haya sido la causa de su muerte, al menos durante la última hora de su vida, luego de deambular, quien sabe durante cuántos meses por la calle, volvió a sentir una caricia. Paradójicamente, para algunos seres parecería que el afecto únicamente les está permitido cuando nacen y poco antes de morir. Ahora descansa en un jardín, en paz, lejos de las calles donde experimentó esa pesadilla en la que alguien convirtió su vida.

Ecuador uno de los países más atrasados en Latinoamérica en cuanto a leyes de protección a los animales, a lo que se suma la indolencia de sus habitantes. La caza de la fauna silvestre es todavía un "deporte" que atrae a muchos. Las autopistas y carreteras se "adornan" a diario con perros y gatos que son atropellados a propósito por desaprensivos conductores, algunos de los cuales llevan un registro para alardear. La gente cuando se cansa de sus mascotas simplemente las arroja a la calle o las abandona en los parques. No existe ningún control sobre la comercialización de mascotas, actividad que se ha convertido en una forma de vida. Prácticamente todas las ciudades, incluida la capital Quito, carecen de centros de rescate y alojamiento de animales domésticos en abandono. Tampoco se conoce de programas de control de la reproducción.

Por la forma como trata a sus animales, esta sociedad bien puede ser calificada de indolente, primitiva y criminal.

jueves, 4 de agosto de 2011

Altazor o El Viaje en Paracaídas

Leyendo a Huidrobo

Una de las obras de Vicente Huidrobo que vale la pena leer o releer, según sea el caso, es “Altazor” o “El Viaje en Paracaídas”, libro-poema que consta de un prefacio y siete cantos publicado en 1923, en donde se manifiesta la formulación teórica del “creacionismo”, movimiento literario de vanguardia gestado en Latinoamérica cuyo principal exponente es precisamente Huidrobo

Breve Análisis de Altazor

por Itzel Nayeli Jasso Romo

Relación entre la poesía y Huidobro

Altazor o el viaje en paracaídas, es un poema escrito en VII cantos, es el poema más extenso de Vicente Huidobro. La escritura del poema se extendió por 12 años (1919 al 1931) aunque durante ese período partes del mismo fueron publicados en diversos diarios y revistas.

El poema comienza con el prefacio en donde narra su origen, y su inevitable fin. Altazor comprende que el nacer es comenzar la caída inevitable. La vida, lo intermedio entre el nacimiento y la muerte es la caída. Después, habla sobre los poemas, los define como fuego y después dice:

Se debe escribir en una lengua que no sea la materna.
Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
Un poema es una cosa que será.
Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Decir lo que no ha sido, y lo que nunca podrá ser, como manera de no verse obligado a aceptar que ya fue. Todo el poema de Altazor repite este gesto, y todo el poema, es rechazo de la lengua materna, de rechazo de la poesía que se había hecho hasta entonces, marca la hora de renovar el lenguaje. Continuando con el poema, el primer canto nos da el contexto histórico- social de Huidobro, nos habla de la Europa enterró a sus muertos, critica al hombre-hormiga, como la desaparición de la individualidad, la humanidad se ha convertido en un solo hombre-hormiga, reitera la pobreza del hombre al decir que el hombre del futuro se burlará de él. Huidobro utiliza las imágenes de su poesía para crear imágenes en movimiento como se ve en el siguiente verso que pareciera recrear el contexto posterior a la Primera Guerra Mundial:

Una lágrima caerá de unos ojos
Como algo enviado sobre la tierra
Cuando veas como una herida profetiza
Y reconozcas la carne desgraciada
El pájaro cegado en la catástrofe celeste
Encontrado en mi pecho solitario y sediento
En tanto yo me alejo tras los barcos magnéticos
Vagabundo como ellos
Y más triste que un cortejo de caballos sonámbulos

En segundo canto se habla de la mujer, pero leyendo más a fondo nos damos cuenta que la mujer es la forma que el autor da a la poesía, que se siente destinado a estar con ella y junto a ella

Sin embargo te advierto que estamos cosidos
A la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
De uno a otro
Por la misma sombra gigante agitada como árbol
Seamos ese pedazo de cielo
Ese trozo en que pasa la aventura misteriosa
La aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño

En el canto número tres, habla de la palabra como la creadora, Huidobro le da características de mujer, dependiente y encerada, un ser al que no se le ha dejado volar libre.

Basta señora poesía bambina
Y todavía tiene barrotes en los ojos […]
Basta señora arpa de las bellas imágenes
De los furtivos como iluminados […]
El tercer poema habla también de la fuerza de las palabras que no utilizamos, de todo el potencial perdido y la necesidad de utilizarlo.

El resto del canto es una tentativa de asesinato de la realidad aplastante al utilizar nueva poesía, dolorosa por la concientización del poeta, pero también mágica por las nuevas formas que toma.

Altazor es un poema paradójico en todo sentido, pues tiene plena conciencia de su fin, pero también es consciente de lo que desea. Se enfrenta a un destino del que huye. La caída es una alegoría del camino que quiere seguir para deslindarse de todas las formalidades vacías que le rodean y llegar al final del viaje a su propia muerte. Es el momento de ver con claridad todo lo establecido en la sociedad moderna, que no funciona, a medida que se le quita el miedo inicial, adquiere conciencia que lo vuelve más crítico con lo que le rodea. Finaliza con la muerte de Altazor, es la figuración de la muerte del lenguaje.


Poema Altazor o el Viaje en Paracaídas

Enlace:     Altazor o el viaje en paracaidas




miércoles, 3 de agosto de 2011

Indiferencia Burocrática



Después de soportar el terrible tráfico del centro de la ciudad, y una vez que logré encontrar estacionamiento a unas diez cuadras de distancia, ingresé al Municipio cuando el reloj marcaba las 12H10. Siendo mi primera vez en esa dependencia me sentí desorientado, con esa sensación que sienten quienes desconocen qué hacer o a dónde dirigirse. No Teniendo a quien preguntar, me acerqué a alguien que suponía iba a realizar algún trámite. Amablemente me dijo que para cualquier cosa primero debía obtener un turno. No se olviden que los turnos y las largas filas de espera son parte de nuestra idiosincrasia, reservadas para las mayorías, para el ciudadano común, y entre otros propósitos nos recuerdan que los usuarios somos simples súbditos, por sobre los cuales se encuentra ese enorme monstruo avasallador, sordo, impasible e indolente llamado Estado.


Pues bien, una vez que expliqué el trámite a realizar, la persona encargada de entregar los turnos me dio un pequeño papelito en el que constaba una letra y un número. Luego de un buen rato de espera por fin llegó mi turno. Saludé atento al funcionario poniendo mi petición frente a él. Le hice conocer mi solicitud, lo cual me tomó menos de diez segundos. A renglón seguido, el empleado se paró y se colocó la chaqueta, lo cual para cualquiera, aún cuando no conozca de semiótica, significa: “estoy de apuro, voy a salir”, mientras en forma mecánica, casi impersonal me decía: “Para recibir su solicitud primero debe hacer… para ello vaya a la entrada y pida otro turno para la ventanilla N°…”. Ya con el ánimo por los suelos me dirigí nuevamente donde el señor que repartía los turnos. Le repetí lo que me habían dicho. Puso el dedo sobre una tecla y me entregó otro papelito, con otra letra y otro número. Caminé al patio central del edificio donde al menos unas cien personas pacientemente esperaban ser atendidas. La mayoría ocupaba unas sillas de plástico dispuestas en filas, mientras otras permanecían de pie. Todos sin embargo fijaban su mirada en una pantalla, a la expectativa de que aparezca su número. Por fin apareció mi letra, pero no mi número, antes de mí, por el mismo trámite, esperaban cuarenta personas.


Resignado aguardé durante treinta minutos, pero no había caso, en ese tiempo apenas se había atendido a cuatro personas, así que me acerque a observar a través de la ventana de vidrio el movimiento interno y el por qué de la demora. Para este trámite que al parecer era el que más demandaba la ciudadanía había solo dos funcionarios asignados. Esperé que uno de ellos se desocupara e ingresé a decirle que dada la hora volvería al otro día, pero que por favor me dijera si los documentos que llevaba eran suficientes para ser atendido. Recibí un tajante: “para cualquier consulta debe esperar que le llegue el turno”, traté de insistir pero la respuesta fue un rotundo y desmoralizador: “ya le dije que no le puedo atender”. Y así, como perro apaleado, no sin antes dejar sentada una tranquila protesta, salí de ese recinto y emprendí el retorno por las mismas diez cuadras que antes había recorrido.


Mientras caminaba reflexioné sobre la atención que recibe la población en ciertas dependencias públicas, que cual monolitos parecen perdidos en el tiempo, sin voluntad de cambio. El pésimo servicio, y aún el maltrato, siguen siendo la característica de alguna burocracia que con aires de superioridad nos recuerda que en su discrecionalidad reposa la solución de nuestros problemas, por ello, a muchos no les queda otra opción, como buenos samaritanos, que mostrar la otra mejilla para salir bien librados. En el fondo, parecería que la reticencia de los mandatarios a privatizar ciertos servicios públicos nada tiene que ver con doctrinas o ideologías, no es otra cosa que miedo a que se les escape el poder.


Cuando subí a mi vehículo eran las 13H30, a tiempo para escuchar las noticias.

lunes, 1 de agosto de 2011

Yo me como mi país todos los días


Eliseo Alberto de Diego García Marruz, conocido entre sus amigos como Lichi nació en el pueblo de Arroyo Naranjo, Cuba el 10 de septiembre de 1951. Hijo del poeta cubano Eliseo Diego, estudió Periodismo en la Universidad de La Habana.

En el campo laboral, fue jefe de la redacción de la gaceta literaria El Caimán Barbudo y subdirector de la revista Cine Cubano.

A lo largo de su trayectoria publicó poemas como Importará el trueno, Las cosas que yo amo y Un instante en cada cosa. Entre las novelas que escribió están La fogata roja, la cual le dio el Premio Nacional de la Crítica en 1938, La eternidad por fin comienza un lunes, así como un libro de memorias Informe contra mí mismo, que le trajo el Premio Gabino Palma.

También se destacan guiones de cine y televisión, siendo Guantanamera uno de los más importantes, el cual fue dirigido por Tomás Gutiperrez Alea. Dentro de su currículo está que fue profesor en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, el Centro de Capacitación Cinematográfica de México y el Sundance Institute.

Una de sus pasiones fue el ajedrez como él mismo lo sostuvo "el ajedrez sigue siendo la pasión más grande", así como la cocina.

En 1998 obtuvo el Premio Internacional Alfaguara de Novela.

Desde 1990 vivía en la Ciudad de México, donde falleció a los 59 años de edad, después de permanecer internado luego de que se le trasplantara un riñón.
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A continuación una entrevista realizada por Juan Cruz, publicada en El País, el 14 de junio de 2008, donde se retrata el carácter amable y abierto del escritor cubano.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/pais/todos/dias/elpepuintlat/20080614elpepicul_4/Tes

FANTASMAS Y CIRCO


En un intento por sepultar los fantasmas del pasado, la nueva Constitución impulsada por el movimiento de Rafael Correa cambió el nombre al recinto donde se fabrican las leyes para asegurar el control hegemónico del Estado y de la economía, llamándolo Asamblea en lugar de Congreso. Adicionalmente se invirtieron varios millones de dólares en remodelar el edificio y renovar su equipamiento, gasto que de paso no estuvo libre de suspicacias respecto a la pulcritud de su utilización.
El pasado domingo 31 de julio estuvieron convocados los asambleístas para renovar sus autoridades. Como ya es costumbre, tanto oficialismo como oposición se declaraban por anticipado triunfadores, pues decían contar con los votos suficientes para asegurar la dirección de ese organismo. Días antes Correa había amenazado con disolver la Asamblea mediante la denominada “muerte cruzada” si no era reelecto su candidato.

Pues bien, llegado el día, se dieron cita los 124 asambleístas, todos luciendo sus mejores galas, muchos de ellos trasnochados debido a las negociaciones que según decían habían durado hasta la madrugada. Instalada la cesión y luego de las formalidades de rigor, se dio paso a la elección de las dignidades. Como de costumbre, algunos aprovecharon el momento para pronunciar fogosos discursos, al viejo estilo congresil, interrumpidos unas veces por aplausos y otras por abucheos. Previo a las votaciones el movimiento era frenético buscando convencer a última hora a los indecisos y a quienes daban muestras de debilidad.

Al final, en medio de reclamos e incidentes fue reelecto el representante del Gobierno. Obtuvo 60 votos frente a 59 de su opositora. Para llegar al número mágico de 63 que representa la mayoría, se sumaron 3 votos en blanco de asambleístas que hasta momentos antes pertenecían a las bancadas de oposición. Los fantasmas de las negociaciones, de las entregas de partidas presupuestarias y de cargos en dependencias públicas estaban presentes. Las proclamas de nunca más repetir las prácticas de la “partidocracia” cedían ante los apetitos desmedidos de poder. Esto es una demostración fehaciente que por encima del intento descalificador a la vieja política, de la trillada defensa del honor y la ética, y del supuesto combate a la corrupción, predominan intereses particulares y de grupos, delirantes por controlar el aparato estatal y fundamentalmente los sectores económicos estratégicos, ciertamente que ello no sería posible sin disponer del marco legal propicio y de una justicia dúctil.

En fin, mientras el pueblo pida circo, conceptos como ciudadanía y democracia, hoy vaciados de contenido, tendrán que seguir esperando el momento en que sean revalorizados.                   

viernes, 29 de julio de 2011

La construcción del relato desde unos países naúfragos

Gabriel García Márquez en el centro del canon



A través de un recorrido que explora los alcances y fraudes de los conceptos de «literatura», «latinoamericana» y «masiva», el artículo propone una reflexión acerca de las intertextualidades voluntarias e involuntarias y sus trascendencias en la colectiva subjetividad de los lectores. El paradigma es Gabriel García Márquez, emblema de la literatura latinoamericana y quien mejor expresa las tendencias analizadas.

martes, 26 de julio de 2011

Pensamiento bajo control


Los diarios del país, dan cuenta que el Presidente de la Comisión de la Asamblea que tramita la Ley de Comunicación, propone (Art. 10) incorporar a la normativa el siguiente texto: “Para efectos de esta ley, se entenderá por contenido violento todo mensaje que se difunda por cualquier medio, formato o plataforma tecnológica que denote el uso intencional de la fuerza física o psicológica, de obra o de palabra, contra uno mismo, contra cualquier otra persona, grupo o comunidad, así como en contra de los seres vivos y la naturaleza, tanto en contextos reales, ficticios o fantásticos”.

Esto, que para unirlo a la liturgia cristiana solo falta que se añada al final “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, en buen romance significa que las redes sociales (facebook, twitter, linkedin, blogs, etc.) pasarían a ser controladas por el órgano censor estatal. Así las cosas, los internautas previo a participar en los foros tendrán que identificarse, escanear su cédula o pasaporte en un documento notariado con reconocimiento de firma y rúbrica y juramento de castidad mental.

De acuerdo al informe, nadie, por ningún medio o espacio público, podrá utilizar palabras o expresiones, en singular o plural, que puedan ser consideradas violentas, como: “sicarios de tinta”, “pelucón”, “gorda horrorosa”, “payaso”, “indio poncho dorado”, “traidores”, “cobardes”, “ecologistas infantiles”, “cadáveres políticos”, “prensa corrupta”, “izquierda trasnochada”, y otras similares que generalmente utiliza el Presidente, toda vez que quien se sienta aludido podría alegar que ha sido objeto de “violencia psicológica”, que de causarle un grave deterioro mental, sufrimiento, o afectación a la honra, daría lugar a demandas de reparación, que solo podrán resarcirse mediante el pago de millonarias indemnizaciones. Seguramente uno de los argumentos de los proponentes será que esto ya se aplica en China y en otros países tan revolucionarios como el nuestro, y que tal práctica ha mejorado el uso del vocabulario, la sintaxis, la redacción, las relaciones interpersonales, la obediencia civil, en definitiva, el buen vivir.

De la misma forma, según el texto legal propuesto, poetas y escritores tendrán que cuidar sus expresiones, ya no podrán decir, por ejemplo: “voy a matar una flor”, “el puñal de tu desprecio se clavó en mi corazón”, “arrojaré tu imagen al abismo”. De hecho, muchos dirán que la poesía irreverente de los Pedrada Zurda atenta a su salud psicológica. Tampoco se podrán escuchar los pasillos en youtube de Julio Jaramillo, que incitan al consumo de alcohol, y como todos sabemos, el alcohol es un depresivo que puede llevar al suicidio. Entonces, habrá llegado el momento en que como en tiempos de la inquisición, escritos y pensamiento que desafíen a la verdad y moral oficial tendrán que circular de forma clandestina, so pena que sus autores sean llevados a la hoguera purificadora que arde en el centro del poder.

lunes, 25 de julio de 2011

A la altura del Presidente


Un ciudadano demandó al Presidente de la República por haberle acusado de “traficante de tierras” en una de sus cadenas sabatinas, lo que según el querellante afectó su honra y buen nombre. Solicita se condene a la primera autoridad del país a dos años de prisión y al pago de diez millones de dólares como indemnización. En otro juicio similar, hace pocos días, un Juez -con una celeridad nunca vista- emitió una sentencia a favor del Presidente condenando a un editorialista y a tres directivos de un medio impreso a tres años de prisión y al pago total de cuarenta millones de dólares. Unos meses antes el Presidente ya ganó otro juicio que por daño moral siguió a un Banco, el cual debió pagarle seiscientos mil dólares.

Según dispone la Constitución, para enjuiciar al Presidente de la República, se requiere autorización de la Asamblea Nacional. Cuando los medios de comunicación preguntaron a asambleístas y dirigentes del oficialismo si darían paso al pedido de juicio al mandatario, en forma tajante negaron tal posibilidad. Alguien dijo que era una exageración enjuiciar al Presidente, pero el principal argumento contra tal pretensión fue expuesto por el Secretario Nacional del movimiento político que apoya al gobernante: “…hay que observar la condición ética”, dijo a la prensa. Es decir, según este pronunciamiento, quien pretenda demandar al Presidente de la República debe cumplir con un requisito previo: estar moralmente a la altura de este.

Ahora bien, el cumplimiento de ese requisito, que permita obtener la venia de la Asamblea, conlleva un problema de orden práctico que a la postre impedirá al común de ciudadanos enjuiciar al Jefe de Estado. Siendo que la ética se relaciona con el estudio de la moral y el proceder de las personas en su vida pública y privada, ¿cómo y ante quién puede un particular demostrar que tiene un comportamiento moral? Y lo que es más, esa misma persona ¿cómo podría demostrar que su moral está a la misma “altura” que la del Presidente? A este insalvable obstáculo se agrega otro que anida en la mente de los seguidores de la revolución: los niveles máximos moral y ético a los que podría llegar un individuo serán siempre inferiores al de su guía, líder y mentor. Quizá este presupuesto haya sido fundamental al momento de fallar los jueces a favor del Presidente, de ahí las enormes cuantías que deben pagar los demandados.

domingo, 24 de julio de 2011

Explicación de lo que escribo

Tomás Eloy Martínez
Revista Dossier

Escribo para explorar los límites entre lo real y lo ficticio, escribo también desde lo que desconozco, desde lo que no comprendo, desde lo que me afecta (es decir, siguien-do la vieja etimología de la palabra, desde aquello que de algún modo me rehace). Escribo para reconocer esos descono-cimientos que están allí y ante los que no quisiera permanecer ciego. Y por las mismas razones, leo. La lectura y la escritura son las dos actividades humanas que me definen como persona.

Antes aún de que aprendiera a leer, cuando me esforzaba por desentrañar el significado que ocultaban las formas de las letras, le formulé a mi padre una pregunta que él me repitió poco antes de morir, porque en su momento no la supo contestar, como yo tampoco sabría hacerlo ahora: ¿somos nosotros quienes creamos las palabras que nombran las cosas de la realidad, o las cosas nacen de las palabras que las nombran? Los filósofos y los semiólogos han respondido de muchas maneras a esa cuestión que acabo de formular tan torpemente como en la infancia, pero la duda nunca dejó de estar ahí. Sé –al menos eso sé– que avanzamos en la selva de lo desconocido asociando palabras. Leemos para imaginar. Leemos para aprender cómo es la respiración del mundo. Y, a veces, también leemos para descubrir que el mundo no respira como imaginábamos, sino de otra manera. Todo y todos somos, a cada instante, otros. Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos pensar.

Escribir viene después. La escritura es la envidia sana de la lectura o, más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente. Alguna vez he contado que escribí mi primer relato a los nueve o diez años, para salvarme de la prohibición de leer, que mis padres me impusieron como castigo durante un mes por un delito de desobediencia. Pero aquello que escribí era sólo un resumen de lo que había leído, un magma en el que el mundo no era como era sino como a mí me parecía que debía ser. Tiempo después, leyendo a Walter Benjamin, aprendí que hay cierta ansiedad en todo narrador por ser otro, por estar en otros: “Narrar no sólo es significativo porque nos permite asumir o dibujar un destino ajeno, que a la vez nos educa”, dice Benjamin en un ensayo memorable, “El narrador”: “Es significativo porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza de la llama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos de nuestro propio destino”. En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez, o que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros.

Muchas veces me he puesto a pensar en cómo los desplazamientos geográficos me han afectado la escritura. He tratado de ver si la relación entre autor y lengua se modifica con las migraciones. Vivo hace treinta años fuera de la Argentina, con un paréntesis de cinco años dentro, entre 1985 y 1990, y lo único que de veras ha afectado mi modo de ver el mundo (lo que implica también el modo de narrarlo) fue mi salida de Tucumán hacia Buenos Aires, cuando era poco más que un adolescente. Una de las mayores hazañas del periodismo ahora y aquí es convencer a los lectores de que se está narrando algo que ha sucedido de verdad, porque cuando mayor es la información de que se dispone, tanto más lábiles parecen ser las fronteras entre ficción y realidad. Sobre todo en este continente, donde suceden a diario tantos hechos inverosímiles y donde el azar choca tantas veces contra los témpanos de la lógica, se está haciendo difícil saber de qué lado de la verdad estamos parados: del lado donde narramos lo que vemos o del lado donde narramos lo que creemos que vemos Aun así, la huella que Tucumán dejó en mí nunca se ha borrado. En la infancia imaginamos paraísos inalcanzables, y el que con más frecuencia imaginábamos en mi provincia era Chile. Nos parecía un paraje tan remoto como la Catay de Marco Polo o la Samarkanda de Las mil y una noches. Estaba al otro lado de una cordillera alta como el mundo y al lado de un océano que en los mapas se veía infinito. Yo no me había despertado aún de la inocencia cuando el gobierno de González Videla comenzó a arrojar sobre Tucumán chilenos descontentos que nos asombraban por sus modales educados y por su lenguaje sembrado de palabras que desconocíamos. Dos de los recién llegados se quedaron y echaron raíces al casarse con unas primas de mi madre que eran solteras desahuciadas. Fue gracias a ellos que aprendí de memoria muchos poemas del Canto general de Neruda. Chile dejó entonces de ser el espejismo de un edén al que jamás se llega y se convirtió en “el largo pétalo”, “mar del desierto norte, mar que golpea el cobre y adelanta la espuma hacia la mano”.

Cuando, ya en plena juventud, me fui a vivir a Buenos Aires, este maravilloso país de ustedes se me volvió cada vez más familiar. Descubrí sus pliegues luminosos y sus rincones oscuros leyendo Coronación de José Donoso; Eloy, esa formidable y olvidada novela de Carlos Droguett; los antipoemas de Nicanor Parra y las crónicas que aparecían en la revista Ercilla, donde aprendíamos lecciones de buen periodismo que luego aplicábamos en el semanario Primera Plana. Desde entonces, Chile no se ha apartado de mi imaginación y de mis sentimientos. Cuando lo tuve más cerca fue cuando compartí con una decena de chilenos la Venezuela del exilio. Todavía recuerdo las amistades fraternales que hice con varios en el diario El Nacional y después en El Diario de Caracas que fundé con periodistas memorables como el Negro Jorquera, que se había salvado de la muerte por puro azar en las aceras del Palacio de la Moneda, el fatal 11 de septiembre de 1973. Y en las Colinas de Bello Monte, donde las casas parecían colgar del cielo, oí deslumbrado a Gonzalo Rojas leer los poemas de su libro Oscuro, mientras le formulaba a su esposa Hilda una pregunta que no se me ha borrado de la memoria: “¿Qué se ama cuando se ama?”

Hice también amistades fraternales con otros chilenos en el Wilson Center de Washington durante el año feliz en que escribí allí La novela de Perón. Y no puedo olvidar lo cerca que me sentí de este país durante mis largos encuentros en los Estados Unidos con Raúl Prebisch, de origen tucumano como yo, casado con una chilena generosa, y al que debo todo lo que sé sobre las complejas realidades de la economía de América Latina.

Ya que estoy contándoles adónde llegué, quiero regresar ahora al punto del cual vine.

Cuando empecé a componer mis primeras novelas fracasadas, a los veinte años, recién llegado a Buenos Aires, me deslumbraba la imagen de Flaubert batallando como un esclavo de algodonal para encontrar le mot juste, la única palabra posible dentro de cada frase. Luego supe que James Joyce había pasado una vez dieciséis horas verificando si todas las partes de una oración de Ulysses estaban donde debían estar, porque cualquier dislocación destruía el efecto del conjunto. Y yo vanamente trataba de imitarlos, sin advertir que por mucha razón que uno encuentre en los modelos, más razón hay en explorar los límites de uno mismo.

Mi primera novela, Sagrado, de 1967, fue una obra de ruptura, de tanteo. Cometí en ella el error de negar todo lo que yo era entonces: el periodista, el investigador de las crónicas de Indias, el crítico de la literatura latinoamericana. Resultó, por eso, un fracaso, sólo reconfortado por las críticas benévolas que se publicaron en este país. Las otras cinco novelas que he escrito, La novela de Perón, La mano del amo, Santa Evita, El vuelo de la reina y El cantor de tango, en tanto crean deliberadas vacilaciones entre ficción y realidad, se mueven en el camino del medio, entendiendo el medio en el mismo sentido de Gilles Deleuze: como el lugar del movi¬miento, del pasaje, el punto de máxima velocidad, el imprevisto y vulnerable punto por donde las cosas empujan. ¿Medio entre qué y qué, podría preguntarse? Medio o línea del medio en la que todo cabe, todo vale: en la que el lenguaje se nutre hasta de aquello que la tradición podría considerar como escoria, como no litera¬tura, mientras, a la vez, se afana en busca de un orden verbal, de una estructura capaz de descubrir la realidad como otra cosa: como una transfiguración o epifanía. De esa manera, el camino del medio no es la búsqueda de un promedio, de una conciliac¬ión entre contrarios sino, como diría Deleuze, es la fruición por el exceso.

A veces, el camino del medio son muchos caminos. He escrito tres versiones distintas de La novela de Perón, y dos de Santa Evita. La mano del amo era un relato de veinte páginas que terminé en una noche, en Caracas. Diez años después, en Buenos Aires, me senté a retrabajarlo. Sin que me diera cuenta, creció y se transfiguró hasta convertirse en el libro que fue. Hice dos versiones de El vuelo de la reina, que no se parecen para nada entre sí.

A fines del 2003 terminé El cantor de tango. Allí están entretejidos una serie de relatos, ocho o nueve en total, que tratan de dibujar un mapa de la ciudad de Buenos Aires que no se ve, una topografía urbana de lo desconocido. Me interesaba, como en La mano del amo, narrar a un cantor de voz absoluta, alguien que condensa en su voz, como en un aleph borgiano, todas las otras grandes voces –las de Carlos Gardel, Julio Sosa, Goyeneche, Edmundo Rivero, Roberto Marino, y aun las mujeres como Azucena Maizani o Tita Merello–, a la vez que adentrarme también en una Buenos Aires entrevista como laberinto, no un laberinto situado en el espacio sino en el tiempo: una ciudad que muda de piel de un día para el otro, o de una hora a la otra. Como siempre sucede cuando se termina una novela, el autor no tiene la menor idea de si lo que ha hecho es un completo fracaso. La única felicidad verificable es que El cantor de tango, que tiene unas 250 páginas y un trabajo de investigación documental de más de tres mil páginas, es el primero de mis libros que no ha sido escrito por lo menos dos veces.

Una enfermedad súbita y feroz, como suelen ser las peores, interrumpió la escritura de otra novela que lleva dos versiones, Purgatorio, y a la que he vuelto con tenacidad y felicidad hace pocas semanas. En los intervalos que me iba dejando el cuerpo, volví al periodismo, y seguí escribiendo piezas para La Nación de Buenos Aires, para El País de Madrid y The New York Times. Casi todas las historias que cuento son historias que me obsesionaron entre los diez y los treinta años y que el azar vuelve a traer a mí. A veces traiciono esas obsesiones, y termino escribiendo novelas que no quiero. Pero, por su puesto, no publico las novelas que salen torcidas. Cuando siento que lo que quiero contar ha encontrado al fin su tono y su arquitectura, trabajo a un ritmo rápido, que empieza con media página por día, y que hacia el final del libro puede llegar a cinco o seis.

Una de las mayores hazañas del periodismo ahora y aquí es convencer a los lectores de que se está narrando algo que ha sucedido de verdad, porque cuanto mayor es la información de que se dispone, tanto más lábiles parecen las fronteras entre ficción y realidad. Sobre todo en este continente, donde suceden a diario tantos hechos inverosímiles y donde el azar choca tanta veces contra los témpanos de la lógica, se está volviendo difícil saber de qué lado de la verdad estamos parados: del lado donde narramos lo que vemos o del lado donde narramos lo que creemos que vemos. El lenguaje nos desconcierta. Ponemos en duda no ya los hechos sino el modo de narrar los hechos. En ese modo de narrar los hechos, en ese cómo de la reali¬dad, fluyen resplandores de la verdad que se mantienen ocultos cuando los he¬chos se cuentan a la manera de –digamos– las agencias de noticias. A diferencia del periodismo o de la historia, las novelas son una afirmación de libertad plena, un juego perpetuo. En las novelas –pero jamás en el periodismo, que prohíbe imaginar y, por lo tanto, prohíbe mentir– es posible convertir el presente en una fábula, permitiendo que los personajes históricos establezcan una relación dialéctica con la imaginación y que inclusi¬ve corrijan la imaginación.

Escribo casi siempre por las mañanas, a un ritmo desparejo. Tardo mucho en encontrar el tono justo de cada relato, porque tengo la certeza de que cada relato debe ser contado de una sola manera, y que fracasa cuando el tono está equivocado. Tardo también en dar con la estructura o la arquitectura adecuada que vaya de la mano con ese tono y con la intriga o el tema que narro. Por lo general, casi todas las historias que cuento son historias que me obsesionaron entre los diez y los treinta años y que el azar vuelve a traer a mí. A veces traiciono esas obsesiones, y termino escribiendo novelas que no quiero. Pero, por supuesto, no publico las novelas que salen torcidas. Cuando siento que lo que quiero contar ha encontrado al fin su tono y su arquitectura, trabajo a un ritmo rápido, que empieza con media página por día, y que hacia el final del libro puede llegar a cinco o seis. Media página, a veces, me lleva diez a veinte horas de trabajo, y en muy raras ocasiones, dos páginas se terminan en seis horas o siete, pero me doy cuenta de que el texto funciona cuando siento que el trabajo me depara felicidad y curiosidad, o deseo, o sueños, o anotaciones súbitas. Admiro a los escritores que pueden trabajar en cualquier parte, a mano o como sea. Eso me sucede, por lo general, con los artículos periodísticos. Los escribo en cualquier lugar. Pero cuando empiezo un libro, necesito seguir escribiéndolo y terminarlo en el mismo cuarto de la misma casa y en la misma computadora, lo cual se convierte en un drama cuando un libro tarda más de la cuenta, como me sucedió con Santa Evita, El vuelo de la reina y como me está sucediendo ahora con Purgatorio. Si la realidad de alrededor se altera, no puedo saltar a la misma ficción. Salto a otra, me cambio de penumbra.

Lo que escribo está siempre en estado de proyecto, así como cada uno de los seres humanos es, por fortuna, un proyecto que se desplaza, que no sabe de dónde viene ni hacia dónde va.

Texto leído el 30 de octubre de 2007, en el marco del nombramiento de Tomás Eloy Martínez como profesor honorario de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.
Revista dossier,cl

El lobby otra cara de la corrupción


Apenas buscamos en la web sobre el significado de la palabra “lobby” aparecen miles de coincidencias relacionadas. Con muy pocas variantes las acepciones coinciden:

“Grupo de personas que intentan influir en las decisiones del poder ejecutivo o legislativo en favor de determinados intereses. Su denominación en castellano es “grupo de presión”.

“Personas que actúan cerca del poder para favorecer los intereses de determinado sector industrial o empresarial. Sus actividades entran en la franja de lo ilícito sólo si recurren al tráfico de influencias y al uso de información privilegiada”.

“Lugar donde personas o grupos negocian o presionan por intereses específicos a las autoridades”.

Y así podríamos continuar citando indefinidamente las acepciones que traen diferentes diccionarios, enciclopedia y publicaciones, todas coincidentes sobre un término de origen inglés que en definitiva se utiliza para determinar a personas o grupos de personas que se dedican a hacer contactos, influenciar y presionar en la toma de decisiones en el sector público.

A tal punto se ha generalizado esta práctica que países como España, Colombia y Chile, entre otros, están procesando, la reforma en unos casos, y en otros, la elaboración de leyes, que regulen esta actividad a fin de contar con una herramienta más eficiente para combatir la corrupción, de forma tal que el lobby sea un trabajo público sujeto a los órganos de control y a la vigilancia social. Sin embargo, existen otros como los Estados Unidos y la mayoría de países europeos, en donde el lobby se considera legal, a menos que se compruebe que algún funcionario ha incurrido en cohecho.

El lobbysta no tiene un perfil profesional específico, bien puede ser un abogado, un empleado público, un no profesional dedicado a los negocios, un político, un militar en retiro, o simplemente cualquier individuo que descubrió que la mejor forma de ganar dinero es generando necesidades, solucionando problemas, o induciendo a contratar, todo esto, con el Estado. Un “buen” lobbysta es alguien que no tiene preferencias políticas, pues debe moverse en todos los gobiernos; eso sí, ha de contar con una carpeta de contactos que incluya necesariamente a personas influyentes y autoridades de alto nivel. El trabajo de estos individuos se desenvuelve tanto en oficinas reservadas como en hoteles, restaurantes de lujo, o alguna discreta cafetería. En muchos casos requieren de un capital que les permita realizar gastos y mantenerse durante períodos relativamente largos de tiempo mientras concretan los “negocios”, cosa que es considerada como una inversión que esperan tenga luego una sustancial recompensa.

En nuestro país el lobby no tiene ningún control, por lo que cada vez es mayor el número de individuos dedicados a ello. Contrario a lo que ocurre en los Estados Unidos y Europa, en donde la presión e influencia que ejercen los lobbistas sobre congresistas y parlamentarios tiene como objetivo lograr la toma de decisiones, tratando de evitar la emisión leyes, o que éstas no afecten los intereses de las grandes transnacionales en aspectos tales como el comercial, medioambiental, farmacéutico, automotriz, o de seguridad, acá estas personas más bien orientan su acción de intermediación a la concreción de negocios con el Estado. Hasta hace poco el mayor número de lobbistas se vinculaba a los sectores hidrocarburífero, de defensa, seguros y telecomunicaciones. Hoy están en prácticamente todos los sectores, desde educación hasta obras públicas, salud, seguridad, energía, justicia, gobiernos autónomos, etc; así como en el Congreso y órganos de control. Otra diferencia entre el lobbista extranjero y el criollo, es que mientras los lobbistas norteamericanos y europeos -entre los que se cuentan expresidentes y exjefes de estado- reciben una remuneración anual, aquí estas personas ganan una comisión en función de los negocios que logran “cerrar”, lo que estimula las prácticas antiéticas, ilegales, e inclusive delictivas. De ahí que su acción muchas veces sea burda, pues van de Ministerio en Ministerio y de dependencia en dependencia, ofreciendo -a quien creen es el contacto clave- un “negocio” que puede incluir financiamiento externo si la entidad no cuenta con recursos, así como el suministro de bienes o la ejecución de obras, de cualquier clase, pues supuestamente tienen contactos en todas partes del mundo -desde la China, Taiwán, Rusia, o India, hasta en los países africanos- con toda clase de proveedores.

No obstante, quienes practican esta actividad, refieren que su trabajo es más o menos similar al de un vendedor o agente de negocios, que oferta determinados productos en base a las necesidades de la entidad ante la cual se hace el acercamiento. En otras palabras, para ellos, el lobbista es una especia de visionario que descubre necesidades que no han sido detectadas por la administración, y otras veces es un facilitador de recursos, de los que generalmente carece el Estado, a cambio de que la compra o la obra se la adjudique a quien el prestamista lo determine. Visto así, parecería que dicha actividad más bien es beneficiosa para el Estado. Sin embargo, el tema no es tan simple ni inocente como parece. En Latinoamérica, los lobbistas son comisionistas que reciben dicho “fee” por su intermediación o apertura de negocios, lo cual tampoco parecería ilegal, puesto que quien aparentemente asumiría el costo de dicha comisión sería la persona, natural o jurídica, nacional o extranjera, a quien se le adjudique el contrato.

Más en la realidad aquello que podría parecer un bien intencionado acercamiento para beneficiar al país, tiene un entramado de corrupción en el que se involucran en cadena una serie de funcionarios, generalmente del más alto nivel, de organismos, entidades y empresas públicas, a quienes a cambio de su visto bueno o aceptación del negocio, se les entrega un valor fijo o determinado porcentaje en relación al precio del contrato, amén de homenajes, regalos y viajes, con lo que se perfecciona el cohecho. Es que en la práctica estos negocios se convierten en negociados, los cuales se caracterizan por el incumplimiento de la normativa jurídica societaria, evasión de los procesos precontractuales de selección o licitación, exoneraciones tributarias, grandes sobreprecios, altísimos costos de financiamiento, costo final impredecible a causa de imprevistos e indexación de precios. A todo ello, agréguese que muchos de estos “negocios” devienen en incumplimiento de contratos y mala calidad de los bienes u obras; o lo que es peor, se erigen en grandes elefantes blancos que no prestan ningún servicio a la ciudadanía. De esta manera el lobbista que en principio parecía un inocente intermediario, se convierte en actor principal de una tramoya de corrupción que deviene en la comisión de varios delitos, entre estos, el de peculado. Dependiendo del monto de los contratos, la comisión o “fee” (como prefieren llamarla) que recibe el lobbista varía, así en tratándose de valores muy altos puede ser del 0,05% al 1%; en otros, dicho porcentaje incluso puede llegar al 5%.

Se conoce de algunos lobbistas que complementan su actividad realizando gestiones con la finalidad de evitar o desvanecer multas y glosas de algunos “clientes”, o influir en pronunciamientos que tienen el carácter de vinculantes en la administración, esto obviamente a cambio de un pago proporcional al beneficio que se consiga. También como una ramificación de esta labor se habla de la existencia de personas que se encargan de recopilar información y apropiarse de documentación comprometedora, para luego someter a chantaje a los involucrados y venderles la solución a sus problemas a cambio de altas sumas de dinero, emolumento que incluye su intermediación ante los órganos públicos para evitar sanciones. Negocio redondo en donde todos ganan: el investigado, el intermediario y el funcionario que se presta para tapar los entuertos. Sólo hay un perdedor: la sociedad.

Lamentablemente, en su actividad ilícita, el lobbista cuenta con un seguro que muchas de las veces funciona. Es que al haber recibido dinero o alguna otra especie por sus favores, los funcionarios públicos involucrados en actos de corrupción, no develan el nombre de los intermediarios, con lo que sus acciones gozan de impunidad y pueden continuar en su acción deshonesta y atentatoria al bien común. Esta práctica, tal como se la lleva, de ninguna manera puede decirse que esté amparada en las garantías constitucionales, ya que ninguna de ellas faculta el tráfico de influencias, la concusión, el cohecho, o el peculado

Reflexiones sobre el momento político preelectoral en Ecuador


Pasada la consulta popular del 7 de mayo, buena parte de la población se ha quedado en el limbo (Estado semejante al que experimentan quienes han absorbido escopolamina). Algunos porque nunca entendieron de que se trataba ese acto y, otros, porque simplemente hace mucho dejaron de creer en “los cambios” y piensan que a pesar de la nueva Constitución, nuevas leyes, consultas, referendos, etc, etc, todo seguirá igual. Igual de deficientes los sistemas de salud, educación, seguridad ciudadana, seguridad social, en fin… que el país seguirá igual, y que igual la corrupción seguirá paseándose impunemente por las dependencias públicas, mientras despistados censores la buscan en los editoriales de los periódicos.

Es que tanto se ha abusado del recurso –en principio democrático- del sufragio, que ha terminado devaluado y distorsionado, pues en lugar de utilizarse como un medio de fortalecimiento de la democracia, se ha pretendido darle un efecto legitimador de un estilo de gobierno, de ahí que es común escuchar a los voceros del oficialismo y al propio Presidente frases como: “el pueblo reclama…”, “el pueblo exige…”, “el país demanda…” dando por hecho que el gobernante es la voz del pueblo, y por extensión la voz de Dios.

Pese a ello, el mandatario ha advertido su intención de seguir convocando a las urnas, por lo que no sería nada raro que someta a decisión popular temas seguramente direccionados a garantizar ad eternum la continuidad de su proyecto, poniéndose a tono con las pretensiones de sus colegas del Alba.

Pero bien, si antes no sucede nada, a menos de dos años para que se elija nuevo presidente de la República, suponemos que pronto comenzarán a delinearse las estrategias que permitan, a unos, continuar en el poder; y, a otros, el recambio de autoridades.

En principio, parecería que a Alianza País, o más bien, a Correa, le viene fácil su cometido. Al obeso aparataje estatal, los cuantiosos recursos provenientes del petróleo que le permite sostener su política asistencialista, docenas de medios de comunicación incautados, las demás funciones del Estado desprestigiadas y bajo control, una gran cantidad de nuevos burócratas-brigadistas, han de sumarse las debilidades de una oposición timorata, dispersa, caracterizada por la ausencia de organización política, contraposición de intereses, incapacidad de construir propuestas alternativas y viables, falta de una estrategia coordinada, y excesivo afán de protagonismo.

A efectos de afianzar su imagen, en los siguientes dos años, el régimen tratará de ejecutar a paso acelerado cuanta obra crea necesaria para demostrar eficiencia, para ello seguirá utilizando declaratorias de emergencia, mecanismo de dudosa transparencia, que permite asignar recursos de forma discrecional y adjudicar directamente contratos sin someterse a engorrosos procedimientos licitatorios. El sistema vial será exhibido como muestra de que la revolución avanza, lo mismo que unos cuantos remozados hospitales y escuelitas, o por ahí ciertos cambios en el sistema judicial. De los llamados megaproyectos, siempre que el flujo de préstamos chinos no falle, seguramente se verá algo más que las primeras piedras. Posiblemente a última hora se decreten alzas de salarios y del bono de la pobreza.

Sin embargo, y sin que de ello se pueda responsabilizar a la oposición, conspiran contra el sueño oficialista: el propio Gobierno y su estilo impositivo y confrontador; el desenfrenado incremento de la delincuencia; la pobreza y el desempleo cuya patética imagen cotidiana desmiente las cifras oficiales; el estancamiento de la economía, la cual sigue anclada al precio del petróleo, las cargas tributarias, las remesas de los migrantes, los créditos externos y al lavado de dinero proveniente de actividades ilícitas; la prácticamente nula inversión extranjera; la ineficiencia de la mayoría de administradores dedicados a endeudarse unos, y otros a comprar de forma compulsiva; la corrupción generalizada; la deficiente, o más bien inexistente estrategia comunicacional, limitada a acciones propagandísticas y enredada en peleas mediáticas inoficiosas; el desgaste del repetitivo discurso oficial que después de más de cuatro años, se empecina en seguir atribuyendo las culpas pasadas y futuras a la “prensa corrupta”, la “banca corrupta”, la “izquierda infantil”, los “ponchos dorados”, los “pelucones”, y “la partidocracia”, clichés que al igual que esos otros: “la patria, la salud, la alegría, la revolución… ya es de todos”, por carentes de vínculo objetivo entre el enunciado y la realidad hace rato perdieron los efectos que los códigos goebbelianos pretenden de la propaganda; la incapacidad de Alianza País para construir un movimiento orgánico, doctrinario, democrático y participativo, que le permita salir del empantamiento al que lo ha conducido su actual esquema caudillista, la manipulación a que están sometidas las funciones y organismos del Estado, la constante transgresión al ordenamiento jurídico, el ataque sistemático a todos quienes no adhieren al proyecto oficial, el desprestigio de varios de sus asambleístas salpicados por denuncias de corrupción, y así se podría seguir enumerando un sin fin de factores negativos que no han podido ser capitalizados por la oposición.

No hay que olvidar que en el último proceso electoral el “NO” tuvo dos grandes aliados: la clase media, desencantada de un proyecto ausente de respuestas y de imaginación, que aparentemente no da más; y el movimiento indígena. Dos sectores que difícilmente pueden recuperarse, a los que se sumó buena parte de la izquierda, además de los disidentes del movimiento oficialista. De otra parte, en gran medida los votos alcanzados por el Gobierno en la consulta provinieron de la vertiente controlada por algunos alcaldes y prefectos en determinadas provincias, apoyo que se fundamenta en las leyes del mercado (oferta y demanda) y no en principios ni ideologías.

Igual cosa sucede con gran parte del electorado de las provincias de la costa, presa fácil del clientelismo populista, práctica que demanda ingentes recursos. Esto, fuera de los beneficiarios del bono de la pobreza, del seguro social campesino y de algunos sectores pauperizados que todavía confían en el discurso presidencial, configura un apoyo absolutamente precario.

Si la oposición se empeña en seguir actuando como hasta ahora, desde ya se vislumbra una próxima campaña electoral bajo el mismo libreto simple y pedestre, que han utilizado los políticos desde el llamado “retorno a la democracia”, enfocado en exponer a la luz todos los trapos sucios del contrincante, sus allegados o colaboradores, y elaborar una lista de ofrecimientos, entre los que no pueden faltar: la generación de empleo, la redistribución equitativa de la riqueza, el combate a la corrupción y la delincuencia, la mejora de los servicios públicos, el impulso a la producción, la construcción de vivienda, y así por el estilo, todo esto, vendido a través de logos y clichés pegajosos. La única diferencia con anteriores campañas es que esta vez, el vendedor de ilusiones de preferencia debería ser una figura nueva, desvinculada del pasado.

Siendo que la política en el país se maneja sobre esquemas básicos, nada complicados, ya veremos que hacen los actores para sacar ventaja en ese elemental escenario.