lunes, 6 de enero de 2014

Los jefes (en la administración pública)



los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder, a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos


Hace algún tiempo escribí un pequeño ensayo dedicado al servidor público, artículo  que ha recorrido buena parte de las oficinas y dependencias estatales. Desde entonces he sentido que estoy en deuda con quienes asumen la durísima y sacrificada tarea –como ya veremos de cogobernar el aparato estatal, los jefes, sin los cuales la vida de los subalternos sería fría, intrascendente, aburrida. Eso sí, es menester dejar en claro que cualquier parecido entre lo que aquí se dice y la realidad es pura coincidencia, que no alude a individuo en específico, y que todo forma parte de ese gran holograma que según últimos descubrimientos científicos es nuestro Universo. Dicho de otra forma, esta lectura no existe, solo es un invento de su imaginación.

Partamos del principio que los jefes, como todo lo que existe sobre la Tierra, también sufren cambios. El jefe de épocas pasadas no es igual al de hoy, esencialmente porque responden a realidades diversas. El de antaño, aunque se daba ciertos aires de importancia, era un tipo distendido, refugiado en oficinas sobrias, nada ostentosas. Hasta para hacer negocios era cauto, mesurado, cuidaba el nombre, las apariencias.
Entonces, ¿cómo son los jefes de la nueva administración pública? Dejemos en claro que cuando digo “jefes” me refiero a aquellos de alto nivel; y “nuevos” es una forma de decir, ya que la mayoría llevan algunos años apoltronados en sus anatómicos y caros sillones.
Quienes los vieron llegar pueden dar fe del cambio. Muchos, la mayoría para ser justos, aparecieron con una mano adelante y otra atrás. Para disimular la carencia de recursos vestían un terno obscuro que alternaban con dos o tres camisas y una o dos corbatas durante la semana. Los que llegaron de provincias para “apoyar” al compañero presidente buscaron alojamiento en esos hotelitos baratos, de medio pelo, que abundan en la zona norte y que como gancho ofrecen desayuno gratis. Más de uno participaba del menú sobrepreciado que contratan las instituciones públicas. Otros, cansados de esa horrible comida reciclada mandaban a comprar el clásico KFC, con arroz y menestra. Ya se podrán imaginar el olor que se impregnaba en las oficinas, difícilmente disimulado por el ambiental rociado por las afanosas secretarias apenas el jefe, apremiado por la naturaleza, entraba al baño.
Hoy los jefes son cancheros, conocen el teje y maneje de la cosa pública. Aprendieron a usar con solvencia terno y corbata, a combinar la ropa, los zapatos. Ahora usan vestimenta caché comprada en tiendas exclusivas o traída del exterior en esos constantes y sacrificados viajes fuera del país. Algunos hasta ya saben para qué mismo sirven las entidades a su cargo. Se dan el lujo de comer en restaurantes gourmet, viven en buenos hoteles o arriendan suites en sectores exclusivos. Los más visionarios y pragmáticos (palabrita de moda con la que se designa a los negociadores) compraron o cambiaron su vivienda por otra. Quienes llegaron del trópico hoy se desenvuelven en la capital como peces en el agua. Le cogieron gusto al aire acondicionado natural, les agrada lo verde, los buenos colegios, la relativa seguridad, por eso muchos trajeron a la familia. Es posible que a futuro ya no regresen al terruño. Se acostumbraron a convivir con los antes odiados y menospreciados “serranos o paisanos” a quienes calificaban de burócratas vagos vividores de las rentas que producía el llano, la costa.
En lo laboral, conocen al dedillo el presupuesto institucional y su manejo, tanto que instruyen a financieros y jurídicos sobre qué procedimiento utilizar para las contrataciones. Saben que lo más rápido, práctico y “conveniente”, es acogerse a las declaratorias de emergencia. Claro, en un país subdesarrollado como este, pese al “milagro económico” que dizque experimentamos, todo es emergente, para ayer. Así que lo único que deben hacer los que manejan las compras públicas es cambiar ciertas variables a los modelos de resoluciones y contratos. Facilito.
Están conscientes que por sus obras serán juzgados de eficientes o ineficientes. Eficientes los que gastan todo el presupuesto, en lo que sea y como sea; ineficientes los lentos, los que todavía creen que deben respetar la ley, los que consultan si se puede o no hacer tal o cual cosa. No obstante, aún estos últimos saben que obligatoriamente debe constar en el famoso plan operativo todo lo imaginable, incluidos rubros que a futuro permitan camuflar gastos políticos, aportes, movilizaciones, propaganda, banderitas, vallas, festejos, etc, etc.  A propósito, es curioso ver como el último mes del año, todos entran en una especie de locura colectiva. Lo que no pudieron hacer durante once meses quieren sacar a como dé lugar los últimos días de diciembre. Así, la ejecución presupuestaria que hasta entonces no llegaba al 50%, por obra y gracia de la desesperación sube milagrosamente al 60 o 70 por ciento. No hace falta decir que estos gasto de última hora, en tiempos de navidad y fin de año generan muchas satisfacciones.        

¿Cómo son los jefes en la oficina? Bueno, los hay de toda clase. Para que no se resientan las feministas, diremos que los hay tranquilos y tranquilas (en realidad esta no es una virtud común en ellas), prepotentes y prepotentas, ramplones y ramplonas, vagos y vagas, desfachatados y desfachatadas, paranoicos y paranoicas… En lo que si todos y todas se parecen es en su lealtad al “proyecto”. No saben qué carajo es eso, pero juran que son leales al proyecto del gobierno. Concurren obligatoriamente a marchas y contramarchas, a concentraciones y desconcentraciones, algunos, los más hábiles, los que lograron subir varios peldaños en la escala de cercanía al sol que nos alumbra asisten a los monólogos en donde el supremo jefe se luce ante una eufórica y encantada concurrencia que agita banderitas y aplaude a rabiar.

Algo que caracteriza a ellos y a ellas por igual es el aprovechamiento del trabajo ajeno. Aprendieron a quedar bien a costa de otros: “Fulano, necesito esto para el mediodía", "fulana, esto es urgente, para las cuatro de la tarde, "a ver señores esto me tienen listo a más tardar para mañana”, y así, todo lo delegan. Asumen, para quedar bien, responsabilidades que no les competen. “No te preocupes, nosotros hacemos esto”, “déjamelo a mí, yo me encargo”… y claro, inmediatamente ordenan a algún subalterno que se saque la mierda haciendo el trabajo. Una vez terminado, aparecen como los autores, mientras que el personal de tropa que se desveló ni siquiera es mencionado, a no ser para responsabilizarlo por las falencias. Es ya característico que los jefes esperen la hora de salida para pedir informes o convocar a reuniones. ¿Alguien se traga el cuento que ese informe o las beberías que se tratan en las reuniones no pueden esperar hasta el otro día o la próxima semana? Claro que no, es la simple gana de joder, de darse importancia, de crear sobre él o ella un halo de esforzado y eficiente servidor. Se pasan el día en juntas y reuniones tomando cafecitos, recibiendo delegaciones que ofrecen lindos negocios, o inaugurando obras donde se malgastó el dinero. Así secretarias y el “equipo de confianza” deben esperar hasta que el jefe o jefa decida terminar con todas las reuniones para ver que si no se le ocurre armar otra o delegar alguna tarea.

Por cierto, aquello del “equipo de confianza” da para una crónica extensa. Por ahora únicamente digamos que en la argolla no están todos los que son, ni son todos los que están. Hay equipos y equipos. Unos constituidos sobre la necesidad de fortalecer la gestión institucional, mientras que hay otros en los que ciertos miembros ni siquiera trabajan en la misma institución, o se mantienen en la periferia, en oficinas privadas, oficiando de emisarios y lobistas. En este segundo caso, los verdaderos miembros son ultra cercanos al jefe, generalmente antiguos conocidos. Su condición de coautores o conocedores de malandanzas y metidas de pata hace que los vínculos entre ellos sean indisolubles; vínculo sustentado en una especie de pacto de silencio.       


Otra característica común es su fascinación por los viajes. ¡Cómo les encanta viajar! Ni bien se posesionan comienzan a planificar los viajes. Todos viajan. Para esta gente que antes se excitaba yendo a algún balneario de la costa, hoy el mundo les queda chico. Ir a Europa, Asia, el Medio o lejano Oriente, Sur o Norteamérica, se ha vuelto rutinario. Viajan con los más increíbles pretextos. Que a dictar una "conferencia magistral", que a socializar el nuevo reglamento, que a promocionar tal o cual cosa, que a informar a los migrantes sus derechos, que a firmar el tratado de entendimiento o el convenio marco, que a dar a conocer al mundo las nuevas estrategias de comercio, que al festival o la conferencia sobre esto y aquello. Y cuando se les pregunta: “¿qué tal estuvo el viaje?”, la respuesta siempre es: “cansado”. ¿Y cómo no van a estar cansados de tanto viajar?


También es común la caridad familiar. Basta que se posesione el jefe o la jefa para que en tropel ingrese a la administración toda la parentela y, si hace falta, los relacionados a ésta. Padres, hermanos, tíos, primos, cuñados, novios, concubinos… etc, etc, en su mayoría paniaguados, buenos para nada, son ubicados sino en la misma entidad en otras afines. Y no en cualquier puesto ni con cualquier sueldo, claro que no, ha de ser en funciones directivas, como corresponde al estatus del jefe.  


Volviendo a lo de antes, decíamos que hay jefes y jefas para todos los gustos, aunque por lo general la mayoría se caracterizan por tener a la gente al borde de la locura. Los informes, el oficio, los contratos, los reglamentos, las resoluciones, los pasajes... todo es urgente. Da la impresión que el futuro del paisito depende de algún informe, resolución o reglamento. Imagínense lo que pasa cuando esos informes están dirigidos al supremo jefe. Los revisan una y otra vez, suman y vuelven a sumar, mueven los cuadros de un lado al otro, pintan una columna de un color, resaltan otra, que sea lo más claro y sucinto dicen, que el supremo no tiene tiempo para leer testamentos, que solo se fija en lo importante. Eso sí, por acaso se le ocurra tomar la lección completa hay que poner los hipervínculos y llevar a cuestas toda la documentación de respaldo. Si las cosas salen bien, se felicitan, se abrazan, los rostros se iluminan de felicidad; pero si no, entonces arde Troya, se busca inmediatamente culpables, que como mínimo reciben una puteada que les dejará con estrés para toda la vida.


LAS JEFAS


¡Ah, las jefas! Ellas merecen capítulo aparte. Son una especie de última data, emergieron con los nuevos tiempos, con el cambio de época. Antes se conocían algunos ejemplares, pero en general su paso por la administración pública no tuvo el dramatismo ni la incidencia que tiene actualmente. En su mayoría son jóvenes, aunque por excepción las hay entradas en años. De procedencia distinta, algunas vienen acompañadas de un pedigrí linajudo, aspecto elegante, cutis bien mantenido, figura moldeada en gimnasios y quirófanos… mientras que en otras se aprecia la huella marcada por la vivencia en sectores populares, en donde a lo largo del tiempo se ha sentido maltrato, discriminación, carencia y una apreciable carga de frustraciones.  


Pero bien, con la revolución y los tiempos, estas mujeres aparecen reclamando su derecho a ser visibilizadas e incorporadas al aparato estatal, a ministerios, subsecretarías, embajadas, gerencias y puestos de dirección. Es lo que nos merecemos dicen. Uno de sus principales argumentos es que se han preparado y como prueba exhiben títulos académicos, no uno, sino varios y en todos los campos imaginables, y las que no tienen ese backup acuden a su trayectoria en el movimiento. Ya en el cargo, asumen las funciones con la mayor severidad posible. Curiosamente las principales víctimas de una reprimida demostración de autoritarismo y prepotencia que de inmediato sale a flote no son los machos, los opresores, no, son las mismas mujeres, sus congéneres. Prefieren descargar su frustración sobre otras mujeres antes que enfrentarse a quienes a lo largo de la historia las han dominado. No pueden ocultar su antipatía hacia determinadas funcionarias, menos cuando las subalternas demuestran mayores conocimientos y mejores ejecutorias, y si a más de capacidad la supuesta adversaria es agraciada la locura es total, eso las vuelve paranoicas. Asumen que el puestito está en riesgo. De ahí que cualquier trabajo que realizan aquellas es revisado con microscopio, les buscan fallas hasta en las comas, para desacreditarlas tachan aquí y allá, ponen lo mismo pero con otras palabras, y como golpe de gracia, de todo menos de los aciertos dejan constancias en correos o mediante oficio. Así, las féminas se convierten en las primeras víctimas de esta versión de neofascismo solapado que invade el sector público. Podría decirse que el infierno es un spa comparado con el acoso que las víctimas tendrán que soportar día a día, acoso del que hasta ahora no se conoce escapatoria.
Obsesionadas como son, luego de 12 o más horas de derramar bilis en la oficina, ya en casa, la laptop y el celular permanecen encendidos si acaso el jefe no olviden que en la pirámide del poder siempre hay un superior pida alguna información. El gusano que habita en sus cerebros les dice despiertas y en sueños que son imprescindibles, que sin ellas la entidad se derrumba, que el mundo se acaba. Al haberse constituido en las principales aportantes de recursos al hogar los maridos resignan su actitud dominante, al fin que alguien debe pagar las cuotas del auto, las nuevas tv ultraplanas, la ropa de marca, las vacaciones, etc, etc.
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En fin, los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos. Altas remuneraciones y manejo discrecional, asociados a otros privilegios, dan forma a lo que parece una nueva administración, pero que en esencia reedita viejos sistemas medievales de dominación y autoritarismo y, no en pocos casos, de descomposición.

  

4 comentarios:

  1. excelente documento. muy inspirado y objetivo.

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  2. Espectacular...asi son los jefes del sector públic...humillantes a mas no poder!

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  3. ¿A qué se deberá que el pueblo sabiendo, a conciencia, de estas realidades no reaccione.....? ¿A qué se debera...? ¡¡Ya somos mas de quince millones de pendejos, digo.....de ecuatorianos, sin trabajo que, es lo que dignifíca a una familia...!!!Conclusión: Un Pueblo desunido,(para darle un poco más de realce al adágio popular), siempre será,"PENDEJO"; recordándo a don Facundo cuando decía,que su tío el general era muy valiente pero, su gran debilidad era el temor a los pendéjos; y alguien le preguntó, y,¿por qué tanto miedo a los pendéjos, mi general? Porque son muchos, y estan por todas partes.....!! Fíjate que cuando hacen mayoría, votan hasta por el presidente. Y, la verdad.....así esta nuestro pobre Ecuador.

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