sábado, 13 de abril de 2013

La ley al servicio de la corrupción


En el año 2008, la Asamblea Constituyente dio a luz la Ley Orgánica del Sistema Nacional de Contratación Pública en reemplazo de la obsoleta ley vigente hasta entonces. El entusiasmo con que el oficialismo celebró ese hecho, hacía pensar que se había descubierto el antídoto contra la boyante corrupción imperante en todo el ámbito de la contratación pública. Corrupción generalizada, institucionalizada y socialmente aceptada. El país, en general carente de reconocimiento internacional, había logrado ubicarse en los primeros lugares del ranking de corrupción de Latinoamérica. Solo nos ganaban Venezuela, Paraguay, Honduras y Nicaragua. Todos ellos, incluido Ecuador, dirigidos por gobernantes 'revolucionarios'.

Pues sí, la corrupción había infectado todas las instancias públicas, desde tenencias políticas, comisarías, policía, juzgados, aduanas, ministerios, etc, etc, hasta las grandes empresas petroleras, eléctricas, y de telecomunicaciones. ¿Quién no escuchó alguna vez que los contratistas debían pagar 10, 15, 20 por ciento, o más, del valor de los contratos al afortunado directivo al mando de la institución estatal contratante -sin contar posteriores pagos a fiscalizadores y financieros-? Esto, cuando no se entregaban a ellos mismos los contratos mediante ingeniosas formas de asociación con profesionales inescrupulosos, o a empresas constituidas a nombre de testaferros

Esta situación, insostenible e incompatible con los principios del nuevo gobierno revolucionario, en cuyos postulados se destacaba la transformación ética del país, motivó la urgente contratación de consultorías para la elaboración de una nueva ley de contratación pública; la cual, en honor a la verdad, resultó casi un clon de la chilena. Sea como sea, bien diferente a la anterior, con conceptos y procedimientos innovadores. El internet sería la herramienta a través de la cual todos podrían ver los procesos y participar en las compras del estado. ¿Habría algo más transparente que eso? Claro que no. Por fin, la contratación pública dejaría de ser un sucio y oscuro negocio pactado a puerta cerrada para ventilarse a la vista de todos en la web. Tan novedosa era la ley que apenas puesta en vigencia aparecieron docenas de ‘especialistas’ que no se daban abasto para atender los pedidos de capacitación. Asimismo, en menos de lo que canta un gallo se imprimieron unos cuantos libros, en donde sus autores trataban de desentrañar los vericuetos legales para facilitar el trabajo de la burocracia.

Así las cosas, la mayoría de ciudadanos –entre los que me incluyo- pensamos que los procedimientos a ejecutarse a través del portal electrónico no dejaban ninguna posibilidad para subterfugios que permitieran actos de corrupción por parte de aquellos que ven la función pública como botín político. Más, para nuestra decepción, pronto se hizo evidente que la nueva ley tenía, no uno, sino varios bypass que permitían evadir los procedimientos regulares. Los más utilizados: la declaratoria de emergencia y el proveedor único. Bastaba que la máxima autoridad considere emergente la adquisición o ejecución de algo para que la contratación se haga sin concurso; es decir, seleccionando al contratista ‘a dedo’. Lo mismo pasaría de tener determinado bien un solo proveedor.

Para fortuna de la selecta corporación de iluminados que dirigen las instituciones públicas, el propio gobierno se encargó de declarar ad eternum la emergencia en casi todos los sectores y en todo el país. Así, infraestructura vial, construcción y equipamiento de hospitales y centros de salud, adquisición de medicinas, infraestructura y equipamiento destinado a seguridad, compra de energía y equipos de generación eléctrica, obras y equipamiento para telecomunicaciones, para la explotación hidrocarburífera, para hacer frente al invierno, a la sequía; el deporte y hasta el mal carácter de los volcanes, todo, sería susceptible de ser solventado declarando la emergencia. Curiosamente el concepto de emergencia, contrario al precepto constitucional y legal, sufrió las más antojadizas interpretaciones por parte de las administraciones central y seccional. Cualquier hecho accidental, como la caída de la indispensable fotocopiadora, la paralización de un ascensor, la rotura de ventanales, el choque de un conductor ebrio contra un poste de alumbrado público, podría ser considerado emergencia. Incluso se ha llegado a declarar la emergencia con anticipación a los acontecimientos naturales, por ‘prevención’. Ahora se entienden las razones para impedir, como en efecto se logró, que el órgano de control y la Procuraduría se abstengan de emitir informes previos a las contrataciones.

Pero a más de las emergencias, están exentos de los procedimientos precontractuales, y por tanto, sujetas al buen criterio de las partes, nueve casos de contrataciones que la ley denomina de ‘régimen especial’. Entre otros, las compras de medicinas por el seguro social, las calificadas por el presidente necesarias para la seguridad interna y externa del estado, las relativas a actividades de comunicación, de asesoría y patrocinio jurídico, las compras de repuestos y accesorios para maquinarias, las que celebren las entidades del estado con entidades o empresas de derecho público de la comunidad internacional, no necesitan seguir los procedimientos comunes. En otras palabras, las contrataciones más onerosas -una sola de las cuales puede superar con exceso a cientos de otras sujetas a la reglamentación legal- gozan de licencia para hacerse discrecionalmente ante la mirada contemplativa del órgano rector en la materia, el cual carece de facultad legal para impedir la consumación de irregularidades.

Más, ni siquiera los procedimientos sujetos a la ley y su reglamento están exentos de ser aprovechados por la viveza criolla que está al asecho para beneficiarse y sacar partido de las compras de menor cuantía, de ínfima cuantía, y aún otras, a las cuales simplemente se les asigna características que solo cumplen determinados bienes. Bien decía un alegre y desfachatado contratista: “solo los giles concursan”. Pero si lo anterior causa repudio ¿qué decir de las monumentales obras que se ejecutan con créditos otorgados por capitales asiáticos, que se pagan con hidrocarburos, con altos costos financieros, y se ejecutan a través de empresas del mismo estado otorgante del préstamo? Igualmente, no dejan de sorprender las adjudicaciones millonarias a empresas extranjeras con las que determinadas empresas públicas parecería estan ‘casadas’. 

No contentos con esto, se han escuchado voces que pretenden que entre las próximas reformas a realizarse en la ley, se incorpore una, por la cual, también estarían exentas de los procedimientos licitatorios comunes las contrataciones de bienes y servicios relacionadas con el giro específico del negocio de las empresas públicas. Lo que quiere decir que todas las compras de equipos y materiales, así como la contratación de servicios relacionados con: la exploración y explotación hidrocarburífera, de telecomunicaciones, electricidad, minería, etc., en el futuro se podrían hacer de forma directa.

Está claro que la corrupción y el despilfarro de recursos en el sector público no se neutraliza con nuevas leyes, ni creando instituciones con pomposos nombres que hacen alusión a la transparencia y el control, pues al mismo tiempo que se redactan las leyes también se escriben las trampas para evadirlas. No pocos directivos pensarán que si se permite el gasto descontrolado en cosas superfluas, suntuarias, viajes, talleres improductivos, consultorías inútiles, propaganda política… también les estará permitido aprovechar las facilidades que brinda la ley para hacer buenos negocios, más cuando hasta hoy el gobierno no ha implantado -ni parece que lo hará- una metodología de seguimiento y evaluación, que mida la eficiencia, la calidad del gasto y su impacto. ¿Será que la enunciada ‘revolución ética’ no está entre sus prioridades? Aparentemente es así, ya que la educación en valores, pilar sobre el que debe sustentarse cualquier intento por cambiar el comportamiento ciudadano parece no tener cabida en el sistema educativo.    
¿Y las veedurías que supuestamente se iban a impulsar como parte del control social y la participación ciudadana? Pues no se conoce de una sola -ni siquiera las relativas a las grandes inversiones en los proyectos estratégicos- que haya sido impulsada por el gobierno para vigilar que estos procesos cumplan con los principios de legalidad, transparencia, concurrencia y, oposición, básicos para asegurar un mínimo de idoneidad en toda contratación.

Sin embargo, contrario a lo que ocurre en la práctica, la perorata oficial continúa repitiendo el discurso anticorrupción, aunque cada vez son menos los que creen en él.  

lunes, 25 de marzo de 2013

La Casa de las Palabras

La Real Academia de la Lengua, su pasado, su presente, y un futuro lleno de retos frente a las nuevas tecnologías y algunas voces que piden la jubilación de la ortografía. En la sede de la RAE, a casi 300 años de su fundación, académicos, filólogos, lingüistas... día a día trabajan en la mayor y más noble de las herramientas del mundo hispánico, la lengua española.



Por: Víctor Núñez Jaime

Va –en punto– cuan­­do la censora del pleno –se llama censora– toque una campanilla dorada –tilín, tilín– y marque así el inicio de la sesión. Entonces, más de una veintena de académicos que han venido hoy –muy bien trajeados, como siempre– ocuparán cualquier sitio en torno a la mesa y escucharán –en pie, con respeto, como desde hace 300 años– una oración en latín leída por el director –amén–. Luego, cuando todos estén sentados, el secretario leerá el acta con los acuerdos de la sesión anterior. Darán el visto bueno y quedará aprobada. Enseguida, el secretario dará cuenta de las noticias que atañen a la institución –un premio para alguno de sus miembros, los despachos que envían las academias americanas–, y la siguiente parte comenzará con una palabra mágica: libros. Los creadores e investigadores que hayan publicado en los últimos días alguna obra se levantarán de sus asientos para entregársela –dedicada a la docta casa– al director.

La parte medular de la sesión se abrirá con otra palabra: papeletas. Los académicos levantarán la mano para sugerir el estudio de una nueva palabra o acepción con el objetivo de incluirla en el Diccionario. Dirán sus opiniones y observaciones de fondo y forma, cada uno desde la disciplina a la que pertenece. Citarán ejemplos de obras literarias, del uso que el vocablo ha tenido en otras épocas o en otros países, de su raíz lingüística. Exclamarán, acotarán, precisarán y, entre todos, parecerán darse un festín como si atendieran las instrucciones del poema de Octavio Paz: “Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas, / ínflalas, globos, pínchalas, / sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, / gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas, / destrípalas, toro, / buey, arrástralas, / hazlas, poeta, / haz que se traguen todas sus palabras”. Poca energía les quedará al final para el momento de ruegos y preguntas. Tampoco tendrán mucho tiempo, porque, a las ocho y media –en punto–, la censora volverá a tocar la campanilla dorada –tilín, tilín– y marcará así el fin de la sesión. Y todos, de nuevo, escucharán –en pie, con respeto, como desde hace 300 años– una oración en latín leída por el director –amén–.

"Con frecuencia se solicita que sean borrados términos hirientes del diccionario”
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“ha tenido épocas en las que ha descuidado sus obras. Por ejemplo, pasaron cincuenta años sin actualizar la Gramática. La más reciente también tardó mucho, desde 1973 que salió el esbozo, hasta 2009 que se publicó. Falta que todas las obras estén armonizadas, que el Diccionario, la Ortografía y la Gramática vayan de la mano”.

No es ningún secreto –tampoco– que el Diccionario ha sido siempre una fuente de controversia: ¿el español peninsular está por encima del empleado en el resto de los países hispanohablantes? ¿Por qué incluye esta palabra y no aquella? ¿Por qué se le define de una manera y no de otra? ¿No debería ser más “políticamente correcto”? “Con frecuencia se solicita, y a veces de manera apremiante, que sean borrados del Diccio­­nario términos o acepciones que resultan hirientes para la sensibilidad social de nuestro tiempo. La Academia ha procurado eliminar, en efecto, referencias inoportunas a raza y sexo, pero sin ocultar arbitrariamente los usos reales de la lengua”, aclara la institución en el preámbulo de la obra.
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Fue en aquel congreso de Zacatecas cuando el escritor Gabriel García Márquez se atrevió a proponer –en un encendido discurso– que la ortografía debería “jubilarse.” Tres años después de este exhorto, la Academia llevó a cabo una reforma ortográfica. Y una más en 2010: la i griega, desde entonces, es también la ye; solo y guion ya no llevan tilde… “Siempre ha habido cambios, pero es verdad que esta última ha tenido mucha resonancia. Esperemos que poco a poco se reacomode todo y que, sobre todo, no afecte a la educación. Porque la ortografía tiene una función muy importante en la tarea docente”, señala José Manuel Blecua. Pero, ¿el director ya se acostumbró a estos cambios? “El director nunca le confesará cómo escribe”, responde con media sonrisa.

Suelen ser hombres. Suelen ser mayores. Pulcros. De buenas maneras. Ocupan su plaza hasta el día de su muerte. Proceden de las artes y las ciencias. Hablan con la voz suave de los sabios. Con puntos y comas. Con subordinadas. Con pedagogía minuciosa. A veces deletrean. Caminan serenos. Rodeados por el halo de la virtud llegan, cuando llega la tarde, dispuestos a insertarse en el íntimo engranaje de La Casa de las Palabras.

 En 15 años, el departamento 'Español al día' ha recibido más de 600.000 consultas

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En 300 años de historia han desfilado por los sillones del pleno filólogos, escritores, lingüistas, historiadores, filósofos, psicólogos, arquitectos, abogados, médicos, químicos y economistas. Fue en 1978 cuando se eligió por primera vez a una mujer como académica: la escritora Carmen Conde (1907-1996). Hoy hay seis, pero a una de ellas –Carme Riera– le falta pronunciar su discurso de ingreso.

Estas damas y caballeros del buen decir acuden –con sus ojos mínimos, con sus gafas de aumento– a la biblioteca de la Casa para consultar algunos de sus 250.000 volúmenes. Rosa Arbolí es la bibliotecaria –desde hace una década– y cuenta que “los académicos suelen revisar los fondos de filología y de crítica literaria. Piden obras literarias antiguas o que han extraviado en sus bibliotecas, que a veces tienen, pero no saben dónde”. En la denominada biblioteca de Académicos –35.000 libros– conservan los seis tomos del primer Diccionario –dedicado al Rey Felipe V, “que Dios guarde”– publicado por la RAE. Encuadernados en tono marrón, sus cientos de páginas de papel italiano “se conservan estupendamente”.
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Palabras llegan y llegan nuevas acepciones. Se transforman. Como si su vida fuera mágica. Dice Darío Villanueva –secretario de la RAE– que los académicos revisan constantemente el Diccionario y desde 2001 lo han actualizado cinco veces en la Red. “Porque, a veces, el significado de una palabra ya no corresponde al contexto actual. Si percibimos que una palabra no está, esperamos un periodo de al menos cinco años para evitar que entre alguna que haya obedecido a una moda”, señala. Además de la exposición La lengua y la palabra, que se abrirá al público el próximo otoño en la Biblioteca Nacional, y de la digitalización de todas las actas de sus sesiones, la Academia celebrará sus 300 años de existencia con la publicación –en 2014– de la nueva edición en papel del Diccionario.

En sus páginas podremos encontrar términos como tableta, tuit, sms, prima de riesgo, deuda soberana, empatizar, gayumbos, portamisiles, sushi, chat, friki y red social. “Estamos preparando un simposio sobre los diccionarios en la era digital porque ahora es muy lógico pensar cuál es el futuro del Diccionario como libro. Hoy podemos hacer un diccionario hipertextual con varias conexiones. No soy profeta, pero no creo que esta nueva edición sea la última en papel.Aunque es verdad que partir de esta edición se va a potenciar el uso de la versión digital”, detalla Villanueva.
 
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Pero, ya lo saben, la próxima gran publicación de la RAE será la nueva edición del Diccionario. Veinte lexicógrafos trabajan estos días a marchas forzadas porque el proceso para incluir nuevas palabras y acepciones es lento. “Todo esto puede durar, fácilmente, más de un año”, dice Elena Zamora, directora técnica del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). La edición se cerrará el próximo mes de julio, pero Zamora adelanta algunas de las nuevas palabras que aparecerán en el Diccionario de papel en 2014. “Ya han sido aprobadas palabras como funambulista, que ahora es muy usada, pero no estaba en la edición de 2001, lo mismo que holliwoodiense. También, serendipia (casualidad favorable), pvc y neorural”.

Los lexicógrafos documentan aquí el uso de la palabra –en libros y medios de información, sobre todo–. Después le dan su investigación a alguna de las comisiones de académicos, y su resolución vuelve a este centro, desde donde se envía a las academias americanas para que brinden sus opiniones y precisiones al respecto. Entonces se filtra toda la información y se remite una propuesta al pleno de la Academia, donde una tarde de jueves, a las siete y media –en punto–, en torno a la ovalada mesa del salón de plenos, en medio de la formalidad y la solemnidad propias de la sesión, se estudiará y se aprobará su inclusión en el Diccionario.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El correismo, la personificación del poder y el vacío de ideología


 
Conocidos los resultados electorales, en una de sus primeras intervenciones, Rafael Correa anunció que concluido su nuevo mandato en el año 2017 se retiraría de la vida política ya que era necesario ‘descorreizar’ el país. Este exabrupto permite apreciar la superficialidad con que se observa la política desde el gobierno, además del enorme ego de un presidente a quien las masas utilitarias lo han elevado a la categoría de ser supremo y dueño de sus voluntades, o al menos, eso le han hecho creer. Prueba de ello es su arrogante amenaza de lanzarse a una nueva reelección si la oposición y la prensa privada ‘le siguen molestando’.

Sin duda, hubiese sido mucho pedir que la expresión de Correa se diese en un contexto en que ‘descorreizar’ el país significase pasar del ‘correismo-entendido como una corriente popular ligada a la figura del presidente- a una opción con contenido ideológico y pensamiento teórico que dé sostenibilidad a lo que denominan ‘el proyecto’, el cual, por la inexistencia de debate y la diversidad de intereses que confluyen al interior del gobierno, no pasa de ser un conjunto de acciones, propuestas y consignas, que tienen como hilo conductor y único objetivo la promoción de la imagen del presidente, no obstante que por conveniencia política se mantiene un discurso seudo izquierdista que no guarda coherencia con las acciones del régimen, como se demuestra con la persecución a activistas sociales, campesinos, estudiantes, y todo cuanto huela a oposición.

Acorde a lo anterior, la ‘revolución ciudadana’, cuyo propósito debió ser la transformación social, se quedó en un enunciado que la subjetividad del gran conglomerado de simpatizantes la relaciona con el desempeño administrativo del gobierno. Para ellos, la revolución se resuelve en los procesos de contratación pública que permiten la ejecución de obras de infraestructura vial y de servicios y, desde luego, en lo que constituye el producto estrella del régimen, el denominado bono de desarrollo humano, subsidio que según la propaganda oficial ha permitido a más de dos millones de personas mostrar la cabeza por sobre la línea de pobreza.  

Lejos quedó la visión que se supuso tenía ‘el proyecto’, como un concepto transformador, enfocado principalmente a modificar las relaciones de poder, que como en toda sociedad capitalista se definen en favor de quienes detentan el control económico y sus aliados políticos, esquema que sostiene la estratificación social. Tampoco se avizora ninguna intención de cambiar el modelo de desarrollo basado en la explotación indiscriminada de recursos primarios que se comercializan sin ningún valor agregado, y en una inversión pública sostenida con capitales de origen asiático que ingresan en forma de préstamos, cuyo pago se garantiza hipotecando prácticamente la totalidad de la producción petrolera estatal en beneficio del imperio chino. En realidad, contrario a lo que muchos esperaban, la ‘revolución ciudadana’ se ha convertido en la gran aliada del capital privado. Minería, hidrocarburos, telecomunicaciones, recursos hídricos; es decir, los recursos estratégicos, cuya explotación reporta inmensas ganancias, han sido concesionados a multinacionales extranjeras, mientras que las pocas empresas públicas creadas por el ‘socialismo del siglo XXI’ se convirtieron en feudos entregados a grupos hegemónicos que cohabitan al interior del propio gobierno, producto de lo cual ha emergido una opulenta nueva clase vinculada a la burocracia.
       

La incoherencia política, graficada como un vehículo que pone direccionales a la izquierda pero que gira a la derecha, tiene su origen en la composición del precedente ‘Acuerdo País’, que no era sino un improvisado grupo de ciudadanos de las más variadas y contrapuestas tendencias –característica que se mantiene- que, aprovechando un vacío en la dirección política de la nación -producto de disputas entre sectores de la clase dominante- vendieron al pueblo una propuesta de ‘cambio’, que estaría liderada por quien aparentaba tener una visión progresista del manejo del estado, defensor de las libertades, de los derechos humanos, de la naturaleza. En realidad, y en esto hay que ser justos, Correa jamás ha dicho ser marxista. Lo de ‘socialista’ y ‘revolucionario’ le salió después, adhiriéndose a una nueva versión reformista socialdemócrata liderada por Lula y Chávez que comenzó a rendir frutos electorales en América Latina. Hoy está claro que la hegemonía al interior del gobierno la tiene el sector más derechista y reaccionario, y que los sectores progresistas que adhirieron al régimen se han replegado, ocultándose en el anonimato tratando de no ser excluidos del rol de pagos. 

Visto desde una perspectiva histórica, el ‘correismo’ no es un fenómeno aislado. Es una réplica de lo que ha pasado en otros estados latinoamericanos. En los últimos tiempos el chavismo y el kirchnerismo dan cuenta de la preferencia en estos países por rendir culto a la personalidad, que una bien montada maquinaria propagandística lubricada con medidas populistas se ha encargado de impulsar, y que responde a la abierta intención de los caudillos por perennizarse en el poder, para lo cual echan mano de prácticas similares a las ejecutadas en ciertos países de Asia y Europa del Este, algunas de esa dictaduras camufladas bajo el membrete de ‘socialistas’.    

domingo, 17 de febrero de 2013

La desazón suprema



Un documental de Luis Ospina, "Retrato incesante de Fernando Vallejo"

"Fernando Vallejo es un provocador irredento, pero no lo es por el mero deseo de divertirse (aunque también se divierte, y mucho), o por el de adquirir notoriedad. Lo es porque cree profundamente en lo que dice, porque le importa mucho lo que piensa, y porque es un hombre de gran bagaje intelectual, cultural y emocional que sabe perfectamente, mejor que otros muchos, la cloaca infecta en que el ser humano ha convertido este desgraciado planeta Tierra. Y, tal como un entrevistado señala en este divertidísimo documental, dice esas terribles con maneras suaves, con voz calma y cordial, lo que le permite llegar más lejos que muchos otros.

Cuando Luis Ospina conoció a Vallejo, inmediatamente deseó hacer un documental sobre una figura literaria tan apasionante y polémica, y cuando por fin se lo encontró en una fiesta, se lo propuso sin más, a lo que el escritor accedió de inmediato. Entre ambos surgió una amistad profunda y un trabajo documental que explora, con excelente material gráfico, la personalidad de Vallejo y su relación con el arte, con Colombia, con los animales, con todo" (blogdecine.com).

Video completo:   http://youtu.be/fGar4c39JBQ

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miércoles, 13 de febrero de 2013

Caudillos latinoamericanos del siglo XXI



Quienes han observado algunas campañas electorales seguramente tendrán la impresión que cada vez que se dan esos procesos, de algún cajón abandonado, cubierto de polvo y tiempo, alguien recuperó la misma desgastada cinta que nuevamente se repite hasta el cansancio, con mensajes llenos de promesas falaces, fantasiosas, ridículos slogans, canciones hechas al apuro, y frases prefabricadas, que hablan de cambios y hasta de revoluciones, carnada con que se busca atrapar a los incautos.
 
Luego de una época de inestabilidad política en que botar Presidentes se convirtió en deporte nacional –acusándolos de incapacitados mentales o incompetentes–, por cansancio o escepticismo, vemos que hoy la población mira con indiferencia las campañas electoreras, así como los abusos más grotescos, sin siquiera perturbarse. Lo anecdótico del caso es que justamente son los gobiernos autocalificados de ‘revolucionarios’, que proclamaban la recuperación de la patria para los pobres y la participación popular en la construcción de un nuevo país, los que lograron desmovilizar a la ciudadanía haciéndole perder toda conciencia crítica; y no solo eso, con las sucesivas aprobaciones plebiscitarias la convirtieron en cómplice de un perverso plan cuyo objetivo era llegar al control totalitario del poder.
 
¿Por qué gobiernos que se presentaron como alternativa a las políticas neoliberales excluyentes, concentradoras e inequitativas, terminaron destruyendo la institucionalidad y conculcando ciertas manifestaciones de la voluntad ciudadana? Simplemente porque tras toda la discursiva social y reivindicatoria se escondía un proyecto caudillesco sustentado en medidas populistas.  La subyugación de la institucionalidad que se observa en los gobiernos ‘socialistas del siglo XXI’ obedece a la necesidad del líder de ejercer el control absoluto del Estado. Como no pueden disolver la función legislativa y demás órganos del poder público debido al repudio que tal acción generaría, se apropian de ellos a través de falaces mecanismos de designación de autoridades en los cuales siempre resultan elegidos individuos cuya principal característica es su incondicional obediencia al caudillo.
 
La presencia del caudillo y el estado prácticamente de excepción en que viven los países de esa corriente no se justificaría si no existiesen enemigos a los que hay que liquidar. De ahí que, aún cuando estén en el poder cinco, diez, quince, o más años, le dicen a la gente que la tarea no está terminada, que necesitan más tiempo para derrotar al ‘pasado’, y en esas se pasan, inventando enemigos, cuando no son empresarios y banqueros –en realidad sus principales aliados-, son los medios de comunicación, los gremios aún no sometidos, los intelectuales no adherentes, e inclusive, alguna figura de otro país que emitió algún comentario adverso al régimen –hecho que automáticamente lo convierte en testaferro del ’imperio’ –, y para que no queden dudas del carácter ‘revolucionario’ y libertario del gobierno se manipulan imágenes y frases de referentes históricos (Bolívar, Sandino, Martí, Alfaro…, quienes, por algún inexplicable sortilegio, supuestamente comparten el pensamiento del caudillo).
 
Estas dictaduras tratan de compensar la pérdida de libertades y seguridad jurídica de la sociedad civil mediante acciones asistencialistas de corte neoliberal dirigidas a un gran segmento de población beneficiaria de bonos y subsidios con que la benevolencia oficial busca asegurar su fidelidad. Y a quienes no participan de esos beneficios se trata de seducir con falaces campañas publicitarias que sobredimensionan las ejecutorias del régimen. Así, nuevas carreteras, centros de salud y escuelas dan cuenta de un país que gracias al caudillo avanza a un futuro radiante de progreso y felicidad, tramoya que se convierte en el mejor escudo frente a denuncias de corrupción, violaciones constitucionales y toda clase de arbitrariedades. Cualquier ‘error’ –eufemismo con que el oficialismo denomina a los actos impúdicos- del gobierno y sus colaboradores se justifica con ‘la obra’, la cual resaltan fue realizada por ‘ellos’, como si la hubieran realizado con su dinero; y como creen que sí, que es su dinero, no les importa hacer mal uso de él.
 
Algunos entendidos encuentran que el enorme esfuerzo y desgaste al que se someten los nuevos caudillos latinoamericanos para lograr y mantener el control absoluto del poder, tiene como hilo conductor el impulso casi instintivo por restituirse de experiencias traumáticas, producto de carencias afectivas o materiales que les afectó en alguna etapa de sus vidas. Sin embargo, sería ingenuo pensar que solo buscan el poder por el poder, ya que unido al control político del estado está el control de sus recursos materiales y económicos. En realidad, son estos dos factores: el ejercicio absolutista de la autoridad y el manejo discrecional de la economía lo que hace que se jueguen la vida por mantenerse en el poder, sino recordemos lo que fueron las experiencias caudillistas de mediados del siglo pasado en Cuba, Dominicana, Nicaragua, Haití, entre otras.
 
Pero no crean que armar lo que denominan “el proyecto” es cosa fácil. Ciertamente se requiere de una compleja estructura material, jurídica y humana sobre la cual se sostiene. Al no tener verdaderas motivaciones ideológicas, estas iniciativas se sustentan en intereses puramente económicos que no podrían satisfacerse si no se construyeran complejos mecanismos de corrupción que involucran a todos los estamentos: un legislativo que fabrique leyes permeables; una justicia selectiva, benevolente con el poder y dura con los opositores; y, una maquinaria represiva que mantenga a distancia a quienes cuestionen o pretendan hurgar en los negocios de la administración.           
 
No obstante, la red clientelar que tejen esto regímenes es tan grande que no son pocos los ilusos que defienden a capa y espada al caudillo. En la práctica muchos de sus seguidores practican cultos en donde se venera al líder, no falta el afiche con su foto en el lugar más prominente de la vivienda, la bandera que identifica al movimiento. Los más fanatizados, los que torpemente confunden populismo y desarrollismo con revolución utilizan lenguaje de barricada, forman parte de los frentes de choque, asisten a concentraciones, se conocen de memoria los slogans. El caudillo les convenció que son parte de una revolución; desde luego, una revolución sin participación ciudadana, sin ideología, una revolución que se esfuerza por mantener intacto el sistema, las relaciones de poder y la estratificación de clases. Como alguien dijo: “las masas son rebaños que inconscientes siguen al lobo disfrazado de pastor

jueves, 31 de enero de 2013

El soldado desconocido



Mario Vargas Llosa

Lurgio Gavilán Sánchez ha tenido una vida que parece sacada de una novela de aventuras. La cuenta en una autobiografía que acaba de publicar: Memorias de un soldado desconocido (IEP, 2012). Nacido en una aldea indígena de la sierra peruana, a los 12 años se enroló, emulando a su hermano mayor, en un destacamento revolucionario de Sendero Luminoso y durante cerca de tres años fue un activo participante en la sangrienta utopía maoísta de Abimael Guzmán, la "cuarta espada del marxismo", que quería materializar en los Andes, mediante el terror, el paraíso comunista.

Antes de cumplir 15 años, su destacamento fue emboscado por el Ejército. Normalmente, hubiera sido ejecutado, como exigían los ronderos (campesinos que lucharon contra Sendero) que participaron en su captura.

Pero el teniente de la patrulla militar –nunca conoció su nombre, solo su apodo, "Shogún"- se compadeció del chiquillo, le perdonó la vida y le embutió un uniforme de soldado. También lo mandó a la escuela, donde Lurgio aprendió a leer. Durante siete años sirvió en el Ejército, siempre en la región de Ayacucho, combatiendo a sus antiguos camaradas y participando a veces en operaciones tan crueles como las que perpetraba la Compañía 90 de Sendero Luminoso a la que perteneció. Llegó a ser sargento primero y, cuando estaba por ascender a suboficial, pidió su baja.

Gracias a una monja, había descubierto en él una vocación religiosa.

Consiguió ser aceptado como aspirante en la orden franciscana y durante algunos años fue novicio, primero en Lima y luego en el convento colonial de Ocopa, en el departamento andino de Junín. Los años que estuvo de novicio franciscano parece haberlos vivido intensamente, entregado al estudio y a la meditación, al ejercicio de la catequesis en aldeas campesinas y visitando centros misioneros de la sierra oriental y la Amazonia.

Pero, luego de algunos años, colgó los hábitos para estudiar antropología, disciplina a la que se dedica desde entonces.

El libro en que Lurgio Gavilán Sánchez cuenta su historia es conmovedor, un documento humano que se lee en estado de trance por la experiencia terrible que comunica, por su evidente sinceridad y limpieza moral, su falta de pretensión y de pose, por la sencillez y frescura con que está escrito. No hay en él ni rastro de las enrevesadas teorías y la mala prosa que afean a menudo los libros de los "científicos sociales" que tratan sobre el terrorismo y la violencia social, sino una historia en la que lo vivido y lo contado se integran hasta capturar totalmente la credibilidad y la simpatía del lector.

Limitándose a contar lo que vivió e intercalando a veces en el relato breves evocaciones del paisaje andino, la desaparición de los compañeros, la muerte de su hermano, el miedo cerval que a veces sobrecogía a todo el grupo, y la ferocidad de algunos hechos –la ejecución del centinela que se quedaba dormido, por ejemplo, y el asesinato de los reales o supuestos soplones-, Lurgio Gavilán instala al lector en el corazón de la locura ideológica y la crueldad vertiginosa que vivió el Perú, en los años ochenta, sobre todo en la región de los Andes centrales, por la guerra que desató Sendero Luminoso. Lo que comienza como un sueño igualitario de justicia social, se convierte pronto en un aquelarre de disparates sectarios y brutalidades ilimitadas. A diario hay sesiones de adoctrinamiento en las que los guerrilleros leen –en voz alta para los que no saben leer- folletos de Stalin, Lenin, Marx y Abimael Guzmán y cantan marchas revolucionarias. Al principio, los campesinos ayudan y alimentan a los guerrilleros, pero, luego, estos imponen esta ayuda por la fuerza, y, a la vez, ejecutan matanzas colectivas contra las comunidades rebeldes a la revolución, que apoyan a los ronderos. Al mismo tiempo, ahorcan o fusilan a sus propios compañeros sospechosos de ser "soplones". Todos viven en la inseguridad y el temor de caer en desgracia, por debilidad humana –robar comida, por ejemplo- pues el castigo es casi siempre la muerte.

El salvajismo no es menor entre los soldados que combaten a los terroristas. Los derechos humanos no existen para las fuerzas del orden ni se respetan las más elementales leyes de la guerra. Los prisioneros son ejecutados casi de inmediato, salvo si se trata de mujeres, pues a estas, antes de matarlas, las llevan al cuartel para que cocinen, laven la ropa, y sean violadas cada noche por la tropa.

Si la autobiografía de Gavilán Sánchez no estuviera escrita con la austeridad y el pudor con que lo está, las atrocidades de las que fue testigo y tal vez cómplice, no serían creíbles. Lo son, porque ha sido capaz de referir aquella historia con una naturalidad y sencillez que sobornan al lector y desarman sus prevenciones. Es extraordinario que quien vivió, desde niño, semejantes horrores, no se insensibilizara y perdiera toda noción de rectitud, compasión o solidaridad con el prójimo.

Todo lo contrario. El libro delata en todas sus páginas un espíritu sensible, que ni siquiera en los momentos de máxima exaltación política pierde la racionalidad, deja de cuestionar lo que está haciendo y se abandona a la pasión destructiva. Siempre hay en él un sentimiento íntimo de rechazo al sufrimiento de los otros, a los asesinatos, a las represalias, a las ejecuciones y torturas, y, por momentos, lo colma un sentimiento de tristeza que parece anularlo. Ese afán de redención que lo colma se transmite al paisaje, repercute en las grandes moles de los nevados andinos, estremece los bosquecillos de los valles donde cantan las calandrias.

Esos paréntesis que de tanto en tanto se abren en el relato para describir el entorno, las plantas, los árboles, los cerros, los ríos, arrojan una brisa refrescante en medio de tanto dolor y miseria y son como una delicada poesía en medio del apocalipsis.

Es un milagro que Lurgio Gavilán Sánchez sobreviviera a esta azarosa aventura. Pero acaso sea todavía más notable que, después de haber experimentado el horror por tantos años, haya salido de él sin sombra de amargura, limpio de corazón, y haya podido dar un testimonio tan persuasivo y tan lúcido de un período que despierta aún grandes pasiones en el Perú. El suyo es un libro que deberían leer todos esos jóvenes que todavía creen que la verdadera justicia está en la punta de un fusil. /Memorias de un soldado desconocido /muestra, mejor que cualquier tratado histórico o ensayo sociológico, lo fácil que es caer en una espiral de violencia vertiginosa a partir de una visión dogmática y simplista de la sociedad y las supuestas leyes históricas que regularían su funcionamiento. La esquemática convicción de Abimael Guzmán de que el campesinado andino podía reproducir la "gran marcha" de Mao Tse Tung, incendiar la pradera, arrasar a la burguesía, el capitalismo y convertir al Perú en un país igualitario y colectivista, produjo decenas de miles de muertos, miles de miles de torturados y desaparecidos, familias y aldeas destruidas, aumentó la desesperación y la pobreza de los más pobres y desamparados y permitió que se entronizara en el país por 10 años una de las más corruptas dictaduras de nuestra historia. Parecía que esta tragedia había abierto los ojos de los peruanos y los había vacunado contra semejante locura. Sin embargo, precisamente ahora, cuando gracias a la democracia y a la libertad el Perú vive un período de desarrollo económico sin precedentes en su historia, Sendero Luminoso comienza a reaparecer, emboscado detrás de supuestas asociaciones que piden abrir las cárceles a los autores de los atentados terroristas de los años ochenta. El momento no puede ser más propicio para la aparición de un libro como el de Lurgio Gavilán Sánchez

jueves, 10 de enero de 2013

El Ministro

De repente apareció por la puerta del ascensor. Minutos antes un indiscreto chofer había alertado al personal del despacho que el nuevo Ministro estaba en camino. Como era de esperarse el anuncio se regó como pólvora por todos los pisos. Ya en la oficina, después de reunirse a puerta cerrada con dos o tres personas, el recién llegado ordenó que se convocara a todo el personal. A más de tratarse de un total desconocido, su imagen no coincidía con el prototipo de un alto funcionario.

Durante su presentación, de lo primero que habló fue de las virtudes del ‘señor Presidente’; luego, se refirió a los cambios que prometía el nuevo gobierno y a la nueva era de transparencia y combate a la corrupción que implacable y sin tregua se aproximaba. Los burócratas, que tantas veces habían escuchado el mismo canturreo, se retiraron preocupados, no tanto por la perorata alusiva a la transparencia, cuanto por la incertidumbre relacionada con su estabilidad. Es que cada vez que cambiaban los gobiernos, por un lado se daban despidos, y por otro, el ingreso de aquellos que habían apoyado al nuevo mandatario. Todo hacía suponer que ese proceso se daría con mayor fuerza dado el carácter populista del movimiento triunfador, cuyos integrantes se decía llegaban con ‘hambre atrasada’, dicho que en la jerga popular significa que eran más pelados que pepa de aguacate.
Conforme iba adaptándose a su nueva vida en la burocracia fue perdiendo ese aire de sencillez y espontaneidad que en principio parecía transmitir. Cada vez se lo veía más distante, inaccesible, hosco. Su único interlocutor y hombre de confianza era un individuo manipulador, de mirada esquiva. Como era de esperarse, no tardó en emerger la verdadera personalidad del Ministro: ordinaria, prepotente, ramplona, inestable. Obsesionado por los resultados y su posicionamiento en el gobierno constantemente protagonizaba episodios de delirante arrebato, en los cuales, inevitablemente, algún subalterno resultaba vilipendiado y afectado en su autoestima, a cuenta de lo que suponía algún incumplimiento o metedura de pata, apreciación discutible, porque meter la pata podía significar que el buen asistente hizo las cosas como debían hacerse, apegado a las normas y no evadiéndolas como habría querido el recién estrenado funcionario, quien nada, o casi nada, conocía de las disposiciones que regían en la administración, lo cual tampoco parecía importarle.
Fiel a sus creencias, atribuía a la Divina Providencia esta inesperada oportunidad de crecer tanto cuanto su habilidad para permanecer en el cargo lo permitiera. Es que le costaba creer que el destino se haya fijado en él para ponerlo al frente de tan importante dependencia en donde hablar de millones de dólares era cosa corriente. Convencido que el altísimo le estaba compensando por las carencias sufridas hasta entonces, decidió que iría por todo, cueste lo que cueste; y así, desafiando las recaídas y abandono familiar, se impuso extenuantes jornadas de trabajo, fijó los objetivos a alcanzar y puso en marcha una maquinaria en donde algunos de sus engranajes -no podía ser de otra manera- estaban formados por gente de dudosa reputación, de la cual tuvo que echar mano dada su inexperiencia.
No obstante el enorme esfuerzo las cosas no funcionaban. Simplemente no se veían progresos. No sabemos si por consejo de alguien o de propia inspiración, el Ministro cayó en cuenta que, por ese camino escabroso y lleno de obstáculos que es el servicio público, solo no llegaría a ninguna parte. Así que hizo lo que tenía que hacer, cediendo parte del espacio que le fue dado logró ser admitido como miembro del círculo más cercano a quien ejercía el poder absoluto. Círculo en el que estaría protegido por personas que, como él, jamás habían tenido presencia importante en la arena política, pero sabían moverse en las turbias aguas de la intriga, el adulo y los negocios. A partir de entonces, como por arte de magia, todo comenzó a fluir.
Pues bien, así las cosas, los asesores íntimos de nuestro personaje y sus influyentes amigos solo tenían que instruirle sobre ciertas reglas que en el sector público hacen la diferencia entre el glamoroso éxito y el deshonroso fracaso. Una de ellas: dar y recibir por interpuesta persona, se fue aplicando de manera rigurosa. Por el pago de una razonable comisión ciertos emisarios de confianza se presentaban ante ‘representantes’ de tal o cual empresa, banca de inversión, ‘gobierno amigo’, o cartel, ofreciendo jugosos negocios o gestionando préstamos para grandes proyectos, fundamentales para el desarrollo del país, decían. Realizado el contacto, dependiendo de la importancia de la negociación y de la contraparte, el Ministro debía tomar la posta y definir la transacción aunque ello significase volar al otro lado del planeta. Concretada el negocio, el ‘fee’, en cash o mediante transferencia bancaria, lo recibía una tercera persona ajena a la dependencia, cuyo trabajo, celosa y juiciosamente cumplido, consistía en repartir las ganancias de acuerdo al porcentaje que correspondía a cada uno de los beneficiarios. La impudicia se fue materializando en la compra de propiedades dentro y fuera del país, vehículos, viajes, cuentas en el extranjero a nombre de supuestas corporaciones y compañías, acciones, etc, etc.
Organizado y aplicado como era, no quería dejar cabos sueltos, así que el aprovechado alumno fue tejiendo en las sombras y en silencio una compleja y extensa red de influencias. Los miembros de su círculo cercano, y los familiares de estos, fueron distribuidos en directorios, comités, gerencias, etc. Ello le permitió vigilar las actividades en otras dependencias, hacer suyos los resultados y, lo más importante, controlar los planes de inversión y adquisiciones que en ellas se hacían, las cuales no pasaban sin su visto bueno. Pero claro, como nunca faltan esos incautos que se tragan el cuento de la transparencia, había quienes no estaban de acuerdo con las disposiciones del Ministro. A ellos, se les aplicaba la estrategia de la intriga y vedadas acusaciones de incapacidad y hasta de corrupción; y así, más temprano que tarde caían en desgracia, viéndose obligados a renunciar o, en el mejor de los casos, traicionar sus principios.  
Los gobiernos tercermundistas, no se sabe por qué, acostumbran cada año renovar sus gabinetes, y ese no era la excepción. Sin embargo, mientras otros ministros caían como piezas de ajedrez, eran degradados, o se los confinaba a la congeladora -lo que significa que eran dejados en el limbo por algún tiempo como castigo por alguna declaración inoportuna que incomodó al jefe- el de nuestro relato, permanecía incólume en su puesto, o si era movido, era para mejorar su condición otorgándole más poder. No cabía duda que cobijarse bajo el árbol más robusto del gobierno -y convertirse en el principal proveedor de recursos- fue la decisión más sabia que hubo tomado.
Obviamente que los resultados del Ministro generaron recelo y envidia entre sus colegas. Pero ¿qué podía hacer? Mientras otros llevaban una vida relajada, llena de glamur, o rompiéndose la cabeza elaborando complicados programas de desarrollo o manuales teóricos para el adoctrinamiento de los fieles seguidores, que al final no servían para nada, él dedicaba al trabajo catorce y hasta dieciocho horas al día, durante los siete días de la semana. Era el vivo ejemplo de constancia, de cumplimiento de retos difíciles, de resultados, un hombre a quien no le asustaban los riesgos, ni siquiera cuando se trataba de evadir las fastidiosas e inoportunas leyes. Esto fue apreciado por el Jefe, quien cada vez le fue encargando tareas más complejas. Los grandes proyectos que pondrían al país en la autopista del desarrollo, los enormes emprendimientos que liberarían a la nación de la dependencia capitalista estaban bajo su dirección. ¿Qué no había recursos? Aquello tampoco era obstáculo, para eso estaban las grandes economías alternativas, dispuestas a poner todos los recursos económicos, tecnológicos, humanos, y como plus, hasta una jugosa comisión, a cambio de materia prima, esa que existe de sobra en los países pobres.
Una noche mientras se alistaba para descansar recibió una llamada que cambiaría su vida para siempre. El Jefe le comunicaba que había sido escogido para ocupar uno de los cargos más importantes de la nación. Casi en shock, apenas pudo balbucear un: ‘muchas gracias señor… no esperaba esto, espero no defraudarle, usted sabe que soy su más fiel, su más incondicional colaborador…’.  Apenas cerró el teléfono miles de cosas como torbellino pasaron por su mente. No era para menos, hasta hace poco era un ciudadano común y corriente, un sombrío individuo que para subsistir debía desempeñar dos o tres trabajos mal remunerados, y hoy estaba a punto de tocar el cielo. Desvelado apenas pudo cerrar los ojos el resto de la noche. De pronto la bulla de la mañana lo despertó. De un brinco dejó la cama. ¿En verdad recibió esa llamada, o todo fue un invento de su febril cerebro? No sería la primera vez que éste le jugara una mala pasada, pues de tanto agotamiento en ocasiones parecía perder el juicio. Nervioso se dio una ducha de agua fría, tomó un vaso con jugo –debido al estrés le habían prohibido el café- y salió. El chofer lo estaba esperando. Apenas subió al vehículo sonó su teléfono celular, era un miembro del círculo del poder que llamaba para felicitarle.