jueves, 16 de enero de 2014

Juan Gelman: El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración



Por Juan Gelman

Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos

Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril. Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el banco de datos sanguíneos de familiares de desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.

Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”. Ha pasado mucho tiempo desde la de-saparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía. No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje. No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento. No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.

El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar. “Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.

“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido. “¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.” El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores. Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.

“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo. ¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor? ¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola? ¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella? Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios. Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.

Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes. La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones. La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.

Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia. Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben. Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos. Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.

La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos. En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad. En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”. La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot. Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.

Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.

El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet. Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán. Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.

¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales? El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”. Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.

Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos. En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana. Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable. Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.

Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación. Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.

En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”. Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

Página/12, 10/12/08

lunes, 6 de enero de 2014

Los jefes (en la administración pública)



los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder, a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos


Hace algún tiempo escribí un pequeño ensayo dedicado al servidor público, artículo  que ha recorrido buena parte de las oficinas y dependencias estatales. Desde entonces he sentido que estoy en deuda con quienes asumen la durísima y sacrificada tarea –como ya veremos de cogobernar el aparato estatal, los jefes, sin los cuales la vida de los subalternos sería fría, intrascendente, aburrida. Eso sí, es menester dejar en claro que cualquier parecido entre lo que aquí se dice y la realidad es pura coincidencia, que no alude a individuo en específico, y que todo forma parte de ese gran holograma que según últimos descubrimientos científicos es nuestro Universo. Dicho de otra forma, esta lectura no existe, solo es un invento de su imaginación.

Partamos del principio que los jefes, como todo lo que existe sobre la Tierra, también sufren cambios. El jefe de épocas pasadas no es igual al de hoy, esencialmente porque responden a realidades diversas. El de antaño, aunque se daba ciertos aires de importancia, era un tipo distendido, refugiado en oficinas sobrias, nada ostentosas. Hasta para hacer negocios era cauto, mesurado, cuidaba el nombre, las apariencias.
Entonces, ¿cómo son los jefes de la nueva administración pública? Dejemos en claro que cuando digo “jefes” me refiero a aquellos de alto nivel; y “nuevos” es una forma de decir, ya que la mayoría llevan algunos años apoltronados en sus anatómicos y caros sillones.
Quienes los vieron llegar pueden dar fe del cambio. Muchos, la mayoría para ser justos, aparecieron con una mano adelante y otra atrás. Para disimular la carencia de recursos vestían un terno obscuro que alternaban con dos o tres camisas y una o dos corbatas durante la semana. Los que llegaron de provincias para “apoyar” al compañero presidente buscaron alojamiento en esos hotelitos baratos, de medio pelo, que abundan en la zona norte y que como gancho ofrecen desayuno gratis. Más de uno participaba del menú sobrepreciado que contratan las instituciones públicas. Otros, cansados de esa horrible comida reciclada mandaban a comprar el clásico KFC, con arroz y menestra. Ya se podrán imaginar el olor que se impregnaba en las oficinas, difícilmente disimulado por el ambiental rociado por las afanosas secretarias apenas el jefe, apremiado por la naturaleza, entraba al baño.
Hoy los jefes son cancheros, conocen el teje y maneje de la cosa pública. Aprendieron a usar con solvencia terno y corbata, a combinar la ropa, los zapatos. Ahora usan vestimenta caché comprada en tiendas exclusivas o traída del exterior en esos constantes y sacrificados viajes fuera del país. Algunos hasta ya saben para qué mismo sirven las entidades a su cargo. Se dan el lujo de comer en restaurantes gourmet, viven en buenos hoteles o arriendan suites en sectores exclusivos. Los más visionarios y pragmáticos (palabrita de moda con la que se designa a los negociadores) compraron o cambiaron su vivienda por otra. Quienes llegaron del trópico hoy se desenvuelven en la capital como peces en el agua. Le cogieron gusto al aire acondicionado natural, les agrada lo verde, los buenos colegios, la relativa seguridad, por eso muchos trajeron a la familia. Es posible que a futuro ya no regresen al terruño. Se acostumbraron a convivir con los antes odiados y menospreciados “serranos o paisanos” a quienes calificaban de burócratas vagos vividores de las rentas que producía el llano, la costa.
En lo laboral, conocen al dedillo el presupuesto institucional y su manejo, tanto que instruyen a financieros y jurídicos sobre qué procedimiento utilizar para las contrataciones. Saben que lo más rápido, práctico y “conveniente”, es acogerse a las declaratorias de emergencia. Claro, en un país subdesarrollado como este, pese al “milagro económico” que dizque experimentamos, todo es emergente, para ayer. Así que lo único que deben hacer los que manejan las compras públicas es cambiar ciertas variables a los modelos de resoluciones y contratos. Facilito.
Están conscientes que por sus obras serán juzgados de eficientes o ineficientes. Eficientes los que gastan todo el presupuesto, en lo que sea y como sea; ineficientes los lentos, los que todavía creen que deben respetar la ley, los que consultan si se puede o no hacer tal o cual cosa. No obstante, aún estos últimos saben que obligatoriamente debe constar en el famoso plan operativo todo lo imaginable, incluidos rubros que a futuro permitan camuflar gastos políticos, aportes, movilizaciones, propaganda, banderitas, vallas, festejos, etc, etc.  A propósito, es curioso ver como el último mes del año, todos entran en una especie de locura colectiva. Lo que no pudieron hacer durante once meses quieren sacar a como dé lugar los últimos días de diciembre. Así, la ejecución presupuestaria que hasta entonces no llegaba al 50%, por obra y gracia de la desesperación sube milagrosamente al 60 o 70 por ciento. No hace falta decir que estos gasto de última hora, en tiempos de navidad y fin de año generan muchas satisfacciones.        

¿Cómo son los jefes en la oficina? Bueno, los hay de toda clase. Para que no se resientan las feministas, diremos que los hay tranquilos y tranquilas (en realidad esta no es una virtud común en ellas), prepotentes y prepotentas, ramplones y ramplonas, vagos y vagas, desfachatados y desfachatadas, paranoicos y paranoicas… En lo que si todos y todas se parecen es en su lealtad al “proyecto”. No saben qué carajo es eso, pero juran que son leales al proyecto del gobierno. Concurren obligatoriamente a marchas y contramarchas, a concentraciones y desconcentraciones, algunos, los más hábiles, los que lograron subir varios peldaños en la escala de cercanía al sol que nos alumbra asisten a los monólogos en donde el supremo jefe se luce ante una eufórica y encantada concurrencia que agita banderitas y aplaude a rabiar.

Algo que caracteriza a ellos y a ellas por igual es el aprovechamiento del trabajo ajeno. Aprendieron a quedar bien a costa de otros: “Fulano, necesito esto para el mediodía", "fulana, esto es urgente, para las cuatro de la tarde, "a ver señores esto me tienen listo a más tardar para mañana”, y así, todo lo delegan. Asumen, para quedar bien, responsabilidades que no les competen. “No te preocupes, nosotros hacemos esto”, “déjamelo a mí, yo me encargo”… y claro, inmediatamente ordenan a algún subalterno que se saque la mierda haciendo el trabajo. Una vez terminado, aparecen como los autores, mientras que el personal de tropa que se desveló ni siquiera es mencionado, a no ser para responsabilizarlo por las falencias. Es ya característico que los jefes esperen la hora de salida para pedir informes o convocar a reuniones. ¿Alguien se traga el cuento que ese informe o las beberías que se tratan en las reuniones no pueden esperar hasta el otro día o la próxima semana? Claro que no, es la simple gana de joder, de darse importancia, de crear sobre él o ella un halo de esforzado y eficiente servidor. Se pasan el día en juntas y reuniones tomando cafecitos, recibiendo delegaciones que ofrecen lindos negocios, o inaugurando obras donde se malgastó el dinero. Así secretarias y el “equipo de confianza” deben esperar hasta que el jefe o jefa decida terminar con todas las reuniones para ver que si no se le ocurre armar otra o delegar alguna tarea.

Por cierto, aquello del “equipo de confianza” da para una crónica extensa. Por ahora únicamente digamos que en la argolla no están todos los que son, ni son todos los que están. Hay equipos y equipos. Unos constituidos sobre la necesidad de fortalecer la gestión institucional, mientras que hay otros en los que ciertos miembros ni siquiera trabajan en la misma institución, o se mantienen en la periferia, en oficinas privadas, oficiando de emisarios y lobistas. En este segundo caso, los verdaderos miembros son ultra cercanos al jefe, generalmente antiguos conocidos. Su condición de coautores o conocedores de malandanzas y metidas de pata hace que los vínculos entre ellos sean indisolubles; vínculo sustentado en una especie de pacto de silencio.       


Otra característica común es su fascinación por los viajes. ¡Cómo les encanta viajar! Ni bien se posesionan comienzan a planificar los viajes. Todos viajan. Para esta gente que antes se excitaba yendo a algún balneario de la costa, hoy el mundo les queda chico. Ir a Europa, Asia, el Medio o lejano Oriente, Sur o Norteamérica, se ha vuelto rutinario. Viajan con los más increíbles pretextos. Que a dictar una "conferencia magistral", que a socializar el nuevo reglamento, que a promocionar tal o cual cosa, que a informar a los migrantes sus derechos, que a firmar el tratado de entendimiento o el convenio marco, que a dar a conocer al mundo las nuevas estrategias de comercio, que al festival o la conferencia sobre esto y aquello. Y cuando se les pregunta: “¿qué tal estuvo el viaje?”, la respuesta siempre es: “cansado”. ¿Y cómo no van a estar cansados de tanto viajar?


También es común la caridad familiar. Basta que se posesione el jefe o la jefa para que en tropel ingrese a la administración toda la parentela y, si hace falta, los relacionados a ésta. Padres, hermanos, tíos, primos, cuñados, novios, concubinos… etc, etc, en su mayoría paniaguados, buenos para nada, son ubicados sino en la misma entidad en otras afines. Y no en cualquier puesto ni con cualquier sueldo, claro que no, ha de ser en funciones directivas, como corresponde al estatus del jefe.  


Volviendo a lo de antes, decíamos que hay jefes y jefas para todos los gustos, aunque por lo general la mayoría se caracterizan por tener a la gente al borde de la locura. Los informes, el oficio, los contratos, los reglamentos, las resoluciones, los pasajes... todo es urgente. Da la impresión que el futuro del paisito depende de algún informe, resolución o reglamento. Imagínense lo que pasa cuando esos informes están dirigidos al supremo jefe. Los revisan una y otra vez, suman y vuelven a sumar, mueven los cuadros de un lado al otro, pintan una columna de un color, resaltan otra, que sea lo más claro y sucinto dicen, que el supremo no tiene tiempo para leer testamentos, que solo se fija en lo importante. Eso sí, por acaso se le ocurra tomar la lección completa hay que poner los hipervínculos y llevar a cuestas toda la documentación de respaldo. Si las cosas salen bien, se felicitan, se abrazan, los rostros se iluminan de felicidad; pero si no, entonces arde Troya, se busca inmediatamente culpables, que como mínimo reciben una puteada que les dejará con estrés para toda la vida.


LAS JEFAS


¡Ah, las jefas! Ellas merecen capítulo aparte. Son una especie de última data, emergieron con los nuevos tiempos, con el cambio de época. Antes se conocían algunos ejemplares, pero en general su paso por la administración pública no tuvo el dramatismo ni la incidencia que tiene actualmente. En su mayoría son jóvenes, aunque por excepción las hay entradas en años. De procedencia distinta, algunas vienen acompañadas de un pedigrí linajudo, aspecto elegante, cutis bien mantenido, figura moldeada en gimnasios y quirófanos… mientras que en otras se aprecia la huella marcada por la vivencia en sectores populares, en donde a lo largo del tiempo se ha sentido maltrato, discriminación, carencia y una apreciable carga de frustraciones.  


Pero bien, con la revolución y los tiempos, estas mujeres aparecen reclamando su derecho a ser visibilizadas e incorporadas al aparato estatal, a ministerios, subsecretarías, embajadas, gerencias y puestos de dirección. Es lo que nos merecemos dicen. Uno de sus principales argumentos es que se han preparado y como prueba exhiben títulos académicos, no uno, sino varios y en todos los campos imaginables, y las que no tienen ese backup acuden a su trayectoria en el movimiento. Ya en el cargo, asumen las funciones con la mayor severidad posible. Curiosamente las principales víctimas de una reprimida demostración de autoritarismo y prepotencia que de inmediato sale a flote no son los machos, los opresores, no, son las mismas mujeres, sus congéneres. Prefieren descargar su frustración sobre otras mujeres antes que enfrentarse a quienes a lo largo de la historia las han dominado. No pueden ocultar su antipatía hacia determinadas funcionarias, menos cuando las subalternas demuestran mayores conocimientos y mejores ejecutorias, y si a más de capacidad la supuesta adversaria es agraciada la locura es total, eso las vuelve paranoicas. Asumen que el puestito está en riesgo. De ahí que cualquier trabajo que realizan aquellas es revisado con microscopio, les buscan fallas hasta en las comas, para desacreditarlas tachan aquí y allá, ponen lo mismo pero con otras palabras, y como golpe de gracia, de todo menos de los aciertos dejan constancias en correos o mediante oficio. Así, las féminas se convierten en las primeras víctimas de esta versión de neofascismo solapado que invade el sector público. Podría decirse que el infierno es un spa comparado con el acoso que las víctimas tendrán que soportar día a día, acoso del que hasta ahora no se conoce escapatoria.
Obsesionadas como son, luego de 12 o más horas de derramar bilis en la oficina, ya en casa, la laptop y el celular permanecen encendidos si acaso el jefe no olviden que en la pirámide del poder siempre hay un superior pida alguna información. El gusano que habita en sus cerebros les dice despiertas y en sueños que son imprescindibles, que sin ellas la entidad se derrumba, que el mundo se acaba. Al haberse constituido en las principales aportantes de recursos al hogar los maridos resignan su actitud dominante, al fin que alguien debe pagar las cuotas del auto, las nuevas tv ultraplanas, la ropa de marca, las vacaciones, etc, etc.
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En fin, los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos. Altas remuneraciones y manejo discrecional, asociados a otros privilegios, dan forma a lo que parece una nueva administración, pero que en esencia reedita viejos sistemas medievales de dominación y autoritarismo y, no en pocos casos, de descomposición.

  

domingo, 22 de diciembre de 2013

El sermón del anticristo de Fernando Vallejo


 
 
¡Qué miedo le voy a tener yo al infierno! Miedo le tengo a un agujero negro que me trague. Dios como explicación del origen del universo es la vuelta del bobo...
 
 
 
 
 
Con este título resumieron en la Feria del Libro de Guadalajara el “Encuentro con los mil jóvenes” que tuvo el escritor colombiano radicado en México, Fernando Vallejo, quien presentó los libros 'Peroratas' y 'Casablanca la bella' (Sello editorial Alfaguara). Este es el texto del comienzo de su polémica intervención, del 4 de diciembre de 2013:
 
Dios no existe, muchachos, ése es un cuento de clérigos desvergonzados inventado para sus fines abusando de la credulidad del rebaño: de curas católicos, pastores protestantes, popes ortodoxos, rabinos judíos, ayatolas musulmanes...
 
Por Dios entendemos fundamentalmente dos cosas: el creador del universo y el Ser de la Suprema Bondad. ¿Y quién dijo que al universo lo tenían qué crear? Para empezar, ni siquiera sabemos qué es el universo. Estrellas de protones, materia oscura, agujeros negros... De eso nos hablan últimamente los astrofísicos, que tienen el telescopio Hubble y que cada vez que abren la boca nos aterrorizan. ¡Qué miedo le voy a tener yo al infierno! Miedo le tengo a un agujero negro que me trague. Dios como explicación del origen del universo es la vuelta del bobo, una explicación que no explica nada, pues ¿cómo nos explicamos que Él no haya tenido origen? Si Dios no tuvo origen, entonces la premisa “todo tiene que tener un origen” es falsa, y sobre una premisa falsa no se puede construir un silogismo verdadero. A mí me cuesta menos trabajo aceptar que el universo está ahí desde siempre, que aceptar el que esté desde siempre sea Dios, por la simple razón de que a Dios nunca lo he visto mientras al universo sí, y si no todo por lo menos una partecita: esta sala en que estamos, por ejemplo.

Consideremos ahora a Dios como el Ser de la Suprema Bondad. ¿Uno que nos manda los terremotos, los maremotos, las hambrunas, la enfermedad, la vejez, la muerte? ¡Qué tal que no fuera bueno, cómo nos iría!
 
Y su hijo Cristo, ¿era bueno, o era malo? “Por sus frutos los conoceréis”, dice él en los Evangelios. Pues por los suyos lo voy a conocer, midiéndolo con su propio rasero. En los Evangelios hay un episodio en que se encuentra con un endemoniado de Gadara o de Gerasa, dos de las diez ciudades de lengua griega de la Decápolis, que estaban situadas en las inmediaciones del mar de Galilea. ¿Y qué hace? Le saca al endemoniado los demonios que tiene adentro y se los pasa a una piara de cerdos, que enloquecidos corren a ahogarse al mar. ¿Y por qué no esfumó los demonios en el aire en vez de pasárselos a unos pobres e inocentes animales que ningún mal le habían hecho y que eran obra de su papá, el Padre Eterno? ¿Y les pagó acaso a los porqueros el daño que les hizo al dejarlos sin sus animales? ¡Ni un denario! Llegaba, hacía el mal y se iba. Era un loco rabioso. A los mercaderes del templo los expulsó a latigazos porque estaban vendiendo ahí sus mercancías. ¿Y si no quería que se ganaran la vida vendiendo, por qué no le pidió a su papá, el Padre Eterno, que los hiciera ricos? Y a Herodes Antipas, el tetrarca, le mandaba decir con los fariseos: “Id y decidle a ese zorro que yo curo enfermos y expulso demonios”. Y a los fariseos los llamaba “serpientes, raza de víboras”. ¡El Hijo de Dios insultando con nombres de animales como cualquier Lenin o Fidel Castro! Y decía también el exorcista rabioso: “No les echéis las cosas santas a los perros ni vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y revolviéndose os despedacen”. ¿Cuándo han visto ustedes a un cerdo despedazando a un ser humano? A los que sí he visto yo es a los seres humanos acuchillando a un cerdo: en mi niñez, en mi lejana Colombia, el 24 de diciembre, día de la navidad, para celebrar esos hijueputas colombianos con su ritual monstruoso la venida a este mundo del Niño Dios. Todavía me resuenan en el alma los aullidos de dolor y de terror del pobre animal. Me los borrará de la memoria la muerte. Sí les voy a echar las perlas a los cerdos, y al primer perro callejero que me encuentre le voy a dar un copón lleno de hostias para que calme el hambre. Pero sin consagrar, ¿eh?, no se me vaya a envenenar el animalito. Y decía también el loquito de Galilea: “No está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros”. Como yo no tengo hijos... En eso sí soy como él, que no se reprodujo.
 
¿Y este engendro de la maldad que les pasa los demonios a unos pobres cerdos para que se vayan a ahogar al mar, que insulta con nombres de animales y que se deja llevar por la ira es el paradigma de lo humano, el modelo que tenemos que seguir, el inventor de la moral? Con razón siguen existiendo hoy los mataderos y la industria porcina y la industria avícola y la vivisección y la experimentación con los animales. ¡Claro, como la religión nos lo permite! Nos permite esclavizarlos y torturarlos y vejarlos y matarlos y comérnoslos sin que salga de las puercas bocas de sus puercos clérigos ni una sola palabra de reproche. Religión no puede ser sinónimo de bondad: es sinónimo de infamia. La religión nos pone desde que nacemos una venda en los ojos que nos impide ver a los animales como nuestros hermanos y nuestro prójimo. Y cuando digo “animales” me refiero a los que tienen un sistema nervioso complejo por el que sienten el hambre, la sed, el dolor, el miedo, como nosotros, y muy en especial a los que el hombre domesticó, como los perros y los cerdos. Esa venda que me puso a mí la Iglesia desde que nací, y que les puso a ustedes, es la venda moral. Yo ya me la quité. Vengo a pedirles a ustedes que se la quiten.
 
¿Qué los cerdos son sucios y viven en chiqueros? ¡Claro, porque ahí los encierran! Enciérrenme en la Capilla Sixtina a los 110 cardenales que con la inspiración del Espíritu Santo acaban de elegir papa al argentino Bergoglio, y me les cierran las puertas de los inodoros para que no puedan usarlos a ver en qué la dejan. En el chiquero más asqueroso del planeta Tierra, que no lo limpia ni con sus lenguas de fuego el Espíritu Santo.
 
¿Y para qué está esta entelequia alada, a ver? ¿Para iluminar a los purpurados? ¿Entonces por qué se necesitan varias votaciones para elegir a un papa, que se prologan por días, semanas, meses y hasta años, como el cónclave de 1294 que estuvo trabado dos años y tres meses porque los doce cardenales electores no se lograban poner de acuerdo, divididos como estaban en dos bandos por intereses mundanos y lealtades familiares: seis con la famila de los Orsini y seis con la de los Colona. ¿Y el Espíritu Santo qué hacía en tanto? ¿Se fue de vacaciones, o qué? Si el Espíritu Santo es el que ilumina a los cardenales, entonces éstos deberían elegir al nuevo papa por unanimidad y sin necesidad siquiera de votaciones: se levantan todos a una y a mano alzada aclaman al que les sople en los oídos el Paráclito.
 
Y de los 266 papas que enumera el Anuario Pontificio contando al de ahora, diez reinaron menos de 33 días, que es lo que alcanzó a reinar nuestro reciente Albino Luciani o Juan Pablo I, quien se fue al Más Allá en sus pañales pontificios tras un ataque al corazón: con un hipotensor se lo pararon. Pero el que tiene el récord de papa breve es Giambattista Castagna o Urbano VII, que no alcanzó a llegar a la coronación: saliendo del cónclave enfermó y a los doce días lo llamó el Altísimo a rendir cuentas. Cuentas por la fotunita que amasó como Inquisidor General del Santo Oficio quedándose con los bienes de sus víctimas. ¿No se les hace un despropósito elegir un papa para doce días? ¿No será que a la paloma del Espíritu Santo se le enloqueció la brújula? La nave de la Iglesia va al garete. Le voy a abrir su buen boquete para que se hunda.
 
¿Y por qué tiene que tener Dios un Hijo, a ver? Yavé, el Dios judío, no lo tiene. Y Alá, el Dios mahometano, tampoco. Por eso el judaísmo y el mahometismo son religiones monoteístas, palabra que significa que tienen un solo Dios. El cristianismo dice que él también, pero tiene tres: la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres en uno como el detergente. El cristianismo es un triteísmo monoestúpido.
 
Y Cristo, ¿existió, o no existió? ¿Cuál de todos, si yo sé de diecisiete? Aquí les van: el Cristo de los ebionitas, el Cristo de los elkesaítas, el Cristo de los ofitas, el Cristo de los adopcionistas, el Cristo de los docetistas, el Cristo de los gnósticos, el Cristo de los judaizantes, el Cristo de los simonianos, el Cristo de los valentinianos, el Cristo de los harpocracianos, el Cristo de Basílides, el de Cristo de Cerinto, el Cristo de Carpócrtates, el Cristo de Marción. Y los tres Cristos de la secta que se llamó entonces “católica”, que en griego significa universal, nombre que ha guardado para designarse a sí misma hasta hoy la Iglesia de Roma: el Cristo de los evangelios sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas; el Cristo del evangelio de Juan; y el Cristo el de las epístolas de Pablo. Diecisiete. Éstos eran los que había en el año 180 cuando el filósofo pagano Celso escribió su libro contra el cristianismo “La palabra verdadera”, Aletes Logos en griego. El libro lo destruyó la secta católica no bien se tomó el poder, pero de él han quedado los pasajes que citó el padre de la Iglesia Orígenes en su pretendida refutación de Celso escrita 70 años después. De lo que cita Orígenes voy recordar dos cosas: una, que en el año 180 el cristianismo no era homogéneo sino que lo constituían un montón de sectas peleadas las unas con las otras, como hoy siguen peleados en Irlanda del Norte los católicos con los protestantes, en una guerra a muerte que se arrastra desde hace siglos. Y dos, que el cristianismo no era sino una mitología más, sin originalidad, copiada de las de Grecia y el Oriente. Y así es. En el siglo II, o sea después del año 100, el cristianismo era un conjunto heterogéneo de sectas teosóficas y ascéticas surgidas de los cultos y hechicerías del mundo antiguo, y cada una con su Cristo. ¿Y antes del año 100? Antes del año 100 no hay Cristos ni cristianismo. Ni hoy hay quién pueda probar que los hubo. Lo que entendemos hoy por Cristo o por Jesús es un engendro del siglo II fraguado por Roma, centro del imperio y del mundo helenizado, juntando rasgos de los muchos dioses y redentores del género humano que circulaban entonces en la cuenca del Mediterráneo: Atis de Frigia, Dionisos de Grecia, Osiris y Horus de Egipto, Zoroastro y Mitra de Persia, Krishna de la India, Buda de Nepal... Pero Cristo encarnado nunca hubo, no hay ningún Jesús histórico, ésta es la patraña más descarada que yo conozca, y conozco muchas: de la política, de la literatura, de la ciencia...
 
En el año 310 una de las sectas cristianas, la católica, se montó al carro del triunfo del emperador Constantino, un genocida, y se convirtió en la religión del Imperio. En poco tiempo exterminó a las otras sectas cristianas y a todos los cultos o misterios que venían del pasado, quedando sola e imponiendo de paso, como si de uno solo se tratara, a sus tres Cristos. La novedad del Cristo triple de la secta triunfante es que ésta pretendía que era histórico: que había nacido bajo el reinado del emperador Augusto y predicado y muerto en la cruz en el reinado del emperador Tiberio. Y para darle un toque de verdad a la mentira, los evangelistas –san Marcos, san Mateo, san Lucas y san Juan– citaban unos cuantos personajes históricos tomados de las Antigüedades judías del historiador Flavio Josefo: los sumos sacerdotes Anás y Caifás, por ejemplo; Herodes Antipas y su hermano Arquelao; el procurador romano Poncio Pilatos... Pero el libro de Flavio Josefo, que fue escrito hacia el año 90, menciona cientos de nombres. De la historia de Judea en el siglo I los evangelistas sólo saben lo que tomaron de ese historiador judío que escribió en griego, y de su geografía nada, no la conocen, la tienen toda equivocada porque no eran de ahí. Es que san Marcos no existió, ni san Mateo, ni san Lucas, ni san Juan, y los Evangelios atribuidos a ellos los escribieron muchos, muchos autores anónimos, no sabemos cuántos ni dónde ni cuándo exactamente, como pasa, por lo demás, con los restantes textos del Nuevo Testamento y todos los del Antiguo. La Biblia entera es apócrifa. Así que vamos quitándoles lo de santo a esos cuatro inexistentes varones, inventados como Cristo y su madre María y su padre putativo José por el Espíritu de la Mentira. Que dizque el Espíritu Santo descendió sobre María y la cubrió con su sombra... Las sombras no preñan: oscurecen.
 
Y ya metidos en gastos vamos suprimiendo el santoral, esa caterva de reprimidos sexuales y de asesinos como san Carlos Borromeo, que quemó vivos a ocho en Val Mesolina; o como san Roberto Belarmino, que mandó a la hoguera a Giordano Bruno y por poco no quema también a Galileo; o como San Pío V (Antonio Ghislieri, su nombre de soltero antes de ser esposa del Señor), gran perseguidor de los judíos. Con el título cardenalicio de San Roberto Belarmino, Karol Wojtyla, el papa polaco, hizo cardenal al actual, a Jorge Mario Bergoglio. Ahora éste canoniza a Wojtyla para pagarle el favor. Nunca le recen, muchachos, a san Juan Pablito II porque pierden el tiempo: está en los infiernos. Y santo que está en los infiernos no es santo: es un condenado.

*Si quiere ver el video de esta charla, búsquelo en You Tube bajo el título de "Fernando Vallejo el sermón del Anticristo".

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Los jóvenes y la revolución ciudadana


Tiempo atrás, alguien preguntaba por qué los primeros mandatarios cada vez que hablan sublimizan el tema de los jóvenes. Alusión que se ha manifestado de manera más evidente en los últimos meses. Les ofrecen de todo, desde capacitación, trabajo, el manejo de las empresas estatales, hasta la dirección de los órganos del estado. Esto contrasta con la situación de los viejos (para muchas autoridades los mayores de 40 años) quienes desde la visión del régimen son inservibles y, desde luego, responsables de todas las desgracias que aquejan a la banana republic. La reiterativa, insistente hasta el cansancio, alusión de los mandatarios a una supuesta revolución en la que los y las jóvenes tendrían un rol fundamental llama la atención a más de uno.  

Sabiendo la forma utilitaria cómo funciona la denominada RC había que descartar de plano motivaciones altruistas o afectivas. Así que no quedaba sino que recurrir al informe  publicado sobre el último censo de población y vivienda. Resulta que según dicha encuesta, en el 2010 el promedio de edad de la población era de 28.4 años; de éstos, casi el 50% se encuentra entre 15 y 40 años. Recordemos que la edad para ejercer el sufragio corre a partir de los 16 años. Los llamados mayores adultos -para quienes la opción del voto es facultativa- no llegan al 23%. Si a esto añadimos que el gobierno se ha convertido en el mayor empleador y que de hecho cada familia tiene al menos uno o dos miembros trabajando en el sector público, entonces la respuesta a la pregunta inicial está resuelta.

Al gobierno le interesan los votos, gente que respalde su gestión, que tras una reflexión elemental agradezca ser beneficiada por alguna de las políticas estatales o porque su principal fuente de ingresos proviene del presupuesto del estado. Por ello, resulta estratégicamente conveniente que en cada sabatina y en cada cadena mediática, el titular o su reemplazante lancen flores a los jóvenes, que exijan a los adultos ceder el paso, que invoquen el recambio generacional. No olvidemos que este gobierno inventó la “renuncia obligatoria”, un vericueto legal que obliga a los funcionarios públicos a renunciar “voluntariamente”, sin que quieran hacerlo. De esa manera se aseguran un ejército de boys scouts agradecidos, pasivos, que no cuestionan, dispuestos a cumplir fielmente las consignas del comandante y su pragmático lugarteniente.

Esta estrategia no es nueva, hace algunas décadas la ensayó con buenos resultados el Presidente Mao durante la revolución cultural china, con la diferencia que en China se respeta a los viejos mientras acá se los considera desechos. A lo dicho hay que añadir que a los jóvenes poco o nada interesa la política, más cuando el régimen se ha encargado de desprestigiarla y estigmatizar a partidos y dirigentes como ejemplo de inoperancia y corrupción.

Como vemos, la gestión pro jóvenes y anti viejos tiene únicamente fines politiqueros, vulgares y pedestres intereses electoreros, clientelares. El Jefe y su círculo cercano apuestan que estos jóvenes se constituyan en los guardianes de “su” proyecto, en la fuerza que con su voto resista cualquier intento de los opositores por el cambio en la dirección del estado. Ayer nomás el Jefe volvió a invocar el apoyo de quienes espera tener como principales aliados en las próximas elecciones: “… la juventud hará el "milagro guayaquileño", como ya estamos haciendo el "milagro ecuatoriano". Con juventud… venceremos a los políticos del siglo pasado, causantes de la tragedia nacional”, decía.

Habrá que esperar a febrero para ver si los jóvenes pescan la carnada. Hasta ahora las ofertas concretas en pro de ellos van por la entrega de becas para estudios superiores, y para el 2017 -según palabras del Vice- el enrolamiento de 2000 ingenieros en la Refinería del Pacifico,  cantidad ciertamente insignificante frente a los miles y miles que esperan una oportunidad de trabajo.

viernes, 23 de agosto de 2013

JOSÉ Y PILAR (Un encuentro con el mundo íntimo de José Saramago y Pilar del Río)

"A Pilar, que todavía no había nacido y tanto tardó en llegar"

Este documental de más de dos horas de duración realizado por Miguel Gonçalves Mendes, es un recorrido por las vidas de José Saramago y Pilar del Río, con quienes Gonçalves compartió dos años en Lanzarote, Lisboa y otros lugares del mundo. Este gran trabajo permite conocer la grandeza del Nobel, reflejada en su pensamiento sobre la política, la religión, el amor, la literatura, la muerte... a la vez que compartir sus recorridos, sus momentos de felicidad tanto como de agotamiento, así como el esfuerzo de Saramago por concluir "El viaje del elefante" que seria una de sus últimas novelas, y por último, el quebranto de su precaria salud afectada por los años, lo cual no le impidió, sin embargo, expresar el inmenso amor y gratitud que sentía por su compañera, a quien, cual una promesa, al final le dice: "Pilar, nos encontramos en otro sitio"  

 


Ver documental:    http://cinefox.tv/ver2492/jose-y-pilar_pelicula-completa.HTML


Algunas citas de Saramago tomadas del documental:

"Como comunidad, la especie humana es un desastre"

"La historia del hombre es la historia de sus desencuentros con Dios, ni él nos entiende, ni nosotros lo entendemos a él"

"¿Qué es eso del pecado? ¿Quién ha inventado el pecado? A partir del momento que se inventa el pecado, el  inventor pasa a disponer de un instrumento de dominio sobre otro. Fue lo que hizo la Iglesia"

"¿Dios, dónde está? Antiguamente se decía: "está en los cielos", pero el cielo no existe, no hay cielo"

"me gustaría morir lúcido, con los ojos abiertos"

"Me cansé de sonreír, del esfuerzo de parecer inteligente"

"Yo tengo ideas para una novela, y ella (Pilar), tiene ideas para la vida, no sé que es más importante"

"Dios no necesita al hombre para nada, excepto para ser Dios. Cada hombre que muere es una muerte de Dios. Y cuando el último hombre muera, Dios no resucitará"

"Si toda la gente buena, si toda la gente amante de la belleza, si toda la gente amante de lo justo y de lo honesto, pudiera reunir esfuerzos y oponerse contra la barbarie del mundo...el mundo quizá pudiera tener un futuro"

"Todo lo bueno en mi vida vino a ocurrirme tarde"

"Tienen que comprender una cosa, yo no debería ser escritor, yo no he nacido para ser escritor. Entonces, yo cumplo mi destino como escritor en el período final de mi vida, lo que significa que he tenido mucha suerte, porque si hubiera muerto antes... pues nada"

"Me preguntaron en Lisboa: "Y ahora que lo tiene todo usted, el premio Nobel, la gloria, la fama, y esto y aquello, ¿qué cree que le falta todavía?" Yo respondí: "Tiempo, vida. Tiempo y vida para continuar".

"Pilar, nos encontramos en otro sitio"







 

domingo, 4 de agosto de 2013

Julio Cortázar, Instrucciones para escribir

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Clases de Literatura, Berkeley 1980

A fines de 1980, el Cronopio Mayor dicta 8 clases de literatura en la Universidad de Berkeley, California, a un auditorio lleno de estudiantes, con quienes Cortázar comparte la génesis de sus cuentos fantásticos.

Primera clase. Los caminos de un escritor

Quisiera que quede bien claro que, aunque propongo primero los cuentos y en segundo lugar las novelas, esto no significa para mí una discriminación o un juicio de valor: soy autor y lector de cuentos y novelas con la misma dedicación y el mismo entusiasmo. Ustedes saben que son cosas muy diferentes, que trataremos de precisar mejor en algunos aspectos, pero el hecho de que haya propuesto que nos ocupemos primero de los cuentos es porque como tema son de un acceso más fácil; se dejan atrapar mejor, rodear mejor que una novela por razones obvias sobre las cuales no vale la pena que insista.

Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones. Para empezar a hablar del cuento como género y de mis cuentos como una continuación, estuve pensando en estos días que para que entremos con más provecho en el cuento latinoamericano sería tal vez útil una breve reseña de lo que en alguna charla ya muy vieja llamé una vez "Los caminos de un escritor"; es decir, la forma en que me fui moviendo dentro de la actividad literaria a lo largo de, desgraciadamente treinta años. El escritor no conoce esos caminos mientras los está franqueando -puesto que vive en un presente como todos nosotros- pero pasado el tiempo llega un día en que de golpe, frente a muchos libros que ha publicado y muchas críticas que ha recibido, tiene la suficiente perspectiva y el suficiente espacio crítico para verse a sí mismo con alguna lucidez. Hace algunos años me planteé el problema de cuál había sido finalmente mi camino dentro de la literatura (decir "literatura" y "vida" para mí es siempre lo mismo, pero en este caso nos estamos concentrando en la literatura). Puede ser útil que reseñe hoy brevemente ese camino o caminos de un escritor porque luego se verá que señalan algunas constantes, algunas tendencias que están marcando de una manera significativa y definitoria la literatura latinoamericana importante de nuestro tiempo.

Les pido que no se asusten por las tres palabras que voy a emplear a continuación porque en el fondo, una vez que se da a entender por qué se las está utilizando, son muy simples. Creo que a lo largo de mi camino de escritor he pasado por tres etapas bastante bien definidas: una primera etapa que llamaría estética (ésa es la primera palabra), una segunda etapa que llamaría metafísica y una tercera etapa, que llega hasta el día de hoy, que podría llamar histórica. En lo que voy a decir a continuación sobre esos tres momentos de mi trabajo de escritor va a surgir por qué utilizo estas palabras, que son para entendernos y que no hay que tomar con la gravedad que utiliza un filósofo cuando habla por ejemplo de metafísica.

Pertenezco a una generación de argentinos surgida casi en su totalidad de la clase media en Buenos Aires, la capital del país; una clase social que por estudios, orígenes y preferencias personales se entregó muy joven a una actividad literaria concentrada sobre todo en la literatura misma. Me acuerdo bien de las conversaciones con mis camaradas de estudios y con los que siguieron siendo amigos una vez que los terminé y todos comenzamos a escribir y algunos poco a poco también a publicar. Me acuerdo de mí mismo y de mis amigos, jóvenes argentinos (porteños, como les decimos a los de Buenos Aires) profundamente estetizantes, concentrados en la literatura por sus valores de tipo estético, poético, y por sus resonancias espirituales de todo tipo. No usábamos esas palabras y no sabíamos lo que eran, pero ahora me doy perfecta cuenta de que viví mis primeros años de lector y de escritor en una fase que tengo derecho a calificar de "estética", donde lo literario era fundamentalmente leer los mejores libros a los cuales tuviéramos acceso y escribir con los ojos fijos en algunos casos en modelos ilustres y en otros en un ideal de perfección estilística profundamente refinada. Era una época en la que los jóvenes de mi edad no nos dábamos cuenta hasta qué punto estábamos al margen y ausentes de una historia particularmente dramática que se estaba cumpliendo en torno de nosotros, porque esa historia también la captábamos desde un punto de vista de lejanía, con distanciamiento espiritual.

Viví en Buenos Aires, desde lejos por supuesto, el transcurso de la guerra civil en que el pueblo de España luchó y se defendió contra el avance del franquismo que finalmente habría de aplastarlo. Viví la segunda guerra mundial, entre el año 39 y el año 45, también en Buenos Aires. ¿Cómo vivimos mis amigos y yo esas guerras? En el primer caso éramos profundos partidarios de la República española, profundamente antifranquistas; en el segundo, estábamos plenamente con los aliados y absolutamente en contra del nazismo. Pero en qué se traducían esas tomas de posición: en la lectura de los periódicos, en estar muy bien informados sobre lo que sucedía en los frentes de batalla; se convertían en charlas de café en las que defendíamos nuestros puntos de vista contra eventuales antagonistas, eventuales adversarios. A ese pequeño grupo del que formaba parte pero que a su vez era parte de muchos otros grupos, nunca se nos ocurrió que la guerra de España nos concernía directamente como argentinos y como individuos; nunca se nos ocurrió que la segunda guerra mundial nos concernía también aunque la Argentina fuera un país neutral. Nunca nos dimos cuenta de que la misión de un escritor que además es un hombre tenía que ir mucho más allá que el mero comentario o la mera simpatía por uno de los grupos combatientes. Esto, que supone una autocrítica muy cruel que soy capaz de hacerme a mí y a todos los de mi clase, determinó en gran medida la primera producción literaria de esa época: vivíamos en un mundo en el que la aparición de una novela o un libro de cuentos significativo de un autor europeo o argentino tenía una importancia capital para nosotros, un mundo en el que había que dar todo lo que se tuviera, todos los recursos y todos los conocimientos para tratar de alcanzar un nivel literario lo más alto posible. Era un planteo estético, una solución estética; la actividad literaria valía para nosotros por la literatura misma, por sus productos y de ninguna manera como uno de los muchos elementos que constituyen el contorno, como hubiera dicho Ortega y Gasset "la circunstancia", en que se mueve un ser humano, sea o no escritor.

De todas maneras, aun en ese momento en que mi participación y mi sentimiento histórico prácticamente no existían, algo me dijo muy tempranamente que la literatura -incluso la de tipo fantástico más imaginativa- no estaba únicamente en las lecturas, en las bibliotecas y en las charlas de café. Desde muy joven sentí en Buenos Aires el contacto con las cosas, con las calles, con todo lo que hace de una ciudad una especie de escenario continuo, variante y maravilloso para un escritor. Si por un lado las obras que en ese momento publicaba alguien como Jorge Luis Borges significaban para mí y para mis amigos una especie de cielo de la literatura, de máxima posibilidad en ese momento dentro de nuestra lengua, al mismo tiempo me había despertado ya muy temprano a otros escritores de los cuales citaré solamente uno, un novelista que se llamó Roberto Arlt y que desde luego es mucho menos conocido que Jorge Luis Borges porque murió muy joven y escribió una obra de difícil traducción y muy cerrada en el contorno de Buenos Aires. Al mismo tiempo que mi mundo estetizante me llevaba a la admiración por escritores como Borges, sabía abrir los ojos al lenguaje popular, al lunfardo de la calle que circula en los cuentos y las novelas de Roberto Arlt. Es por eso que, cuando hablo de etapas en mi camino, no hay que entenderlas nunca de una manera excesivamente compartimentada: me estaba moviendo en esa época en un mundo estético y estetizante pero creo que ya tenía en las manos o en la imaginación elementos que venían de otros lados y que todavía necesitarían tiempo para dar sus frutos. Eso lo sentí en mí mismo poco a poco, cuando empecé a vivir en Europa.

Siempre he escrito sin saber demasiado por qué lo hago, movido un poco por el azar, por una serie de casualidades: las cosas me llegan como un pájaro que puede pasar por la ventana. En Europa continué escribiendo cuentos de tipo estetizante y muy imaginativos, prácticamente todos de tema fantástico. Sin darme cuenta, empecé a tratar temas que se separaron de ese primer momento de mi trabajo. En esos años escribí un cuento muy largo, quizá el más largo que he escrito, "El perseguidor", que en sí mismo no tiene nada de fantástico pero en cambio tiene algo que se convertía en importante para mí: una presencia humana, un personaje de carne y hueso, un músico de jazz que sufre, sueña, lucha por expresarse y sucumbe aplastado por una fatalidad que lo persiguió toda su vida. (Los que lo han leído saben que estoy hablando de Charlie Parker, que en el cuento se llama Johnny Carter.) Cuando terminé ese cuento y fui su primer lector, advertí que de alguna manera había salido de una órbita y estaba tratando de entrar en otra. Ahora el personaje se convertía en el centro de mi interés mientras que en los cuentos que había escrito en Buenos Aires los personajes estaban al servicio de lo fantástico como figuras para que lo fantástico pudiera irrumpir; aunque pudiera tener simpatía o cariño por determinados personajes de esos cuentos, era muy relativo: lo que verdaderamente me importaba era el mecanismo del cuento, sus elementos finalmente estéticos, su combinatoria literaria con todo lo que puede tener de hermoso, de maravilloso y de positivo. En la gran soledad en que vivía en París de golpe fue como estar empezando a descubrir a mi prójimo en la figura de Johnny Carter, ese músico negro perseguido por la desgracia cuyos balbuceos, monólogos y tentativas inventaba a lo largo de ese cuento.

Ese primer contacto con mi prójimo -creo que tengo derecho a utilizar el término-, ese primer puente tendido directamente de un hombre a otro, de un hombre a un conjunto de personajes, me llevó en esos años a interesarme cada vez más por los mecanismos psicológicos que se pueden dar en los cuentos y en las novelas, por explorar y avanzar en ese territorio -que es el más fascinante de la literatura al fin y al cabo- en que se combina la inteligencia con la sensibilidad de un ser humano y determina su conducta, todos sus juegos en la vida, todas sus relaciones y sus interrelaciones, sus dramas de vida, de amor, de muerte, su destino; su historia, en una palabra. Cada vez más deseoso de ahondar en ese campo de la psicología de los personajes que estaba imaginando, surgieron en mí una serie de preguntas que se tradujeron en dos novelas, porque los cuentos no son nunca o casi nunca problemáticos: para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones. La novela es ese gran combate que libra el escritor consigo mismo porque hay en ella todo un mundo, todo un universo en que se debaten juegos capitales del destino humano, y si uso el término destino humano es porque en ese momento me di cuenta de que yo no había nacido para escribir novelas psicológicas o cuentos psicológicos como los hay y por cierto tan buenos. El solo hecho de manejar elementos en la vida de algunos personajes no me satisfacía lo suficiente. Ya en "El perseguidor", con toda su torpeza y su ignorancia, Johnny Carter se plantea problemas que podríamos llamar "últimos". Él no entiende la vida y tampoco entiende la muerte, no entiende por qué es un músico, quisiera saber por qué toca como toca, por qué le suceden las cosas que le suceden. Por ese camino entré en eso que con un poco de pedantería he calificado de etapa metafísica, es decir, una autoindagación lenta, difícil y muy primaria -porque yo no soy un filósofo ni estoy dotado para la filosofía- sobre el hombre, no como simple ser viviente y actuante sino como ser humano, como ser en el sentido filosófico, como destino, como camino dentro de un itinerario misterioso.

Esta etapa que llamo metafísica a falta de mejor nombre se fue cumpliendo sobre todo a lo largo de dos novelas. La primera, que se llama Los premios, es una especie de divertimento; la segunda quiso ser algo más que un divertimento y se llama Rayuela. En la primera intenté presentar, controlar, dirigir un grupo importante y variado de personajes. Tenía una preocupación técnica, porque un escritor de cuentos -como lectores de cuentos, ustedes lo saben bien- maneja un grupo de personajes lo más reducido posible por razones técnicas: no se puede escribir un cuento de ocho páginas en donde entren siete personas ya que llegamos al final de las ocho páginas sin saber nada de ninguna de las siete, y obligadamente hay una concentración de personajes como hay también una concentración de muchas otras cosas. La novela en cambio es realmente el juego abierto, y en Los premios me pregunté si dentro de un libro de las dimensiones habituales de una novela sería capaz de presentar y tener un poco las riendas mentales y sentimentales de un número de personajes que al final, cuando los conté, resultaron ser dieciocho. ¡Ya es algo! Fue, si ustedes quieren, un ejercicio de estilo, una manera de demostrarme a mí mismo si podía o no pasar a la novela como género. Bueno, me aprobé; con una nota no muy alta pero me aprobé en ese examen. Pensé que la novela tenía los suficientes elementos como para darle atracción y sentido, y allí, en muy pequeña escala todavía, ejercité esa nueva sed que se había posesionado de mí, esa sed de no quedarme solamente en la psicología exterior de la gente y de los personajes de los libros sino ir a una indagación más profunda del hombre como ser humano, como ente, como destino. En Los premios eso se esboza apenas en algunas reflexiones de uno o dos personajes.

A lo largo de unos cuantos años escribí Rayuela y en esa novela puse directamente todo lo que en ese momento podía poner en ese campo de búsqueda e interrogación. El personaje central es un hombre como cualquiera de todos nosotros, realmente un hombre muy común, no mediocre pero sin nada que lo destaque especialmente; sin embargo, ese hombre tiene -como ya había tenido Johnny Carter en "El perseguidor"- una especie de angustia permanente que lo obliga a interrogarse sobre algo más que su vida cotidiana y sus problemas cotidianos. Horacio Oliveira, el personaje de Rayuela, es un hombre que está asistiendo a la historia que lo rodea, a los fenómenos cotidianos de luchas políticas, guerras, injusticias, opresiones y quisiera llegar a conocer lo que llama a veces "la clave central", el centro que ya no sólo es histórico sino también filosófico, metafísico, y que ha llevado al ser humano por el camino de la historia que está atravesando, del cual nosotros somos el último y presente eslabón. Horacio Oliveira no tiene ninguna cultura filosófica -como su padre- y simplemente se hace las preguntas que nacen de lo más hondo de la angustia. Se pregunta muchas veces cómo es posible que el hombre como género, como especie, como conjunto de civilizaciones, haya llegado a los tiempos actuales siguiendo un camino que no le garantiza en absoluto el alcance definitivo de la paz, la justicia y la felicidad, por un camino lleno de azares, injusticias y catástrofes en que el hombre es el lobo del hombre, en que unos hombres atacan y destrozan a otros, en que justicia e injusticia se manejan muchas veces como cartas de póquer. Horacio Oliveira es el hombre preocupado por elementos ontológicos que tocan al ser profundo del hombre: ¿Por qué ese ser preparado teóricamente para crear sociedades positivas por su inteligencia, su capacidad, por todo lo que tiene de positivo, no lo consigue finalmente o lo consigue a medias, o avanza y luego retrocede? (Hay un momento en que la civilización progresa y luego cae bruscamente, y basta con hojear el Libro de la Historia para asistir a la decadencia y a la ruina de civilizaciones que fueron maravillosas en la Antigüedad.) Horacio Oliveira no se conforma con estar metido en un mundo que le ha sido dado prefabricado y condicionado; pone en tela de juicio cualquier cosa, no acepta las respuestas habitualmente dadas, las respuestas de la sociedad x o de la sociedad z, de la ideología a o de la ideología b.

Esa etapa histórica suponía romper el individualismo y el egoísmo que hay siempre en las investigaciones del tipo que hace Oliveira, ya que él se preocupa de pensar cuál es su propio destino en tanto destino del hombre pero todo se concentra en su propia persona, en su felicidad y su infelicidad. Había un paso que franquear: el de ver al prójimo no sólo como el individuo o los individuos que uno conoce sino también verlo como sociedades enteras, pueblos, civilizaciones, conjuntos humanos. Debo decir que llegué a esa etapa por caminos curiosos, extraños y a la vez un poco predestinados. Había seguido de cerca con mucho más interés que en mi juventud todo lo que sucedía en el campo de la política internacional en aquella época: estaba en Francia cuando la guerra de liberación de Argelia y viví muy de cerca ese drama que era al mismo tiempo y por causas opuestas un drama para los argelinos y para los franceses. Luego, entre el año 59 y el 61, me interesó toda esa extraña gesta de un grupo de gente metida en las colinas de la isla de Cuba que estaban luchando para echar abajo un régimen dictatorial. (No tenía aún nombres precisos: a esa gente se los llamaba "los barbudos" y Batista era un nombre de dictador en un continente que ha tenido y tiene tantos.) Poco a poco, eso tomó para mí un sentido especial. Testimonios que recibí y textos que leí me llevaron a interesarme profundamente por ese proceso, y cuando la Revolución cubana triunfó a fines de 1959, sentí el deseo de ir. Pude ir -al principio no se podía- menos de dos años después. Fui a Cuba por primera vez en 1961 como miembro del jurado de la Casa de las Américas que se acababa de fundar. Fui a aportar la contribución del único tipo que podía dar, de tipo intelectual, y estuve allí dos meses viendo, viviendo, escuchando, aprobando y desaprobando según las circunstancias. Cuando volví a Francia traía conmigo una experiencia que me había sido totalmente ajena: durante casi dos meses no estuve metido con grupos de amigos o con cenáculos literarios; estuve mezclándome cotidianamente con un pueblo que en ese momento se debatía frente a las peores dificultades, al que le faltaba todo, que se veía preso en un bloqueo despiadado y sin embargo luchaba por llevar adelante esa autodefinición que se había dado a sí mismo por la vía de la revolución. Cuando volví a París eso hizo un lento pero seguro camino. Habían sido invitaciones de pasaporte para mí y nada más, señas de identidad y nada más. En ese momento, por una especie de brusca revelación -y la palabra no es exagerada-, sentí que no sólo era argentino: era latinoamericano, y ese fenómeno de tentativa de liberación y de conquista de una soberanía a la que acababa de asistir era el catalizador, lo que me había revelado y demostrado que no solamente yo era un latinoamericano que estaba viviendo eso de cerca sino que además me mostraba una obligación, un deber. Me di cuenta de que ser un escritor latinoamericano significaba fundamentalmente que había que ser un latinoamericano escritor: había que invertir los términos y la condición de latinoamericano, con todo lo que comportaba de responsabilidad y deber, había que ponerla también en el trabajo literario. Creo entonces que puedo utilizar el nombre de etapa histórica, o sea de ingreso en la historia, para describir este último jalón en mi camino de escritor.


Si han podido leer algunos libros míos que abarquen esos períodos, verán muy claramente reflejado lo que he tratado de explicar de una manera un poco primaria y autobiográfica, verán cómo se pasa del culto de la literatura por la literatura misma al culto de la literatura como indagación del destino humano y luego a la literatura como una de las muchas formas de participar en los procesos históricos que a cada uno de nosotros nos concierne en su país. Si les he contado esto -e insisto en que he hecho un poco de autobiografía, cosa que siempre me avergüenza- es porque creo que ese camino que seguí es extrapolable en gran medida al conjunto de la actual literatura latinoamericana que podemos considerar significativa. En el curso de las últimas tres décadas la literatura de tipo cerradamente individual que naturalmente se mantiene y se mantendrá y que da productos indudablemente hermosos e indiscutibles, esa literatura por el arte y la literatura misma ha cedido terreno frente a una nueva generación de escritores mucho más implicados en los procesos de combate, de lucha, de discusión, de crisis de su propio pueblo y de los pueblos en conjunto. La literatura que constituía una actividad fundamentalmente elitista y que se autoconsideraba privilegiada (todavía lo hacen muchos en muchos casos) fue cediendo terreno a una literatura que en sus mejores exponentes nunca ha bajado la puntería ni ha tratado de volverse popular o populachera llenándose con todo el contenido que nace de los procesos del pueblo de donde pertenece el autor. Estoy hablando de la literatura más alta de la que podemos hablar en estos momentos, la de Asturias, Vargas Llosa, García Márquez, cuyos libros han salido plenamente de ese criterio de trabajo solitario por el placer mismo del trabajo para intentar una búsqueda en profundidad en el destino, en la realidad, en la suerte de cada uno de sus pueblos. Por eso me parece que lo que me sucedió en el terreno individual y privado es un proceso que en conjunto se ha ido dando de la misma manera yendo de lo más (cómo decirlo, no me gusta la palabra elitista, pero en fin...), de lo más privilegiado, lo más refinado como actividad literaria, a una literatura que guardando todas sus calidades y todas sus fuerzas se dirige actualmente a un público de lectores que va mucho más allá que los lectores de la primera generación que eran sus propios grupos de clase, sus propias élites, aquellos que conocían los códigos y las claves y podían entrar en el secreto de esa literatura casi siempre admirable pero también casi siempre exquisita.


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Conviene hacer una cosa bastante elemental al principio que es preguntarse qué es un cuento, porque sucede que todos los leemos (es un género que creo que se vuelve cada día más popular; en algunos países lo ha sido siempre y en otros va ganando camino después de haber sido rechazado por motivos bastantes misteriosos que los críticos buscan deslindar) pero en definitiva es muy difícil intentar una definición de cuento. Hay cosas que se niegan a la definición; creo, y en este sentido me gusta extremar ciertos caminos mentales, que en el fondo nada se puede definir. El diccionario tiene una definición para cada cosa; cuando son cosas muy concretas, la definición es tal vez aceptable, pero muchas veces a lo que tomamos por definición yo lo llamaría una aproximación. La inteligencia se maneja con aproximaciones y establece relaciones y todo funciona muy bien, pero frente a ciertas cosas la definición se vuelve verdaderamente muy difícil. Es el caso muy conocido de la poesía. ¿Quién ha podido definir la poesía hasta hoy? Nadie. Hay dos mil definiciones que vienen desde los griegos que ya se preocupaban por el problema, y Aristóteles tiene nada menos que toda una Poética para eso, pero no hay una definición de la poesía que a mí me convenza y sobre todo que convenza a un poeta. En el fondo el único que tiene razón es ese humorista español -creo- que dijo que la poesía es eso que se queda afuera cuando hemos terminado de definir la poesía: se escapa y no está dentro de la definición. Con el cuento no pasa exactamente lo mismo pero tampoco es un género fácilmente definible. Lo mejor es acercarnos muy rápida e imperfectamente desde un punto de vista cronológico.


La narrativa del cuento, tal como se lo imaginó en otros tiempos y tal y como lo leemos y lo escribimos en la actualidad, es tan antigua como la humanidad. Supongo que en las cavernas las madres y los padres les contaban cuentos a los niños (cuentos de bisontes, probablemente). El cuento oral se da en todos los folclores. África es un continente maravilloso para los cuentos orales, los antropólogos no se cansan de reunir enormes volúmenes con miles y miles, algunos de una fantasía y una invención extraordinarias que se transmiten de padres a hijos. La Antigüedad conoce el cuento como género literario y la Edad Media le da una categoría estética y literaria bien definida, a veces en forma de apólogos destinados a ilustrar elementos religiosos, otras veces morales. Las fábulas, por ejemplo, nos vienen desde los griegos y son un mecanismo de pequeño cuento, un relato que se basta a sí mismo, algo que sucede entre dos o tres animales, que empieza, tiene su fin y su reflexión moralista. El cuento tal como lo entendemos ahora no aparece de hecho hasta el siglo XIX. Hay a lo largo de la historia elementos de cuentística verdaderamente maravillosos. Piensen ustedes en Las mil y una noches, una antología de cuentos, la mayoría de ellos anónimos, que un escriba persa recogió y les dio calidad estética; ahí hay cuentos con mecanismos sumamente complejos, muy modernos en ese sentido. En la Edad Media española hay un clásico, El Conde Lucanor del Infante Juan Manuel, que contiene algunos de antología. En el siglo XVIII se escriben cuentos en general sumamente largos, que divagan un poco en un territorio más de novela que de cuento; pienso por ejemplo en los de Voltaire: Zadig, Cándido, ¿son cuentos o pequeñas novelas? Suceden muchas cosas, hay un desarrollo que casi se podría dividir en capítulos y finalmente son novelitas más que cuentos largos. Cuando nos metemos en el siglo XIX el cuento adquiere de golpe su carta de ciudadanía, más o menos paralelamente en el mundo anglosajón y en el francés. En el mundo anglosajón surgen en la segunda mitad del siglo XIX escritores para quienes el cuento es un instrumento literario de primera línea que atacan y llevan a cabo con un rigor extraordinario. En Francia bastaría citar a Mérimée, a Villiers de l'Isle-Adam y tal vez por encima de todos ellos a Maupassant, para ver cómo el cuento se ha convertido en un género moderno. En nuestro siglo entra ya con todos los elementos, las condiciones y las exigencias por parte del escritor y del lector. Vivimos hoy en una época en la que no aceptamos que "nos hagan el cuento", como dirían los argentinos: aceptamos que nos den buenos cuentos, que es una cosa muy diferente.
 

Si a través de este paseo a vuelo de pájaro andamos buscando una aproximación, si no una definición del cuento, lo que vamos viendo es en general una especie de reducción: el cuento es una cosa muy vaga, muy esfumada, que abarca elementos de un desarrollo no siempre muy ceñido que a lo largo del siglo XIX y ahora en nuestro siglo adopta sus características que podemos considerar definitivas (en la medida en que puede haber algo definitivo en literatura, porque el cuento tiene una elasticidad equiparable a la de la novela en cierto sentido y, en manos de nuevos cuentistas que pueden estar trabajando en este mismo momento, puede dar un viraje y mostrarse desde otro ángulo y con otras posibilidades. Mientras eso no suceda, tenemos delante de nosotros una cantidad enorme de cuentistas mundiales y, en el caso que nos interesa especialmente, una cantidad muy grande y muy importante de cuentistas latinoamericanos).

¿Cuáles son las características en general del cuento, ya que decimos que no vamos a poder definirlo exactamente? Si hacemos el enfoque primario -o sea el fondo del cuento, su razón de ser, el tema, y la forma-, por lo que se refiere al tema la variedad del cuento moderno es infinita: puede ocuparse de temas absolutamente realistas, psicológicos, históricos, costumbristas, sociales... Su campo es perfectamente apto para hacer frente a cualquiera de estos temas, y pensando en el camino de la imaginación pura, se abre con toda libertad para la ficción total en los cuentos que llamamos fantásticos, los cuentos de lo sobrenatural donde la imaginación modifica las leyes naturales, las transforma y presenta el mundo de otra manera y bajo otra luz. La gama es inmensa incluso si nos situamos únicamente en el sector del cuento realista típico, clásico: por un lado podemos tener un cuento de D. H. Lawrence o de Katherine Mansfield, con sus delicadas aproximaciones psicológicas al destino de sus personajes; por otro lado podemos tener un cuento del uruguayo Juan Carlos Onetti que puede describir un momento perfectamente real -diría incluso realista- de una vida y que, siendo en el fondo una temática equivalente a la de Lawrence o a la de Katherine Mansfield, es totalmente distinto. Se abre así el abanico de su riqueza de posibilidades. Ya se dan cuenta ustedes de que por la temática no vamos a poder atrapar al cuento por la cola, porque cualquier cosa entra en el cuento: no hay temas buenos ni malos en el cuento. (No hay temas buenos ni malos en ninguna parte de la literatura, todo depende de quién y cómo lo trata. Alguien decía que se puede escribir sobre una piedra y hacer una cosa fascinante siempre que el que escriba se llame Kafka)

Desde el punto de vista temático es difícil encontrar criterios para acercarnos a la noción de cuento, en cambio creo que vamos a estar más cerca porque ya se refiere un poco a nuestro trabajo futuro si buscamos por el lado de lo que se llama en general forma, aunque a mí me gustaría usar la palabra estructura, que no uso en el sentido del estructuralismo, o sea de ese sistema de crítica y de indagación con el cual tanto se trabaja en estos días y del cual yo no conozco nada. Hablo de estructura como podríamos decir la estructura de esta mesa o de esta taza; es una palabra que me parece un poco más rica y más amplia que la palabra forma porque estructura tiene además algo de intencional: la forma puede ser algo dado por la naturaleza y una estructura supone una inteligencia y una voluntad que organizan algo para articularlo y darle una estructura.

Por el lado de la estructura podemos acercarnos un poco más al cuento porque, si me permiten una comparación no demasiado brillante pero sumamente útil, podríamos establecer dos pares comparativos: por un lado tenemos la novela y por otro, el cuento. Grosso modo sabemos muy bien que la novela es un juego literario abierto que puede desarrollarse al infinito y que según las necesidades de la trama y la voluntad del escritor en un momento dado se termina, no tiene un límite preciso. Una novela puede ser muy corta o casi infinita, algunas novelas terminan y uno se queda con la impresión de que el autor podría haber continuado, y algunos continúan porque años después escriben una segunda parte. La novela es lo que Umberto Eco llama la "obra abierta": es realmente un juego abierto que deja entrar todo, lo admite, lo está llamando, está reclamando el juego abierto, los grandes espacios de la escritura y de la temática. El cuento es todo lo contrario: un orden cerrado. Para que nos deje la sensación de haber leído un cuento que va a quedar en nuestra memoria, que valía la pena leer, ese cuento será siempre uno que se cierra sobre sí mismo de una manera fatal.

Alguna vez he comparado el cuento con la noción de la esfera, la forma geométrica más perfecta en el sentido de que está totalmente cerrada en sí misma y cada uno de los infinitos puntos de su superficie son equidistantes del invisible punto central. Esa maravilla de perfección que es la esfera como figura geométrica es una imagen que me viene también cuando pienso en un cuento que me parece perfectamente logrado. Una novela no me dará jamás la idea de una esfera; me puede dar la idea de un poliedro, de una enorme estructura. En cambio el cuento tiende por autodefinición a la esfericidad, a cerrarse, y es aquí donde podemos hacer una doble comparación pensando también en el cine y en la fotografía: el cine sería la novela y la fotografía, el cuento. Una película es como una novela, un orden abierto, un juego donde la acción y la trama podrían o no prolongarse; el director de la película podría multiplicar incidentes sin malograrla, incluso acaso mejorándola; en cambio, la fotografía me hace pensar siempre en el cuento. Alguna vez hablando con fotógrafos profesionales he sentido hasta qué punto esa imagen es válida porque el gran fotógrafo es el hombre que hace esas fotografías que nunca olvidaremos -fotos de Stieglitz, por ejemplo, o de Cartier-Bresson- en que el encuadre tiene algo de fatal: ese hombre sacó esa fotografía colocando dentro de los cuatro lados de la foto un contenido perfectamente equilibrado, perfectamente arquitectado, perfectamente suficiente, que se basta a sí mismo pero que además -y eso es la maravilla del cuento y de la fotografía- proyecta una especie de aura fuera de sí misma y deja la inquietud de imaginar lo que había más allá, a la izquierda o a la derecha. Para mí las fotografías más reveladoras son aquellas en que por ejemplo hay dos personajes, el fondo de una casa y luego quizá a la izquierda, donde termina la foto, la sombra de un pie o de una pierna. Esa sombra corresponde a alguien que no está en la foto y al mismo tiempo la foto está haciendo una indicación llena de sugestiones, apelando a nuestra imaginación para decirnos: "¿Qué había allí después?". Hay una atmósfera que partiendo de la fotografía se proyecta fuera de ella y creo que es eso lo que les da la gran fuerza a esas fotos que no son siempre técnicamente muy buenas ni más memorables que otras; las hay muy espectaculares que no tienen esa aureola, esa aura de misterio. Como el cuento, son al mismo tiempo un extraño orden cerrado que está lanzando indicaciones que nuestra imaginación de espectadores o de lectores puede recoger y convertir en un enriquecimiento de la foto.

Ahora, por el hecho de que el cuento tiene la obligación interna, arquitectónica, de no quedar abierto sino de cerrarse como la esfera y guardar al mismo tiempo una especie de vibración que proyecta cosas fuera de él, ese elemento que vamos a llamar fotográfico nace de otras características que me parecen indispensables para el logro de un cuento memorable o perdurable. Es muy difícil definir esos elementos. Podría hablar, y lo he hecho ya alguna vez, de intensidad y de tensión. Son elementos que parecen caracterizar el trabajo del buen cuentista y hacen que haya cuentos absolutamente inolvidables como los mejores de Edgar Allan Poe. "El tonel de amontillado", por ejemplo, es una pequeña historia de apariencia común, un cuento que tiene menos de cuatro páginas en el que no hay ningún preámbulo, ningún rodeo. En la primera frase estamos metidos en el drama de una venganza que se va a cumplir fatalmente, con una tensión y una intensidad simultáneas porque se siente el lenguaje de Poe tendido como un arco: cada palabra, cada frase ha sido minuciosamente cuidada para que nada sobre, para que solamente quede lo esencial, y al mismo tiempo hay una intensidad de otra naturaleza: está tocando zonas profundas de nuestra psiquis, no solamente nuestra inteligencia sino también nuestro subconsciente, nuestro inconsciente, nuestra libido, todo lo que ahora se da en llamar "subliminal", los resortes más profundos de nuestra personalidad.