jueves, 31 de enero de 2013

El soldado desconocido



Mario Vargas Llosa

Lurgio Gavilán Sánchez ha tenido una vida que parece sacada de una novela de aventuras. La cuenta en una autobiografía que acaba de publicar: Memorias de un soldado desconocido (IEP, 2012). Nacido en una aldea indígena de la sierra peruana, a los 12 años se enroló, emulando a su hermano mayor, en un destacamento revolucionario de Sendero Luminoso y durante cerca de tres años fue un activo participante en la sangrienta utopía maoísta de Abimael Guzmán, la "cuarta espada del marxismo", que quería materializar en los Andes, mediante el terror, el paraíso comunista.

Antes de cumplir 15 años, su destacamento fue emboscado por el Ejército. Normalmente, hubiera sido ejecutado, como exigían los ronderos (campesinos que lucharon contra Sendero) que participaron en su captura.

Pero el teniente de la patrulla militar –nunca conoció su nombre, solo su apodo, "Shogún"- se compadeció del chiquillo, le perdonó la vida y le embutió un uniforme de soldado. También lo mandó a la escuela, donde Lurgio aprendió a leer. Durante siete años sirvió en el Ejército, siempre en la región de Ayacucho, combatiendo a sus antiguos camaradas y participando a veces en operaciones tan crueles como las que perpetraba la Compañía 90 de Sendero Luminoso a la que perteneció. Llegó a ser sargento primero y, cuando estaba por ascender a suboficial, pidió su baja.

Gracias a una monja, había descubierto en él una vocación religiosa.

Consiguió ser aceptado como aspirante en la orden franciscana y durante algunos años fue novicio, primero en Lima y luego en el convento colonial de Ocopa, en el departamento andino de Junín. Los años que estuvo de novicio franciscano parece haberlos vivido intensamente, entregado al estudio y a la meditación, al ejercicio de la catequesis en aldeas campesinas y visitando centros misioneros de la sierra oriental y la Amazonia.

Pero, luego de algunos años, colgó los hábitos para estudiar antropología, disciplina a la que se dedica desde entonces.

El libro en que Lurgio Gavilán Sánchez cuenta su historia es conmovedor, un documento humano que se lee en estado de trance por la experiencia terrible que comunica, por su evidente sinceridad y limpieza moral, su falta de pretensión y de pose, por la sencillez y frescura con que está escrito. No hay en él ni rastro de las enrevesadas teorías y la mala prosa que afean a menudo los libros de los "científicos sociales" que tratan sobre el terrorismo y la violencia social, sino una historia en la que lo vivido y lo contado se integran hasta capturar totalmente la credibilidad y la simpatía del lector.

Limitándose a contar lo que vivió e intercalando a veces en el relato breves evocaciones del paisaje andino, la desaparición de los compañeros, la muerte de su hermano, el miedo cerval que a veces sobrecogía a todo el grupo, y la ferocidad de algunos hechos –la ejecución del centinela que se quedaba dormido, por ejemplo, y el asesinato de los reales o supuestos soplones-, Lurgio Gavilán instala al lector en el corazón de la locura ideológica y la crueldad vertiginosa que vivió el Perú, en los años ochenta, sobre todo en la región de los Andes centrales, por la guerra que desató Sendero Luminoso. Lo que comienza como un sueño igualitario de justicia social, se convierte pronto en un aquelarre de disparates sectarios y brutalidades ilimitadas. A diario hay sesiones de adoctrinamiento en las que los guerrilleros leen –en voz alta para los que no saben leer- folletos de Stalin, Lenin, Marx y Abimael Guzmán y cantan marchas revolucionarias. Al principio, los campesinos ayudan y alimentan a los guerrilleros, pero, luego, estos imponen esta ayuda por la fuerza, y, a la vez, ejecutan matanzas colectivas contra las comunidades rebeldes a la revolución, que apoyan a los ronderos. Al mismo tiempo, ahorcan o fusilan a sus propios compañeros sospechosos de ser "soplones". Todos viven en la inseguridad y el temor de caer en desgracia, por debilidad humana –robar comida, por ejemplo- pues el castigo es casi siempre la muerte.

El salvajismo no es menor entre los soldados que combaten a los terroristas. Los derechos humanos no existen para las fuerzas del orden ni se respetan las más elementales leyes de la guerra. Los prisioneros son ejecutados casi de inmediato, salvo si se trata de mujeres, pues a estas, antes de matarlas, las llevan al cuartel para que cocinen, laven la ropa, y sean violadas cada noche por la tropa.

Si la autobiografía de Gavilán Sánchez no estuviera escrita con la austeridad y el pudor con que lo está, las atrocidades de las que fue testigo y tal vez cómplice, no serían creíbles. Lo son, porque ha sido capaz de referir aquella historia con una naturalidad y sencillez que sobornan al lector y desarman sus prevenciones. Es extraordinario que quien vivió, desde niño, semejantes horrores, no se insensibilizara y perdiera toda noción de rectitud, compasión o solidaridad con el prójimo.

Todo lo contrario. El libro delata en todas sus páginas un espíritu sensible, que ni siquiera en los momentos de máxima exaltación política pierde la racionalidad, deja de cuestionar lo que está haciendo y se abandona a la pasión destructiva. Siempre hay en él un sentimiento íntimo de rechazo al sufrimiento de los otros, a los asesinatos, a las represalias, a las ejecuciones y torturas, y, por momentos, lo colma un sentimiento de tristeza que parece anularlo. Ese afán de redención que lo colma se transmite al paisaje, repercute en las grandes moles de los nevados andinos, estremece los bosquecillos de los valles donde cantan las calandrias.

Esos paréntesis que de tanto en tanto se abren en el relato para describir el entorno, las plantas, los árboles, los cerros, los ríos, arrojan una brisa refrescante en medio de tanto dolor y miseria y son como una delicada poesía en medio del apocalipsis.

Es un milagro que Lurgio Gavilán Sánchez sobreviviera a esta azarosa aventura. Pero acaso sea todavía más notable que, después de haber experimentado el horror por tantos años, haya salido de él sin sombra de amargura, limpio de corazón, y haya podido dar un testimonio tan persuasivo y tan lúcido de un período que despierta aún grandes pasiones en el Perú. El suyo es un libro que deberían leer todos esos jóvenes que todavía creen que la verdadera justicia está en la punta de un fusil. /Memorias de un soldado desconocido /muestra, mejor que cualquier tratado histórico o ensayo sociológico, lo fácil que es caer en una espiral de violencia vertiginosa a partir de una visión dogmática y simplista de la sociedad y las supuestas leyes históricas que regularían su funcionamiento. La esquemática convicción de Abimael Guzmán de que el campesinado andino podía reproducir la "gran marcha" de Mao Tse Tung, incendiar la pradera, arrasar a la burguesía, el capitalismo y convertir al Perú en un país igualitario y colectivista, produjo decenas de miles de muertos, miles de miles de torturados y desaparecidos, familias y aldeas destruidas, aumentó la desesperación y la pobreza de los más pobres y desamparados y permitió que se entronizara en el país por 10 años una de las más corruptas dictaduras de nuestra historia. Parecía que esta tragedia había abierto los ojos de los peruanos y los había vacunado contra semejante locura. Sin embargo, precisamente ahora, cuando gracias a la democracia y a la libertad el Perú vive un período de desarrollo económico sin precedentes en su historia, Sendero Luminoso comienza a reaparecer, emboscado detrás de supuestas asociaciones que piden abrir las cárceles a los autores de los atentados terroristas de los años ochenta. El momento no puede ser más propicio para la aparición de un libro como el de Lurgio Gavilán Sánchez

jueves, 10 de enero de 2013

El Ministro

De repente apareció por la puerta del ascensor. Minutos antes un indiscreto chofer había alertado al personal del despacho que el nuevo Ministro estaba en camino. Como era de esperarse el anuncio se regó como pólvora por todos los pisos. Ya en la oficina, después de reunirse a puerta cerrada con dos o tres personas, el recién llegado ordenó que se convocara a todo el personal. A más de tratarse de un total desconocido, su imagen no coincidía con el prototipo de un alto funcionario.

Durante su presentación, de lo primero que habló fue de las virtudes del ‘señor Presidente’; luego, se refirió a los cambios que prometía el nuevo gobierno y a la nueva era de transparencia y combate a la corrupción que implacable y sin tregua se aproximaba. Los burócratas, que tantas veces habían escuchado el mismo canturreo, se retiraron preocupados, no tanto por la perorata alusiva a la transparencia, cuanto por la incertidumbre relacionada con su estabilidad. Es que cada vez que cambiaban los gobiernos, por un lado se daban despidos, y por otro, el ingreso de aquellos que habían apoyado al nuevo mandatario. Todo hacía suponer que ese proceso se daría con mayor fuerza dado el carácter populista del movimiento triunfador, cuyos integrantes se decía llegaban con ‘hambre atrasada’, dicho que en la jerga popular significa que eran más pelados que pepa de aguacate.
Conforme iba adaptándose a su nueva vida en la burocracia fue perdiendo ese aire de sencillez y espontaneidad que en principio parecía transmitir. Cada vez se lo veía más distante, inaccesible, hosco. Su único interlocutor y hombre de confianza era un individuo manipulador, de mirada esquiva. Como era de esperarse, no tardó en emerger la verdadera personalidad del Ministro: ordinaria, prepotente, ramplona, inestable. Obsesionado por los resultados y su posicionamiento en el gobierno constantemente protagonizaba episodios de delirante arrebato, en los cuales, inevitablemente, algún subalterno resultaba vilipendiado y afectado en su autoestima, a cuenta de lo que suponía algún incumplimiento o metedura de pata, apreciación discutible, porque meter la pata podía significar que el buen asistente hizo las cosas como debían hacerse, apegado a las normas y no evadiéndolas como habría querido el recién estrenado funcionario, quien nada, o casi nada, conocía de las disposiciones que regían en la administración, lo cual tampoco parecía importarle.
Fiel a sus creencias, atribuía a la Divina Providencia esta inesperada oportunidad de crecer tanto cuanto su habilidad para permanecer en el cargo lo permitiera. Es que le costaba creer que el destino se haya fijado en él para ponerlo al frente de tan importante dependencia en donde hablar de millones de dólares era cosa corriente. Convencido que el altísimo le estaba compensando por las carencias sufridas hasta entonces, decidió que iría por todo, cueste lo que cueste; y así, desafiando las recaídas y abandono familiar, se impuso extenuantes jornadas de trabajo, fijó los objetivos a alcanzar y puso en marcha una maquinaria en donde algunos de sus engranajes -no podía ser de otra manera- estaban formados por gente de dudosa reputación, de la cual tuvo que echar mano dada su inexperiencia.
No obstante el enorme esfuerzo las cosas no funcionaban. Simplemente no se veían progresos. No sabemos si por consejo de alguien o de propia inspiración, el Ministro cayó en cuenta que, por ese camino escabroso y lleno de obstáculos que es el servicio público, solo no llegaría a ninguna parte. Así que hizo lo que tenía que hacer, cediendo parte del espacio que le fue dado logró ser admitido como miembro del círculo más cercano a quien ejercía el poder absoluto. Círculo en el que estaría protegido por personas que, como él, jamás habían tenido presencia importante en la arena política, pero sabían moverse en las turbias aguas de la intriga, el adulo y los negocios. A partir de entonces, como por arte de magia, todo comenzó a fluir.
Pues bien, así las cosas, los asesores íntimos de nuestro personaje y sus influyentes amigos solo tenían que instruirle sobre ciertas reglas que en el sector público hacen la diferencia entre el glamoroso éxito y el deshonroso fracaso. Una de ellas: dar y recibir por interpuesta persona, se fue aplicando de manera rigurosa. Por el pago de una razonable comisión ciertos emisarios de confianza se presentaban ante ‘representantes’ de tal o cual empresa, banca de inversión, ‘gobierno amigo’, o cartel, ofreciendo jugosos negocios o gestionando préstamos para grandes proyectos, fundamentales para el desarrollo del país, decían. Realizado el contacto, dependiendo de la importancia de la negociación y de la contraparte, el Ministro debía tomar la posta y definir la transacción aunque ello significase volar al otro lado del planeta. Concretada el negocio, el ‘fee’, en cash o mediante transferencia bancaria, lo recibía una tercera persona ajena a la dependencia, cuyo trabajo, celosa y juiciosamente cumplido, consistía en repartir las ganancias de acuerdo al porcentaje que correspondía a cada uno de los beneficiarios. La impudicia se fue materializando en la compra de propiedades dentro y fuera del país, vehículos, viajes, cuentas en el extranjero a nombre de supuestas corporaciones y compañías, acciones, etc, etc.
Organizado y aplicado como era, no quería dejar cabos sueltos, así que el aprovechado alumno fue tejiendo en las sombras y en silencio una compleja y extensa red de influencias. Los miembros de su círculo cercano, y los familiares de estos, fueron distribuidos en directorios, comités, gerencias, etc. Ello le permitió vigilar las actividades en otras dependencias, hacer suyos los resultados y, lo más importante, controlar los planes de inversión y adquisiciones que en ellas se hacían, las cuales no pasaban sin su visto bueno. Pero claro, como nunca faltan esos incautos que se tragan el cuento de la transparencia, había quienes no estaban de acuerdo con las disposiciones del Ministro. A ellos, se les aplicaba la estrategia de la intriga y vedadas acusaciones de incapacidad y hasta de corrupción; y así, más temprano que tarde caían en desgracia, viéndose obligados a renunciar o, en el mejor de los casos, traicionar sus principios.  
Los gobiernos tercermundistas, no se sabe por qué, acostumbran cada año renovar sus gabinetes, y ese no era la excepción. Sin embargo, mientras otros ministros caían como piezas de ajedrez, eran degradados, o se los confinaba a la congeladora -lo que significa que eran dejados en el limbo por algún tiempo como castigo por alguna declaración inoportuna que incomodó al jefe- el de nuestro relato, permanecía incólume en su puesto, o si era movido, era para mejorar su condición otorgándole más poder. No cabía duda que cobijarse bajo el árbol más robusto del gobierno -y convertirse en el principal proveedor de recursos- fue la decisión más sabia que hubo tomado.
Obviamente que los resultados del Ministro generaron recelo y envidia entre sus colegas. Pero ¿qué podía hacer? Mientras otros llevaban una vida relajada, llena de glamur, o rompiéndose la cabeza elaborando complicados programas de desarrollo o manuales teóricos para el adoctrinamiento de los fieles seguidores, que al final no servían para nada, él dedicaba al trabajo catorce y hasta dieciocho horas al día, durante los siete días de la semana. Era el vivo ejemplo de constancia, de cumplimiento de retos difíciles, de resultados, un hombre a quien no le asustaban los riesgos, ni siquiera cuando se trataba de evadir las fastidiosas e inoportunas leyes. Esto fue apreciado por el Jefe, quien cada vez le fue encargando tareas más complejas. Los grandes proyectos que pondrían al país en la autopista del desarrollo, los enormes emprendimientos que liberarían a la nación de la dependencia capitalista estaban bajo su dirección. ¿Qué no había recursos? Aquello tampoco era obstáculo, para eso estaban las grandes economías alternativas, dispuestas a poner todos los recursos económicos, tecnológicos, humanos, y como plus, hasta una jugosa comisión, a cambio de materia prima, esa que existe de sobra en los países pobres.
Una noche mientras se alistaba para descansar recibió una llamada que cambiaría su vida para siempre. El Jefe le comunicaba que había sido escogido para ocupar uno de los cargos más importantes de la nación. Casi en shock, apenas pudo balbucear un: ‘muchas gracias señor… no esperaba esto, espero no defraudarle, usted sabe que soy su más fiel, su más incondicional colaborador…’.  Apenas cerró el teléfono miles de cosas como torbellino pasaron por su mente. No era para menos, hasta hace poco era un ciudadano común y corriente, un sombrío individuo que para subsistir debía desempeñar dos o tres trabajos mal remunerados, y hoy estaba a punto de tocar el cielo. Desvelado apenas pudo cerrar los ojos el resto de la noche. De pronto la bulla de la mañana lo despertó. De un brinco dejó la cama. ¿En verdad recibió esa llamada, o todo fue un invento de su febril cerebro? No sería la primera vez que éste le jugara una mala pasada, pues de tanto agotamiento en ocasiones parecía perder el juicio. Nervioso se dio una ducha de agua fría, tomó un vaso con jugo –debido al estrés le habían prohibido el café- y salió. El chofer lo estaba esperando. Apenas subió al vehículo sonó su teléfono celular, era un miembro del círculo del poder que llamaba para felicitarle.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Fernando Vallejo Rendón


El documental dedicado a la vida y obra del escritor antioqueño, Fernando Vallejo Rendón (1942), titulado la Desazón suprema y que fuese dirigido por Luís Ospina en el año 2003, dice en un preciso momento, parafraseando un pasaje de Entre fantasmas, libro del año 93 de este provocativo autor… “ y ahora toma aire Peñaranda, contén la respiración, ármate de paciencia, papel y lápiz y ábrete párrafo aparte que te voy a dictar un chorizo, lo que este libro al terminar ha de ser, cuando adquiera su prístino genio y figura, cuando acabe, cuando acabe. así: chocarrero, burletero, puñetero, altanero, arrogante, denigrante, desafiante, insultante, colérico, impúdico, irónico, ilógico, rítmico, cínico, lúgubre, hermético, apóstata, sacrílego, caótico, irreparable, irresponsable, implacable, indolente, insolente, impertinente… y la lista de adjetivos se alarga de forma abrumadora, continua y sigue para terminar con un lapidante deslenguado hijueputa en una variante modulada al ritmo y con la fuerza de las calles de Medellín o más bien Medallo como sardónico, Vallejo, la llama en sus obras … Sabemos rápidamente que el colombiano, hoy nacionalizado mexicano, se esta presentando a si mismo.

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http://www.elvacanudo.cl/admin/render/noticia/15649
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martes, 18 de diciembre de 2012

La poesía es una forma de resistencia


Juan Gelman ha escrito 1.300 páginas de poemas. Son las que tiene el colosal volumen de su Poesía reunida, recién publicado por Seix Barral en formato adoquín. Desde los primeros versos de Violín y otras cuestiones, de 1956, hasta El emperrado corazón amora, de 2010, todo está allí: 29 libros. Él, sin embargo, está ya en otra cosa: acaba de cerrar un nuevo poemario titulado escuetamente Hoy. “Ahora lo dejo en reposo”, dice. “Un rato. Luego lo vuelvo a leer. Hay que crear distancia”. Espera publicarlo el año que viene.

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http://cultura.elpais.com/cultura/2012/12/07/actualidad/1354894957_704020.html

¿Quieres ser escritor? Charles Bukowski desafía tus pretensiones literarias /


Charles Bukowski, poeta del underground, lanza esta irónica pregunta a todo aquel que, como él, busca transitar por el incierto oficio de la escritura.

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martes, 27 de noviembre de 2012

Las dictaduras casi perfectas

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Son ya más de dos décadas desde que Mario Vargas Llosa, con absoluto aplomo sentenció: “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México… es una dictadura camuflada..., puede parecer no ser una dictadura, pero si uno escarba tiene todas las características de una dictadura...”; y agregó: “Tan es dictadura la mexicana, que todas las dictaduras latinoamericanas desde que yo tengo uso de razón han tratado de crear algo equivalente al PRI”. Sus críticas incluyeron también a los intelectuales, cuando aseguró: “esta dictadura ha creado una retórica de izquierda, para lo cual a lo largo de su historia reclutó muy eficientemente a los intelectuales”. “Yo no creo, dijo, que haya en América Latina ningún caso de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual sobornándolo a través de trabajos, de nombramientos, cargos públicos, sin exigirles una adulación sistemática…  

Años después, con el declive de las ideologías y consecuentemente de los partidos, algunos gobernantes latinoamericanos le dieron la vuelta a la estrategia priista. A diferencia del caso mexicano, en estas latitudes no son los partidos quienes se apropiaron del poder, sino los caudillos. Solo por formalismo para cumplir determinados requisitos tienen tras de sí un membrete alusivo a algún partido o movimiento, pero son ellos quienes de forma inapelable imponen su voluntad. En este esquema, resulta ingenuo a más de inútil criticar la falta de un partido oficialista orgánico, estructurado, ideológico, menos la inexistencia de cuadros deliberantes. En este modelo ni el mando ni las decisiones se discuten, caudillo y partido son uno solo, el caudillo es el partido, sin él este es un espejismo.

La fórmula utilizada por las neo dictaduras responde a una planificación que en el transcurso del tiempo se va resolviendo de forma sistemática. Primero se ganan las elecciones mostrando un rostro amigable, democrático, sintonizando el malestar de la gente hacia gobiernos precedentes inestables, corporativistas, corruptos. Allanado el primer escollo se emprende en una rabiosa campaña de desprestigio en contra de políticos y rezagos de partidos, atribuyéndoles la responsabilidad de todos los males que padece la República. Ya con el viento a favor, se convoca a una Asamblea Constituyente, en donde una fanatizada mayoría oficialista emprende la tarea de cambiar el marco constitucional e institucional del Estado con el mismo prolijo cuidado con que un sastre haría un traje a la medida del caudillo. El resultado, una Constitución que las huestes oficiales bautizarán como la más avanzada del mundo, que garantiza la felicidad, el buen vivir, los derechos de la naturaleza, la participación popular. Derechos que más tarde el mismo oficialismo se encargará de violar y pisotear hasta convertirlos en letra muerta.  

Logrado ese segundo objetivo y sin oposición, de a poco, mediante engañosos procedimientos de designación y falaces concursos, el caudillo irá controlando las demás funciones e instituciones del Estado. De esa forma, órganos constitucional, legislativo, electoral, judicial y de control son ocupados por funcionarios allegados al gobierno.

Pero esto es solo una parte del poder y estos gobernantes no se conforman con eso, lo quieren todo. Sueñan con levantarse cada mañana y ver enormes titulares alabando su gestión. Para eso necesitan controlar el más importante de los poderes: los medios de comunicación, enemigo que a diario amenaza con derruir el santuario que tanto les cuesta levantar. Conscientes de la paradójica fragilidad de los regímenes autoritarios y de la dudosa fidelidad de las masas, a las cuales sino se les martilla el cerebro todos los días fácilmente se olvidan de su benefactor, los caudillos saben que resulta extremadamente peligroso dejar este cabo suelto. De ahí que, en su paranoico empeño por controlar el espacio mediático cierran estaciones de tv y radio, se apropian de otras, inundan los espacios con propaganda y cadenas, persiguen a quienes mediante artículos y crónicas denuncian actos ilícitos o cuestionan la verdad oficial. Quisieran clausurarlos a todos y que la única voz que se escuche sea la de ellos, más en esto no tienen respaldo popular y tampoco se quieren enfrentar al repudio internacional, por ello, persisten en su intento por limitar la libertad de expresión a través de leyes expedidas por las legislaturas, en donde, pese al carácter dependiente de ese órgano tampoco tienen mucho éxito.    

Estos avatares, las circunstancias y la soledad, obligan a los caudillos a refugiarse en sus palacios, a rodearse de varios círculos de incondicionales a quienes entregan la dirección de ministerios, empresas y otras entidades para que los manejen como propios, como si fuese un cheque en blanco. Lo único que exigen es que ejecuten obras, no importa cómo, lo importante es que lo hagan. A cambio de ello los escogidos tendrán absoluto respaldo e inmunidad. El brazo de la ley, manejado a control remoto, ni siquiera intentará acercárseles. 

Al igual que ocurrió en México, también en estos países el poder logró captar a un buen grupo de ‘intelectuales’, llámense escritores, músicos, pintores, teatreros, investigadores sociales, a muchos de los cuales cobijó y compró su adhesión entregándoles nombramientos en distintos órganos de la administración, en misiones diplomáticas, o bien premiándolos o apoyándolos para que capten la dirección de Instituciones culturales y, de paso, nombrándolos miembros permanentes de las comisiones que viajan con gastos pagados a toda clase de congresos, ferias y encuentros dentro y fuera del país. A ellos el poder les reconoce la representación de la intelectualidad, son los consentidos, los que iluminan los conversatorios, entrevistas y foros en medios y eventos oficiales. No se les exige mayor cosa, en muchos de los casos ni siquiera pronunciamientos directos en favor del poder, solo discreción y silencio, casi nada.         

En tanto, al pueblo se lo mantiene en calma, casi adormecido con una bien planificada campaña propagandística, con la que día a día se le suministra altas dosis de un somnífero envasado en forma de spots de Tv o cuñas de radio que van directo al subconsciente. Mensajes que hablan de una revolución que avanza, de la recuperación de la soberanía, de que la patria ya es de todos, del sueño nacionalista que reemplaza al ‘american dream’, de la casi extinción del desempleo. Mensajes que enseñan rostros de padres sonrientes y niños felices en sus casitas maltrechas. Se apropian de símbolos y referentes históricos. El marco que adorna este espejismo son nuevas carreteras o misiones de asistencia que cumplen a cabalidad con el objetivo de darle credibilidad a los mensajes. Así, el pueblo cree que los desempleados y subempleados son apenas unos pocos infortunados bajo la línea de pobreza; que la justicia, secuestrada en nuevos castillos de cristal -construidos mediante dudosos procesos de contratación- es independiente, imparcial, expedita y justa; que la inseguridad, el abandono de los ancianos, la falta de medicamentos, la saturación de los hospitales, la miseria que se observa en las ciudades más pobladas y en el campo, así como las denuncias de corrupción, son invenciones de odiadores y de la prensa corrupta.

Cuando Vargas Llosa se refirió al caso mexicano, no avizoró el pronto retorno -con nuevos rostros- de los caudillos que tiempos atrás asolaron América Latina, solo que esta vez la herramienta utilizada para acceder y sostenerse en el poder no fue el tradicional golpe de estado con apoyo de las Fuerzas Armadas. Lo hicieron conquistando el voto popular, encantando a las masas con un discurso que sintonizaba viejas aspiraciones de reivindicación social y reprimido rechazo a las estructuras partidistas responsables de la inequidad, exclusión, y saqueo de los recursos públicos. Los caudillos volvieron con la decidida intención de quedarse. Para ello pusieron en marcha un proyecto al más puro estilo populista. Echando mano de prácticas propias del capitalismo, no solo mantuvieron los subsidios a ciertos bienes y servicios instituidos por gobiernos neoliberales, sino que ampliaron el universo clientelar a un gran segmento de población pauperizada echándoles el cuento que ese estipendio los sacaría de la pobreza. Los caudillos están conscientes que el modo más fácil de acabar con la miseria es desarrollando la economía, incentivando la producción, abriendo mercados y generando fuentes de empleo; pero también saben que ello acabaría con la dependencia de millones de ciudadanos que ven en ellos la reencarnación del Mesías, al gobernante bueno que lucha por atender las necesidades no satisfechas de su pueblo, al Robin Hood que quita el dinero a los ricos para repartirlo entre sus allegados y los pobres. Este esquema ha acabado con el interés ciudadano por la política, las ideologías, los programas de gobierno, al punto que a un mayoritario segmento poblacional le importa un carajo la pérdida de libertades, el debilitamiento de la democracia, las violaciones al ordenamiento jurídico, la pérdida de la institucionalidad, al fin que de eso no viven, dicen.

Estas son las nuevas dictaduras, casi perfectas sino fuera por la prensa ‘corrupta’ que, entre desorientada y cautelosa, aún persiste en su empeño por no entregarse.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Pan y Circo, el antes y el después


Hasta hace algunos años, captar el poder era un sueño que muchos idealistas de izquierda iban forjando día a día con la militancia, el estudio, a veces en alguna clandestina -eso se creía- vivienda, o bien al calor de largas y sesudas discusiones en un café o bar de medio pelo. Ahí, obreros, maestros, dirigentes estudiantiles, escritores, teatreros y músicos, creían estar sentando las bases de un futuro luminoso en el cual el Estado sería dirigido por la clase proletaria. Entre el material básico de consulta no faltaban el Manifiesto Comunista, Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado; Materialismo y Empirocriticismo, Apuntes Críticos a la Economía Política, y otros. A propósito, es curioso que este material, luego de tantos años, continúe siendo estigmatizado y que algunos de sus posesionarios estén acusados de terrorismo y subversión. En todo caso, el objetivo no era otro que la construcción de un Estado sin pobres ni ricos, equitativo, en donde todos tuviesen las mismas oportunidades y la posibilidad de acceder a los bienes y servicios necesarios para disfrutar de una vida digna. Pero luego llegó el neoliberalismo, y poco a poco el consumismo fue desvaneciendo los ideales y mutando los valores éticos por antivalores que crearon el paradigma del éxito, concepto que llevado a su mínima simplificación está vinculado al reconocimiento social y la riqueza material; y hacia allá se enfilaron todos los esfuerzos, a formar individuos exitosos, con riqueza, poder y fama, algunos devenidos en políticos arribistas despojados de toda atadura moral. 
 

Hay quienes todavía recuerdan las campañas electorales que siguieron a las dictaduras de la década de los 70s del siglo pasado, así como los congresos de aquella época; Congresos que, por temor a ser acusados de defensores de la partidocracia, no pocos evitan compararlos con los de los últimos tiempos. Es verdad que la mayoría de partidos -como ocurre hasta ahora- se identificaban por su carácter caudillesco y que entonces como hoy sus representantes congresiles eran escogidos a dedo; no obstante, inclusive personajes pintorescos y chabacanos por mucho superaban a cualquiera de los y las actuales padres y madres de la patria, no solo por sus notables dotes oratorias, sino por el derroche de conocimientos expresados en ponencias que constituían verdaderas cátedras jurídicas. Personajes que, no obstante su origen, difícilmente habrían aceptado se los reduzca a meros espectadores o simples encomenderos. Dadas las condiciones de infraestructura del país y del precario estado de las comunicaciones, sin duda que aquellas campañas no solo implicaban un mayor esfuerzo físico y de logística de los candidatos, sino que demandaban un trabajo en donde la participación de las bases se movía, no necesariamente por la propaganda o los subsidios, sino por el trabajo de la dirigencia, y en ciertos casos, como ocurría con los Partidos de izquierda, por el convencimiento de la militancia.
 

Hoy, es penoso ver el grado de degradación al que ha descendido la praxis política. No se discuten ideas, menos principios, únicamente se observa una carrera desenfrenada por ocupar el sillón presidencial. Por ningún lado se escuchan propuestas, tan solo descalificaciones y ofertas populistas. Así las cosas hay quienes se preguntan: ¿tanto desgaste y sacrificio será solo por amor a la patria?  A los más viejos, experiencias anteriores los han vuelto tercamente escépticos, en tanto que los más jóvenes empiezan a dudar de tanto patriotismo. Si, como dicen, el poder entontece al más equilibrado, imagínense qué efectos producirá manejar miles de millones de dólares; dinero que durante la campaña se jura y rejura cuidar celosamente, pero apenas se accede al poder se lo malgasta con la misma generosa irresponsabilidad con que lo hace un borracho en una cantina.      
 

Ahora, más que nunca, se ha puesto de manifiesto un fenómeno que amenaza con terminar con el poquísimo prestigio de la Asamblea. Gente de farándula, futbolistas, cantantes, animadores, comentaristas deportivos, ‘talentos’ de televisión y radio, se convirtieron en las figuras más cotizadas por los partidos y movimientos políticos para incorporarlas a sus listas. Prácticamente están al arranche de estos personajes, lo que evidencia el ningún trabajo de formación política en los partidos que conduce a la crisis de cuadros. Si nos quejamos del pobre nivel de representantes que hemos tenido durante los últimos años, imaginemos lo que nos espera los próximos cuatro. La Asamblea literalmente se convertirá en un circo lleno de vivos, en donde en combo se irán con todo. Veremos ridículos combates y, de seguro, muchos golazos a la democracia, todo esto amenizado, según el gusto de los honorables, con música rokolera o chichera.  Esta debacle únicamente se puede entender a la luz de la máxima: “el fin justifica los medios”. El fin es el delirio por captar el poder, el manejo de los recursos del Estado; los medios, la utilización de cualquier arbitrio que induzca a un gran sector del electorado -sin educación cívica, menos política- a votar en favor del candidato que más circo ofrezca. Como en tiempos del imperio romano, el pueblo todavía se alimenta de pan y circo. El pan está más o menos asegurado con el ‘bono de desarrollo humano’, el circo lo pondrá la Asamblea.