viernes, 4 de mayo de 2012

ABC del populismo

Radiografía del populismo, fenómeno social que se repite en Latinoamérica y cuyas características son objetivamente visibles en el Ecuador de hoy

Por Enrique Krauze
La Universidad de Princeton, bajo la dirección del profesor Jan-Werner Müller, organizó un seminario sobre el populismo con algunos de los mayores expertos en la materia. Rescatamos estas tres ponencias, editadas para la revista, que discuten entre sí una definición de populismo y sus diversos avatares históricos.

El populismo es indefinible en términos ideológicos: se aplica tanto a corrientes de izquierda como de derecha, a Hugo Chávez o al Tea Party. Por eso, quizá la mejor definición es la que atiende a la peculiar relación que se establece entre el líder político y la voluntad popular.

En una democracia, ese vínculo es siempre problemático y tenso. Si el líder abusa de su autoridad o impone su propia voluntad por encima de las leyes, puede desembocar en una dictadura. Si la voluntad popular impera sin límite, puede desembocar en la ingobernabilidad o la revolución. Justamente para limitar ambos extremos y conciliar ambos impulsos están los famosos checks and balances y las libertades políticas, en particular la de expresión. En una democracia, el presidente (o el primer ministro) tiene que ejercer las atribuciones implícitas en su liderazgo (que hasta etimológicamente consiste en ser seguido, no en seguir) pero actúa en un marco diseñado para acotarlo. Aunque el mecanismo es lento, difícil, oneroso, es el mejor que han discurrido los hombres para gobernarse.

El populismo es una simplificación de ese complejo mecanismo. Lo que el populista busca –al menos esa ha sido la experiencia latinoamericana– es suprimir en beneficio propio la tensión entre el liderazgo político y la voluntad popular; y nada mejor para lograrlo que establecer un vínculo directo con el pueblo, por encima, al margen o en contra de las instituciones, las libertades y las leyes. La iniciativa, hay que subrayarlo, no parte del pueblo sino del líder carismático.

En el Diccionario de política de Bobbio se concede una importancia central a las definiciones míticas de “pueblo” que el populista emplea y que no se refieren a clases sociales sino a un vago conglomerado o una amalgama social: “Es importante sentirse pueblo –decía Eva Perón–, amar, sufrir, gozar como el pueblo, aunque no se vista como el pueblo, circunstancia puramente accidental” (Diccionario de política, Siglo XXI, p. 1248). Del mismo modo, el libro ilustra las nociones típicas de “no pueblo” con la que los populistas demonizan a sus enemigos. Esta dicotomía es importante pero no fundamental, porque el contenido que se suele dar a ambos términos es variadísimo y aun contradictorio. La verdadera clave está en el líder. Él es el agente primordial del populismo. No hay populismo sin la figura del personaje providencial que supuestamente resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del “pueblo”, y lo liberará de la opresión del “no pueblo”.

Para llevar a cabo su proyecto, el populista utiliza como vehículo fundamental la palabra amplificada en la plaza pública. Los demagogos existen desde los griegos, pero los populistas son producto de la sociedad industrial de masas y del megáfono. El populista se apodera de la palabra y fabrica la verdad oficial. Una vez investido en intérprete predominante o único de la realidad (o en agencia pública de noticias), el populista aspira a encarnar esa verdad total y trascendente que las sociedades no encuentran –aunque a menudo aspiran a ella– en un Estado laico. Por eso, muchos populistas adoptan símbolos religiosos y trasmiten un mensaje de “salvación”: se vuelven “redentores”. Pero aun en ese caso la prédica es insuficiente, por eso algunos populistas buscan conquistar la voluntad popular mediante el uso discrecional de los fondos públicos. El reparto directo de la riqueza que suele derivarse de esa discrecionalidad no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres, hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales), pero el populista nunca reparte gratis, menos aún para afianzar la autonomía de los individuos o las comunidades. El populista focaliza su ayuda, la cobra en obediencia. Con todo, tampoco los incentivos económicos bastan. Para mantenerse en el poder el populista militariza simbólicamente la plaza pública: alienta la confrontación entre el pueblo y las élites internas, y lo moviliza contra el acechante “enemigo exterior”.

El impulso del líder populista puede desembocar en la franca dictadura, es decir, en la cancelación de las leyes, libertades e instituciones de la democracia. Este era –según Aristóteles– el desenlace común en la Grecia clásica. “Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar” (Política, V). Citando “multitud de casos”, explica que “las revoluciones en las democracias [...] son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos”. Y el ciclo se cerraba cuando las élites se unían para remover al demagogo, reprimir la voluntad popular e instaurar la tiranía. Pero en el siglo XXI el propio demagogo puede ejercer de facto la autocracia con solo desvirtuar las instituciones y leyes de la democracia. En un régimen populista (como el de Juan Domingo y Evita Perón o el de Hugo Chávez) se celebran elecciones y las instituciones siguen funcionando, pero sin autonomía ni equilibrios internos. El poder judicial pierde su independencia, el legislativo se ajusta a los deseos del ejecutivo, el proceso electoral no garantiza la libertad del sufragio. El único límite es la prensa libre, pero (como se ha visto recientemente en Ecuador) el ejecutivo tiene el designio claro de domesticarla.

lunes, 30 de abril de 2012

El insulto más antiguo del mundo

Corta, sonora y eficiente, es la reina de los insultos y no parece dispuesta a dejar su trono en el idioma español. Sin embargo, la palabra “puta” guarda un pasado oscuro que tiene mucho que ver con la normatividad de la sexualidad femenina. Helo aquí. 


Por: Lina Vargas
revistaarcadia,com
   
Recuerda el lector La letra escarlata? ¿La novela de Nathaniel Hawthorne, escrita en 1850 y un siglo después adaptada al cine, en la que la noble Hester Prynne es acusada de adulterio y obligada a llevar una rojísima letra A cosida a su puritano vestido? Pues bien, en esta historia —reinterpretada hasta la saciedad en libros, púlpitos y telenovelas— está la esencia de los insultos hacia las mujeres y allí mismo el más grande valor que se espera de ellas en una sociedad y que se resume en una sola regla: no debes ser sexualmente libre o, para hacer las cosas más claras, no seas una puta.

Con el nada despreciable dato de que el Nobel español Camilo José Cela registró algo más de mil palabras para decir puta en español, la mejor forma de entender su significado es rastrear su origen. “Encontré que el verbo latino puto, putas, putare, putavi, putatum, procedía de un vocablo griego, budza, que significaba sabiduría hacia el siglo VI antes de Cristo”, escribió el columnista Julio César Londoño en su Historia de una mala palabra. Allí cuenta que mientras las mujeres en Atenas apenas si podían salir de sus casas, en la ciudad de Mileto era común que asistieran a las academias. “Los atenienses quedaron maravillados de estas mujeres que además de bailar y cantar conocían de historia, astrología, filosofía o matemáticas; con las que se podía reír antes del amor y conversar después”. Entonces, las esposas comenzaron a utilizar la expresión budza para referirse despectivamente a las “sabihondas” recién llegadas de Mileto quienes, aunque de épocas distintas, bien podrían compararse con el personaje bíblico de Eva, cubierta y expulsada del paraíso por haber tomado la manzana del conocimiento y tentado a Adán.

Sin duda, el hecho de que una mujer estudiara debió de ser una sorpresa en la antigua Grecia, donde era común encontrar versos como los siguientes, escritos por Semonides en el siglo VII antes de Cristo: “Crió Dios la mujer, primeramente / de entendimiento y juicio desprovista, / de una cerdosa puerca: y por costumbre / le hace siempre tener sucia la casa.” o “En sus costumbres, otra se parece / al perro que es su padre: anda anhelante / por oír y saber todas las cosas. / Todo lo mira con hambrientos ojos, / y con tanto mirar siempre se engaña”. Semonides, como la mayoría de sus contemporáneos, recomendaba que un buen matrimonio era aquel en el que la mujer fuera lo menos sexual posible, e incluso sugería tres relaciones sexuales al mes. Otra cosa ocurría con las prostitutas, llamadas hetairas o compañeras de los hombres, que tenían formación intelectual, poseían talento artístico, conocían los secretos de la política y, sobre todo, eran las únicas mujeres en Atenas que manejaban su propio dinero. Sobre la famosa prostituta Aspasia escribió Plutarco: “Dicen las fuentes que Aspasia fue altamente valorada por Pericles debido a que era muy inteligente y astuta en la política. Después de todo, Sócrates la visitaba algunas veces, trayendo consigo a sus discípulos, y sus amigos íntimos traían también a sus esposas para que la escucharan, y ello a pesar de que Aspasia dirigía un establecimiento ni respetable ni ordenado y educaba a un grupo de muchachas para cortesanas”.

Si en la antigua Grecia la esposa asexual era considerada la menos nociva, en la Edad Media la virginidad, incluso durante el matrimonio, fue vista como una virtud: la unión ideal era aquella que representaban María y José, desprovista de sexo. “Cierto es que cuanto más frecuentemente los esposos se abstengan uno del otro, mejor será”, recomendó San Agustín. Según el historiador Guy Bechtel, autor del libro Las cuatro mujeres de Dios, la santificación de la madre es un concepto más bien laico con poca influencia en el catolicismo medieval “que generalmente ha representado a la mujer bajo cuatro formas, y solo cuatro: como una libidinosa, como una compañera del diablo, como una imbécil y, en raras ocasiones, como una santa, si bien algo molesta”. Incluso cuando el matrimonio y la procreación fueron aceptados por la Iglesia, las mujeres debían enfrentarse a una ridícula obligación doble: “O bien conservaban la virginidad pero no traían hijos al mundo, y desobedecían la exigencia de la maternidad; o bien tenían hijos… pero se alejaban del modelo virginal de María”. Y aunque desde el siglo XVIII, entre los enemigos de la Iglesia —alcahuetas, herejes, enfermos, judíos y brujos— estaban también las prostitutas, el desprecio hacia ellas no fue muy distinto al que causó el resto de las mujeres, vistas como unos monstruos de impudicia. El Decretum, redactado por Buchardo, obispo de Worms, en el año 1010, incluye entre los vicios femeninos: la masturbación, el lesbianismo, la pedofilia, el bestialismo, la magia sexual y, por supuesto, la prostitución. Como era de esperarse, para los padres de la Iglesia, ninguno tenía remedio.

En el siglo XIX la prostitución pasó a cumplir una función social subversiva y conservadora al mismo tiempo. Por un lado, suponía una amenaza frente al ideal femenino de castidad, matrimonio y maternidad y frente a la salud masculina que era usualmente contagiada por la sífilis y, por otro lado, servía como escape para las “incontrolables pasiones de los hombres” que no podían satisfacer sus impulsos con sus esposas porque, por lo demás, ni siquiera se consideraba que esas obedientes esposas —ya no libidinosas como en la Edad Media— pudieran tener algún tipo de placer sexual. En una época de cambios sociales, crecimiento urbano e incorporación de las mujeres al trabajo industrial, el oficio de la prostitución empezó a reglamentarse y con ello —se lee en Caídas, miserables, degeneradas: Estudios sobre la prostitución en el siglo XIX, escrito por la historiadora Aurora Riviere— “se desarrolló toda una serie de teorías encargadas de estigmatizar a la prostituta, es decir, de hacer aparecer como profundamente desacreditadores determinados atributos de las mujeres dedicadas a la prostitución, todos aquellos que aparecen claramente enfrentados con los estereotipos del ideal femenino”.

Un par de preguntas

¿Es acaso puta el único insulto hacia las mujeres? La respuesta, con un enorme esfuerzo de concreción, es sí. O, por los menos, es el más común entre los insultos que, eso sí todos, apuntan a la sexualidad de la mujer y entre los que se encuentran: “histérica”, “solterona” y “amargada”. Si uno se detiene en los comentarios de las páginas de los principales periódicos colombianos, se dará cuenta de que en la mayoría de los casos la única forma de que un lector muestre su desacuerdo con las ideas de una columnista es llamándola puta. ¿Qué es si no una profesora regañona o una vecina que acude a la Policía porque la fiesta del lado no la deja dormir? y ¿cómo se insulta a un hombre que tenga estas mismas actitudes? A propósito, ¿por qué las primeras entradas para la palabra puta en Google son videos sexuales de Alicia Machado, mientras que al buscar puto, uno se topa con la receta para un plato filipino a base de arroz que lleva ese nombre?

Lo primero que habría que decir es que un insulto no tiene que ser necesariamente referencial. Cuando alguien dice: “Le voy a dar en la cara, marica” (después de puta, marica es el segundo insulto más usado en español) no interesa si la persona a la que va dirigida el insulto es o no homosexual. Lo importante, recuerda el lexicógrafo Juan de Dios Duque, es “el mero hecho de su enunciación, el tono y el efecto sobre el insultado”. De allí que una de las funciones del insulto sea conocer los valores sociales convenidos. Dice Duque: “Un insulto es una negación de una cualidad que se supone debe existir. Por consiguiente, la lectura de su definición ofrece, por transparencia, cuáles son las cualidades, o conductas, que la sociedad espera del individuo”. Por esta sencilla razón decirle puto o perro a un hombre pasaría a ser incluso un elogio en una sociedad que privilegia la virilidad masculina. Al contrario, la sexualidad activa en una mujer se sale de lo que se espera de ella: maternidad o virginidad. Por supuesto que es ofensivo decirle “puta” o “vagabunda” a una prostituta, pero la palabra funciona como un mecanismo de control solo cuando se acusa a una mujer que no lo es pero que está en potencial peligro de serlo: “Si sales vestida así a la calle, van a pensar que eres una cualquiera”. “Nuestra cultura funciona a partir de binarios —señala Nancy Prada, investigadora de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional—. Una asociación binaria implica que el otro se quede necesariamente con lo opuesto, lo cual genera exclusión. La palabra puta se usa para mantener controladas a las otras mujeres que temen ser marcadas con el estigma”.

Colombia en un atlas

Según el Altas lingüístico y etnográfico de Colombia (Alec), elaborado por el Instituto Caro y Cuervo, en el que se recopila el habla popular del país, el insulto más frecuente hacia las mujeres en Colombia es puta, seguido de gran puta, vagamunda, vagabunda, guaricha, perra y ramera. Aunque estos insultos son de uso nacional, hay un aumento considerable en los departamentos de Cundinamarca, Boyacá, Tolima y Antioquia, mientras que en Chocó y Nariño su uso disminuye. Un segundo mapa indica insultos como robamaridos, quitamaridos, desgraciada y degenerada, mientras el tercer mapa se refiere a pelona, sinvergüenza, nochera, pendeja y culona. En su análisis El improperio en español, la lingüista María Fátima Carrera apunta: “Los insultos para varones se refieren a la expresión de la homosexualidad, mientras que a la mujer se le reprocha su falta de recato o continencia sexual”. De hecho, el Alec cuenta con dos mapas que muestran las distintas formas de llamar a una prostituta, entre las que están, mamasanta y coya (Costa Caribe), cachaloa (Chocó) y meretriz (Cundinamarca). En cambio, como podría suponerse, no hay una sola palabra que insulte las libertades sexuales de un hombre: luego de los mencionados hijueputa y marica, los demás se refieren a los hombres que se dejan engañar por sus mujeres.

En su análisis, Carrera señala palabras como verrionda que significa valentía para un hombre y prostituta para una mujer o algunas como cotorra que solamente hacen referencia a las mujeres chismosas. También llama la atención sobre el término vieja: “mientras el masculino viejo no figura en el Alec como insulto, sino más bien como tratamiento cariñoso, el término vieja significa, además, mujer vetusta, bruja o hechicera”. Lo mismo se podría decir de solterón y solterona y, aunque no aparece en el Alec, hay que mencionar la tan recurrente palabra “histérica”, que proviene del griego hysteria (útero), y fue usada por Hipócrates para definir los trastornos psíquicos de las mujeres con un supuesto útero seco por ausencia de relaciones sexuales.

¿Y qué?

“Nos guste o no, el insulto femenino rey de las lenguas europeas es por tanto la palabra puta, con toda su corte de derivados y sinónimos, su rica fraseología y sus abundantes proverbios, y vale para casi todos los defectos”, escribió Duque. ¿Qué podemos hacer frente a esto? ¿Se debe hacer algo? En su libro El lenguaje y el lugar de la mujer, la lingüista Robin Lakoff señala que las desigualdades en el habla de hombres y mujeres —que no tiene nada que ver con aquello de “todos” y “todas”— son muestra de las distintas funcione que deben cumplir ambos sexos. “Expresamos ideas sin saber su verdadero significado; pero el hecho de decirlas indica que pasan en nuestra mente más cosas de las que reconocemos conscientemente”. De todas maneras, para Lakoff un cambio lingüístico solo puede ser genuino si viene precedido por una transformación social. Una posible solución sería responder al insulto: “Sí, soy puta ¿y qué?” Otra, dada por Florence Thomas, es conocer la sexualidad femenina, y con ello cuestionar la valoración de la virginidad y la maternidad. Como sea, no se trata de un debate viejo ni superado. Quienes piensen así, quienes desconozcan la inmensa carga social de insultar a una mujer llamándola puta, podrían echar un vistazo a los debates sobre la penalización del aborto que hasta hace poco se adelantaban en el Congreso de la República. De lo que se dijo allí a llevar la mítica letra escarlata en el vestido hay menos camino del que se cree.

miércoles, 4 de abril de 2012

Solamente un chismoso

Por: Jaime Bayly
Tomado de: La Página de Bayly, Perú 21

Artículo para el disfrute y la polémica. Mordaz (auto) crítica al oficio del periodista, "odiadores de las matemáticas", "seguidores de charlatanes y afiebrados que se pelean por el poder (los políticos), de unos alocados que se ganan la vida persiguiendo una pelota (los futbolistas), a unos enfermos de narcicismo y egolatría, expertos en payasadas chillonas y putañeras (artistas de la farándula), de hampones y rufianes (delincuentes), y de mujeres que muestran los pechos o las nalgas (las vedettes)"


Sabe a duras penas lo que no quiere estudiar: matemáticas, las odiosas matemáticas que lo han torturado todos los años del colegio y de las que cree haberse emancipado para siempre. Detesta las matemáticas porque le recuerdan su ineptitud para entenderlas, las precisas limitaciones de su inteligencia.

El hombre piensa: estudiaré leyes, no es tan difícil, es cosa de tener buena memoria, con un poco de suerte en unos años seré abogado y me ganaré la vida en algo que nada tenga que ver con las matemáticas.

Como es muy joven y no menos tonto, ignora algunas cuantas cosas: para ser abogado en esa universidad hay que aprobar varios cursos de matemáticas; las leyes de las matemáticas son duraderas y universales, las de su país las cambian a su antojo los dictadores de turno; la mayor parte de los abogados que hacen dinero son los que defienden a los bribones; la fuente del derecho es el dinero, tal es el caso al menos del lugar en el que nació y se ha propuesto ser abogado el joven imprudente.

Pocos años después, el hombre ha fracasado. Como casi todos los que fracasan, se consuela pensando que son otros los culpables de su derrota personal. La verdad, sin embargo, es sencilla: no ha podido aprobar los cursos de matemáticas, no ha sido suficientemente inteligente para sortear esos escollos, ha sido reprobado por los profesores de esas leyes abstractas e inapelables que son las matemáticas, por eso ha sido separado de la universidad, ha sido expulsado de ella, dado de baja. Es una humillación para él. Al mismo tiempo, es la confirmación de que lo suyo no son los números, las ciencias exactas, el estudio de las cantidades en abstracto: percibe a las matemáticas como un campo de concentración y tortura del cual hay que escapar de cualquier manera y sin saber adónde ir, con la clara determinación de huir de ellas, de ese tormento minucioso.

Al mismo tiempo, y por razones atribuibles al azar y no a su voluntad, el joven ha encontrado trabajo como periodista. El periodismo le parece un oficio conveniente, divertido, hecho a su medida: por lo visto, para destacar en él hay que disfrutar del chisme (inventarlo o esparcirlo o aderezarlo de una cuota maliciosa de ficción), hablar en tono engolado (no necesariamente pensar: pensar aburre en el gremio de los periodistas, provoca dudas, lagunas mentales), nadie exige unos mínimos conocimientos matemáticos, el periodista se pasa la vida “dando las noticias” o “comentando las noticias”, es decir hablando de cosas que ocurren a su alrededor, generalmente nimiedades, tonterías, banalidades, chismes de aldea, de parroquia, de callejón, chismes que pasan por “noticias” y que no son otra cosa que el relato exagerado (a menudo tan exagerado que ya bordea la falsedad) de lo que les pasa (lo malo que les pasa: lo malo interesa mucho más que lo bueno) a otros sujetos, a los famosos, a los que salen en los periódicos y los noticieros de la televisión.

¿Quiénes son esos otros, los famosos, que hacen las noticias, que las estimulan, que salen en las portadas de los diarios, aquellos de los que el periodista se gana la vida hablando? No son los médicos que salvan vidas ni los científicos innovadores, no son los empresarios laboriosos y discretos ni los artistas solitarios que huyen de la exposición pública: son unos individuos charlatanes y afiebrados que se pelean vanamente por el poder (llamados “los políticos”), unos muchachos alocados que se ganan la vida persiguiendo una pelota, pateando una pelota, tratando de meter una pelota en un orificio imaginario (llamados “los futbolistas”), unos enfermos de narcicismo y egolatría, expertos en simular sonrisas falsas y hacer payasadas chillonas y putañeras (llamados “los artistas de la farándula”), los hampones y rufianes (llamados “los delincuentes” o “gentes de mal vivir”, grandes proveedores de noticias) y las mujeres que muestran los pechos o las nalgas y son dóciles o flexibles para hacerse fotografías hincadas de rodillas, exhibiendo el trasero (llamadas “las vedettes”).

Todas esas personas que hacen las noticias o que las originan o que salen continuamente en ellas (los políticos, los futbolistas, los artistas de la farándula, los delincuentes, las vedettes) tienen, sin saberlo, una cosa en común con el fallido abogado que es ahora lenguaraz periodista: no saben nada de matemáticas, no son capaces de entenderlas, sus cabezas están negadas para esa forma superior de inteligencia, son entonces los que han escapado atropelladamente y en tumulto de las matemáticas, los que han encontrado una manera de ganarse la vida huyendo de las matemáticas como quien escapa de unos gases tóxicos, asesinos.

El periodista, joven al fin y al cabo, se cree muy importante porque “da las noticias” o “comenta las noticias”, pero, ensimismado, embriagado por los elogios de los adulones, no advierte que esas historias truculentas y rastreras y aldeanas que él llama “noticias” son, en realidad, chismes, cotilleos, habladurías provincianas, boberías, ridiculeces, cosas que carecen de importancia y que al cabo de un año ya nadie recordará y que a cualquiera fuera de esa aldea polvorienta le parecerían exactamente lo que son: pura chismografía barata.

En la cumbre de su carrera (si a ese oficio hablantín y conspirativo podemos llamar una carrera), no sabe el periodista que es solamente un chismoso, un intrigante, un hombrecillo derrotado por las matemáticas, como no saben los que se creen bien informados (esos que leen las noticias o las ven en la televisión, sin asomarse nunca a formas menos superficiales de conocimiento de la realidad) que son ávidos consumidores de chismes, eternos seguidores apandillados de los enemigos de las matemáticas: los políticos, los futbolistas, los artistas de la farándula, los delincuentes y las vedettes (cinco oficios que raramente son incompatibles entre sí).

Años después, el periodista es considerado un hombre de cierto éxito y ha amasado una pequeña fortuna. ¿Cómo lo ha conseguido? Hablando de los demás. ¿Hablando bien de los demás? No: hablar bien de los demás no es noticia, lo que interesa “periodísticamente” es hablar mal de los demás, burlarse de ellos, escarnecerlos, zaherirlos, dejarlos en ridículo. Pero aquellos de los que el periodista se ha mofado y ha hablado tan mal (los políticos ramplones, los futbolistas borrachos que mean en las calles, los artistas de la farándula que nunca han leído un libro y solo hablan obsesivamente de sí mismos, los maleantes y malandrines, las mujeres que posan en ajustados trajes de baño) no son peores que él, son tan idiotas como él o a veces menos idiotas que él, y sin embargo son esas personas las que, peleándose por el poder o por una pelota o por salir en la foto o por ganar un dinero fácil burlando la ley, han dado sentido a la existencia del periodista, quien, sin darse cuenta, y creyéndose muy importante, se ha pasado la vida hablando de “los personajes que hacen noticia”, que ni son personajes (porque son una pandilla de necios) ni hacen de verdad noticias de un cierto vuelo global (porque lo que hacen solo importa a ciertos individuos aturdidos que habitan esa aldea en la que la niebla sume a la gente en la confusión y la abulia).

Rico y aburrido y resignado al oficio con el que se ha ganado la vida, el periodista piensa: mi vida ha sido inútil, menor, deleznable, la he malgastado hablando tonterías y escribiendo memeces, solamente soy un chismoso, un intrigante, un hombrecillo derrotado por las matemáticas y las leyes de la lógica. Luego abre los periódicos para enterarse con gran deleite de los últimos chismes de la política, el fútbol y la farándula, porque nada más le resulta vagamente interesante. Qué trabajo tan maravilloso este de ser periodista, piensa, hurgándose la nariz con un dedo, enojándose porque son otros y no él los que salen en los periódicos.

sábado, 24 de marzo de 2012

Evaluando las marchas


Evaluando las marchas

Tomas Rodríguez león
toguirole@yahoo.com


Camaradas de la clase trabajadora.
Proletarios del cuerpo y del espíritu.
Solamente unidos
solamente juntos podremos engalanar el universo,
acelerar el ritmo de su marcha.


 
Vladimir Mayakovski

Una sabia exposición de nuestros pueblos andinos como un cuento milenario resurge o se repite insistentemente en esta nuestra historia o geográfica natural y humana, renace y nace entre montañas, ríos…ríos de gentes… y praderas abiertas, esta, exposición-posición posible ejercitarla solo en el arte de caminar. En particular nuestros indios entienden mejor el deambular en la vida comunitaria y en las sendas solidarias, ellos saben hacer procesos espontáneos y hasta libertarios para dar al traste con el discurso del poder y sus exclusiones seculares, ellos para modificar escenarios de amenaza, multiplican con simbolismo y magia los nuevos momentos de su lucha. Así, la prédica del mal gobierno con su racismo despótico, sus palabras necias cargadas de inmorales sentencias: los indios no tienen derecho a buses, los indios son utilizados, no tienen derecho a hoteles, no tienen voz ni voto en los temas de la tierra, no irritan a nuestros indios ni los exaltan, casi con la ternura vesperal de una tarde campesina, responden decididos a caminar…porque caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Cuento de siempre, la política no es nada sin ideología, como la ideología no es nada sin política. Llenos de política deambulan dentro y fuera del poder, los que nunca fueron militantes, los que hacen de la política una sucia intensión de oportunismo individualista, que no por ser ejercicio de algunos hace vida colectiva o nada parecido, la falta de ideología es evidente. Por el lado izquierdo cuestionando el individualismo de la sociedad política imperante, emerge con mucha ideología moral el movimiento indígena, pensando hacer política con poietica (poesía), por eso la música y la danza como mejor manera de construir respuestas a la indiferencia, al estilo de vida burocrático, al letargo entontecido de la estabilidad, entonces suena con claridad un llamado a la vida y a la convivencia mientras la marcha continua. La esencia revolucionaria del mito como forma de resistencia vuelve al fuego.

Algunos participantes hacen presencia y en la presencia se ponen de manifiesto las diferencias. Dos marchas, solo en una la muchedumbre activa su conciencia, se comunica, comunica tiene convicciones ¡hay calidad¡ Es la marcha indígena que asoma con recuentos históricos, acción comunitaria, cantos de la vida y de la militancia, cantos de la conciencia ¡y del sentimiento¡ practica mutualista y ácrata de compartir el pan. De los que marchan adheridos al poder solo se nota la información de la ilusión vendida (en el mejor de los casos) en otros episodios es motivación justa la preservación del puesto del trabajo, la oportunidad de tenerlo o una creencia tenue de que es posible y mejor cambiar algo antes que nada, están también los que marchan o marchan de sus puestos por que el burócrata al mando de su feudo preserva su poder usando a la gente como bandera de gracia ante el poder.

Valido es recordar que el condicionante de toda marcha para su definición, es que siempre será revolucionario estar contra el poder y conservador defenderlo (sobre todo cuando ya no hay nada que defender) Las masas contra el estado opresor y sus actores revelan un estado de conciencia. Al estado, que siempre es reaccionario, porque nunca existe estado revolucionario, le basta una masa de asistentes, de fanáticos, una hinchada. Ahí radica la diferencia entre masa en sí y masa para sí….Las banderas verdes prevalecen y eso es bueno, sus portadores saben que las otras ya estorban y la pocas rojas o negras que ennegrecen la conciencia ya renunciaron a la utopía y a la vida. Manos de traidores no podrán sostener por mucho tiempo esas banderas, un día temprano las pintaran de verde.

Los principios de solidaridad y comunitarismo, los principios del comunismo y el comunalismo, están vigentes en todas las edades, como está vivo el sueño insumiso en la marcha que es MINGA, MINGA que es marcha y en esta minga se van incluyendo en torrente humana, los obreros, los jóvenes, las víctimas de la persecución haciendo de este un escenario político ideológico una propuesta revolucionaria con sello de clase y de ¡clase¡

El trabajo colectivo comunitario de caminantes llega a Quito con una vaca simbólica porque ….las penas y las vaquitas por la misma senda… se juntan los símbolos, la bandera y la voluntad, continúan como diciéndonos a todos, que la realidad cotidiana no es nada sin los referentes eternos; el agua, los ríos, las montañas, la verde tierra de este nuestro paraíso. ¿Por qué no pensar cómo piensan los indios que el verde y azulado Ecuador debería ser protegido por la humanidad entera? ¿Por qué no pensar en el desarrollo bueno con estrategias de sobrevivencia sin ser fuente de desastres? No están solo nuestros indios, ya llegan a su lado los maestros, los obreros, los intelectuales orgánicos y están con ellos sus hermanos; Los Wiwa y los U´wa en Colombia, los Mapuches en Chile, los Indígenas de Chiapas de México, los Ashaninka en Perú, los Yanomami en Brasil, los Aymara en Bolivia. La solidaridad comunitaria nos llama a disparar contra la indiferencia, con la diferencia. UNA PROPUESTA UNIVERSAL

P. D. En la conducta del poder pretérito y presente se dan fraternidades, Bucaram, Mahuad, Lucio brillaron por la ausencia y el silencio y Correa sintió…sintió el frio tenebroso de los golpes parecidos…hay golpes en la vida yo lo se...


viernes, 23 de marzo de 2012

Banalización, simplismo y descalificación








Con su ya característico discurso, el Presidente resumió la jornada de ayer 22 de marzo calificándola como un "triunfo de la revolución ciudadana", y un "fracaso rotundo" a la marcha indígena que por 14 días recorrió el país de sur a norte, sin determinar bajo que parámetros hacía tal aseveración.

La banalización, el simplismo y la descalificación son los principales recursos utilizados por Correa para resistir las críticas y proyectar ante sus seguidores y la prensa una imagen triunfalista. Eso se vio insistentemente ayer, cuando sus discursos tuvieron como hilo conductor una retórica agresiva contra lo que él llamó "conspiradores enemigos de la democracia" y al calificar de "cuatro plumas y cuatro ponchos" a los caminantes, todo eso, matizado con slogans y consignas que el grueso de presentes no entendían ya que lo único que alcanzaron a memorizar en el trayecto desde los barrios de la Costa hasta llegar a Quito, fue que venían a "defender la democracia".

Los rasgos patológicos de personalidad en donde predomina la confrontación como norma de conducta, hacen que Correa, y por imitación sus colaboradores, no conciban la posibilidad de dialogo y menos de consenso con la oposición. Su vanidad le ha llevado al convencimiento que en él reside la verdad, que es infalible, que todo aquel que le critica es enemigo o conspirador.

No obstante sus proclamas triunfalistas, el mismo Correa se encargó de develar su preocupación frente a los resultados de la marcha cuando hizo un llamado a su equipo político a mejorar la capacidad de movilización de AP. Seguramente en sus adentros no entendía cómo, teniendo bajo su control todo el aparato logístico del Estado, habiendo gastado ingentes recursos en propaganda, un inmenso equipo humano en ministerios, gobernaciones, alcaldías y juntas parroquiales dedicados a la acción de reclutamiento -muchos de ellos desplazado por todo el país- no le fue posible reunir las 60.000 almas que esperaba. Otra cosa que sin duda debe preocupar a Correa es la indiferencia de los quiteños a su convocatoria.

De otra parte, salvada esta primera prueba, la oposición liderada por los sectores sociales ha logrado dos importantes resultados. 1. Ha despertado nuevamente en la ciudadanía el interés por la acción política que Correa, como parte de su estrategia por controlarlo todo, se encargó de desprestigiar; y, 2. Vencer el temor que, asimismo a través de la criminalización de la protesta, el correismo trató de sembrar en el país.

El camino no es fácil para la oposición. Sabemos lo difícil que es establecer acuerdos; no obstante, está claro que cualquier proyecto requiere de unidad. Ir dispersos y por caminos separados será la mejor forma de hacerle el juego al régimen y a sus intentos por perennizarse en el poder.

23-02-2012




miércoles, 21 de marzo de 2012

Minería, movilizaciones y desaciertos del Gobierno



Reflexiones sobre el tratamiento que viene dando el Gobierno al tema minero, y la confrontación con sectores sociales opuestos a esa actividad


1.    La forma como ha operado tradicionalmente la minería en Ecuador (artesanal y pequeña minería), ha posicionado en la ciudadanía -con sobrada razón- la idea de que es una actividad peligrosa, altamente contaminante, caótica, atentatoria a la dignidad y derechos de quienes ahí trabajan; que crea en su entorno anillos de miseria, exclusión, delincuencia, etc. Un claro ejemplo de aquello es Nambija. Con un antecedente tan negativo no se puede pretender que de la noche a la mañana la percepción ciudadana cambie sólo porque alguien dice que existe una minería responsable, amigable y diametralmente distinta a la que estamos acostumbrados a ver.


2.    El Gobierno de Rafael Correa ha tenido tiempo de sobra para preparar las condiciones que le habrían permitido minimizar el rechazo. Por ejemplo, se pudo haber realizado las consultas previas que prevén la Constitución y la Ley. Asimismo, el MRNNR pudo haber creado los consejos consultivos, igualmente previstos en la Ley, a efectos de recoger y dar un tratamiento adecuado a los planteamientos de las comunidades afectadas. Se debió diseñar y ejecutar con la debida anticipación un plan de intervención en las áreas de influencia de los proyectos, informando y capacitando a la ciudadanía, e impulsando la conformación de veedurías. Es utópico esperar que la gente sienta como propio o se empodere de un proyecto, prácticamente impuesto, en el cual no ha tenido ninguna participación. Recién hace poco, y con métodos nada rigurosos, se está auscultado y priorizando las necesidades de las comunidades a beneficiarse con las regalías, cuando todo esto demandaba un trabajo sostenido, que no se suplanta con declaraciones contestarías, visitas esporádicas o acciones reactivas coyunturales.


3.    Es un grave error, que más tarde generará reclamos, infundir la idea que junto con la gran minería viene la felicidad de los pueblos. Si bien en principio esta actividad genera un determinado número de plazas de trabajo beneficiando el aporte de mano de obra local no calificada, conforme avanza el proceso productivo dichas plazas van disminuyendo significativamente. Es verdad que los recursos que genera la gran minería mejoran las cifras macrofiscales del Estado, más de ninguna manera existe una relación directa entre producción e inversión social en los sectores de influencia, los cuales, adicionalmente absorben el impacto ambiental, social y cultural negativos. Basta visitar el Oriente en donde el petróleo no ha sido precisamente la panacea que se ofreció a esos pueblos.        


4.    Es evidente que el Gobierno comenzó a reaccionar, buscar aliados, hacer ofrecimiento, firmar convenios y entregar recursos luego que la marcha de las organizaciones sociales -especialmente indígenas- era un hecho irreversible. Junto a ello se inició una campaña en contra de los organizadores en un intento por desprestigiar a los dirigentes y deslegitimar la convocatoria. Esta ha sido una práctica ensayada por todos los gobiernos, que a la postre genera efectos contrarios al esperado. Mientras más fuerte es la reacción oficial ante las manifestaciones de protesta, más las fortalece y legitima. Para el ciudadano común no es fácil entender la estrategia del Gobierno, que por una parte minimiza la marcha, y por otra, pone todo el peso logístico y de propaganda para contrarrestarla, al punto de convocar una contramarcha. ¿Qué se busca con ello? El llamado a “defender de la democracia” se percibe más bien como un ensayo desesperado por demostrar que su capacidad de movilización se encuentra intacta, que cuenta con respaldo popular y, de otra parte, reponerse del duro revés mediático y desgaste sufridos durante el proceso judicial contra Diario El Universo.


No obstante, independientemente de la diferencia numérica entre manifestantes de uno u otro sector, la oposición habrá logrado que el Gobierno, con sus acciones, se convierta en el principal promotor e impulsador de la recuperación de los sectores contrarios al régimen, incluidos algunos partidos políticos que hasta hace poco estuvieron casi en el olvido. Todo esto lleva a la conclusión que, desde el régimen hace falta analizar sin prejuicios y con serenidad los acontecimientos políticos, rectificar lo que haya que rectificar, entendiendo que gobernar no es otra cosa que tomar las mejores decisiones en función de lo que conviene al país, aún cuando aquellas decisiones no sean del agrado de los gobernantes.


Por último y en referencia a los actores convocados por el Gobierno, es necesario reflexionar sobre el rol que en estas movilizaciones cumplen ciertas organizaciones gremiales, funcionarios y trabajadores del sector público. A sabiendas que la gente se moviliza sólo por dos razones: unas motivadas por convicciones ideológicas políticas (producto de un trabajo de formación a largo plazo), y otras por expectativas o conveniencias coyunturales, en las proyecciones que hacen los estrategas del oficialismo sería un error pensar que quienes levantan pancartas y llenan una plaza son seguros aliados o adherentes al proyecto impulsado desde el Gobierno, error que se evidenció en la última consulta popular.

martes, 13 de marzo de 2012

Mi amigo Mutis

Por: Gabriel García Márquez


Un rápido y placentero viaje por la vida de Álvaro Mutis, contado hace ya varios años por Gabriel García Márquez, amigo y admirador del gran poeta y narrador colombiano nacido en 1923.

Álvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el peluquero que le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta.

Álvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la Cartagena idílica de 1949. Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, hasta una tarde de hace tres o cuatro años, cuando le oí decir algo casual sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café. Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años, hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de pasar una aguja por el ojo de un camello.

“Carajo”, le dije derrotado.”De modo que eras tú”.

Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso. De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero.

Alvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en sus programas. En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras mayores. Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo un título inocente: El cultivo del naranjo. Fue también jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión. El tiempo de Álvaro se le iba en identificar los cadáveres, para darles la noticia a las familias de las víctimas antes que a los periódicos. Los parientes desprevenidos abrían la puerta creyendo que era la felicidad, y con sólo reconocer la cara caían fulminados con un grito de dolor.

En otro empleo más grato había tenido que sacar de un hotel de Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó quién iba dentro, le dijo: “El señor obispo”. En un restaurante de México, donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que en realidad era Walter Winchell, el personaje de Los Intocables que Álvaro doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas enlatadas para América Latina, le dio 17 veces la vuelta al mundo sin cambiar el modo de ser.

Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.

Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: “Ahí tiene, para que aprenda”. Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí Cien Años de Soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. El los escuchaba con tanto entusiasmo que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado:

“Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos”, me gritó. “Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado”.

Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.

Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y yo nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido en México más de 30 años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos. Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Álvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz de ser.

Fue así: ahogado de tequila, con un amigo muy querido, toqué a las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio la gana. Álvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.

Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que hemos estado juntos, ha sido viajando. Esto nos ha permitido ocuparnos de otros y de otras cosas la mayor parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno del otro cuando en realidad valía la pena. Para mí, las horas interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí más de 300 kilómetros sobre los cátaros y los papas de Aviñón. Así en Alejandría como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto como en París.

Sin embargo, la enseñanza más enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a través de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor de caca humana de los barbechos recién abandonados. Alvaro había manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De pronto dijo: “País de grandes ciclistas y cazadores”. Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como aquella, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.

Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las clases, sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de comprar, Álvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco y extendió su trémula mano de mendigo. Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: “Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cachemir”. Pero le dio un franco. En menos de 15 minutos recogió 40.

En Roma, en casa de Francesco Rosi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli, a Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y los mantuvo en vilo durante horas, contándoles sus historias truculentas del Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de italiano. En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo que era él. Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: “Ahora que sé que nunca conoceré Estambul”.

Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo Estambul. De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio de la poesía. Sólo hoy, cuando Álvaro es un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar a la muerte.

De todos modos, la única vez en que de veras me he creído a punto de morir, también estaba con Álvaro. Rodábamos a través de la Provenza luminosa, cuando un conductor demente se nos vino encima en sentido contrario. No me quedó otro recurso que dar un golpe de volante a la derecha sin tiempo para mirar adónde íbamos a caer. Por un instante sentí la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía en el vacío. Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior, permanecieron sin aliento hasta que el automóvil se acostó como un niño en la cuneta de un viñedo primaveral. Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de Álvaro en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir con un gesto de conmiseración que parecía decir:

“¡Pero qué está haciendo este pendejo!”.

Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macy’s, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo:

“No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va”.

Por supuesto que le iba bien, si era una versión culta y magnificada de ella, y conocido en medio planeta, no tanto por su poesía como por ser el hombre más simpático del mundo. Por dondequiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo queremos más sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas. Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior. Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía.

Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paqui-dérmicas de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada En busca del tiempo perdido. Pues una buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de 1.200 páginas. En la cárcel de México, adonde estuvo por un delito del que disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció los 16 meses que él considera los más felices de su vida.

Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. El me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.

Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.

Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a cumplir con Álvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y sólo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.