viernes, 21 de febrero de 2014

LAS DOS VIDAS DEL ASESINO DE TROTSKY




Acerca de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, brazo ejecutor de Stalín, su vida, el entorno familiar, el atentado, los complotados, la estancia y muerte en Cuba....

Por: Nuria Amat

Siempre supe que Ramón Mercader, responsable de haber dado muerte al recordado dirigente de la Revolución Rusa, León Trotsky, era para mí un asesino muy especial. En primer lugar, mi padre estaba emparentado con María Mercader, la esposa de Vittorio de Sica, y en lo que respecta a la familia, Ramón era poco menos que un demonio. Silencio sepulcral al respecto. Y, para añadir más misterio al enigma, la vida de Mercader ha sido uno de los más grandes secretos de la historia del comunismo soviético.

Elementos todos que, sumados, se convirtieron un buen día en tentación fulminante para una novelista entregada a descubrir intimidades, desvelar confidencias, atar cabos sueltos a personajes incómodos y poner sobre el tapete la luz reveladora de tanto misterio y manipulación política.

¿Cómo un joven catalán de veintisiete años, hijo de la burguesía barcelonesa, consiguió ser uno de los asesinos más conocidos y repulsados de la historia y con ello cambiar el curso de la misma? Para responder a fondo escribí una novela (Amor y guerra) y, posteriormente a su publicación, dediqué tres años más a una investigación sobre la verdadera personalidad del asesino, los motivos del crimen (ordenado, como es sabido, por Stalin) y el entramado de la importantísima red de espionaje soviético en la que Mercader llegó a ser considerado el agente más valorado.

Ramón Mercader ha pasado a convertirse en mi fantasma particular. Especialmente cuando el único nieto de Caridad Mercader consiguió comunicarse conmigo pidiéndome que en lo posible siguiera indagando y estableciendo claridad histórica sobre su tío y abuela. No he podido evitar desde entonces buscar la mejor respuesta a los datos ocultos ¿Fue Ramón Mercader el único ejecutor del crimen? ¿En qué consistió la sucesión de órdenes para que fuese un catalán el responsable del asesinato? ¿Por qué con la ayuda de un piolet, objeto primitivo, pudo perpetuar el crimen? ¿Llevaba otras armas mortíferas? ¿Cómo estos elementos, digamos surrealistas y sórdidos consiguen superar las estrategias criminales soviéticas más profesionales? ¿Cómo era Ramón? ¿Qué le indujo a hacer lo qué hizo? ¿Caridad Mercader del Río, madre del protagonista, estuvo realmente loca? ¿Amó a Stalin más que a sí misma? ¿Qué motivos hubo para que no fuera purgada y encarcelada por Stalin como todos los agentes soviéticos participantes del crimen? ¿Cuál era la relación entre madre e hijo antes del asesinato? ¿Por qué se negó Ramón a escapar a Moscú cuando su madre había articulado la estrategia para sacarlo de la prisión de Lecumberri? ¿Por qué concedieron a Mercader el Premio Lenin de la Paz? ¿Por qué “huyó” a Cuba? ¿El asesinato de Trotsky cambió, como dicen, la historia del siglo XX? ¿Fue Mercader asesor de Fidel Castro durante su exilio cubano? ¿Cuáles fueron los motivos de su muerte?

Y sobre todo: ¿por qué un silencio tan largo y espeso? Un riguroso silencio de sus protagonistas y de los testigos del hecho que persiste todavía pese a los cambios extraordinarios ocurridos en la antigua Unión Soviética y el mundo.
Mercader no es cualquier peón elegido al azar tal y como han querido presentarlo.

El origen de la leyenda

En un mes de febrero gélido de 1913, año en que Stalin se verá por primera vez con Trotsky en Viena, nace en Barcelona Ramón Mercader del Río, el agente especialísimo que asesinará al Jefe de la Revolución Roja, obedeciendo el catalán la orden del tirano soviético. Mercader: el hombre más secreto de la historia reciente, leyenda mundial en hervidero sobre la que especularán voces célebres del arte y de la cultura (Losey y Semprún, entre ellos) pero sin conseguir demostrar la verdad de su vida. Se trata, sin duda, de un asesino muy particular. ¿Sicario? Por supuesto, no. Estalinista hasta los huesos, sí. Producto de un tiempo en el que el oficio de matar era práctica corriente de héroes, idealistas y belicosos. Espía modélico conforme al canon de agentes secretos de la época. Republicano, inteligente, cultivado, marxista, burgués, bien educado, intrépido que, a diferencia de otro agente famoso (alias 007) creado por Ian Fleming, con quien el catalán guarda más de un parecido, trabajará a las órdenes del servicio secreto de Moscú siendo el mismo el agente más valorado de la Unión Soviética.

Finales de los años treinta de un siglo que Kafka llamó “la época más nerviosa de la historia”. Una gran crisis económica ha afectado al mundo capitalista y se desatan guerras en diferentes países. Millones de muertos. Poblaciones destruidas. Hitler, Stalin, Mussolini y Franco establecen dictaduras absolutas y mortíferas, hasta terminar en una guerra fría entre dos bloques. El occidental capitalista, liderado por Estados Unidos, y el oriental comunista, liderado por la Unión Soviética.

¿Qué papel representa Mercader, hijo de un fabricante textil de Barcelona, en este escenario sombrío? Nadie sabe ni quiere saber. Su vida, su forma de actuar, su formación, la red de espionaje de la que depende su silencio y su gran personalidad (siempre bajo la bota del gran verdugo Stalin) contribuyen a que la fábula en torno al asesino de un solo hombre prevalezca sobre su historia real, sorprenda incluso a la maquinaria espía soviética y pase a transformarse finalmente en mito. Es decir: en una fatal quimera.

Los dioses de la guerra tienen su parte de responsabilidad en tamaña vida novelesca. Nacido Ramón para ser industrial, abogado, deportista, historiador, periodista, diplomático, militar o profesor (todo eso llegó a ser entre una cosa y otra) se convierte, como bien contó Javier Rioyo en su película (Asaltar los cielos), en el único asesino español de las enciclopedias universales sobre criminales gloriosos. Solo que en este caso su historia no es como han querido inventarla. Sino increíblemente mejor.

Héroe para unos, asesino para otros, el agente secreto Mercader, alias un sinfín de identidades, es conocido en el mundo por ser autor de su obra más significativa. Un 20 de agosto del que ahora se cumplen setenta y tres años, consigue matar al líder de la Revolución rusa con la ayuda de un piolet de niño que clava en la cabeza de su víctima sentada a la mesa de su despacho de la casa en el barrio de Coyoacán (México, D.F.) donde Trotsky vivía fortificado temiendo que su obsesionado enemigo consiguiera liquidarlo.

La mano que mueve la cuna

En el barrio de Sarriá, lugar encantador donde los haya, donde posteriormente se instalarán a vivir los mejores escritores del boom latinoamericano, en la calle de Sant Gervasi de Cassoles, número 24, en este edificio de pisos distinguidos nace Ramón, hijo de Pau Mercader y Caridad del Río. El padre fabricante catalán. La madre, de momento: sus labores. Por poco tiempo. Aburrida de parir cinco hijos y soportar un marido que le disgusta (para excitarla sexualmente la lleva a espiar por el ojo de la cerradura escenas vivas de burdeles) se vuelve anarquista y cabecilla de la célula terrorista que hará explotar una bomba en la fábrica de su todavía esposo. El bueno de Pau consigue internarla en el psiquiátrico de Sant Boi. Y no por guerrillera sino por neurasténica, término con el que cierta sociedad distinguía a “excéntricas o desviadas” de la época. Cualidades ambas se dan por igual en el temperamento de la madre del futuro asesino. La morfina campa por las venas de Caridad mezclada a su joven fervor revolucionario. Naturalmente, sus compinches logran sacarla del manicomio y le ayudarán también a cruzar la frontera junto a sus cinco hijos pequeños e instalarse a vivir en el sur de Francia.

Caridad Mercader, la mano que mueve la cuna del crimen de su hijo, con una biografía merecedora a su vez de ser contada, descubrirá en Toulouse, Aix y Burdeos las mieles del sexo, la revolución marxista y los tan temidos y admirados agentes secretos de Stalin. Nada menos que a Alexander Orlov, Ernö Gero y Leonid Eitingon, los tres agentes más importantes de la NKVD tristemente conocidos en España, entre otras cosas, por su papel protagonista en el oro de Moscú, la matanza de los republicanos del POUM y la CNT y la desgraciada instalación de las chekas comunistas. Los dos últimos, sin moverse de la bella Languedoc francesa, mantienen amoríos con Caridad mientras, dedican el tiempo a matar rusos blancos huidos de la URSS y a preparar su entrada feliz en la que será la desestabilización final de una España agónica. Nahum Eitingon, también llamado Leonid, será su preferido. La madre de Ramón se enamorará del más atractivo, íntegro y disciplinado de los tres y junto a él ingresará de lleno a comulgar en al altar del dios Stalin donde permanecerá fiel y devota hasta el día de su muerte, en París (1975), con la foto del tirano durmiendo bajo el colchón de su cama, según me ha contado su único nieto. No será extraño entonces que al entierro de Caridad, aparte de escasos familiares, asistiera una delegación soviética que se hizo cargo de las exequias.

Ramón, en Francia, va creciendo en sabiduría y gracia del marxismo. Adora a su madre (tiempo tendrá después para odiarla un rato) y se ocupa de salvarla de varios intentos de suicidio clamorosos. ¿Razones? Droga y depresión, tal vez. Sumado a su amor por el mujeriego Eitingon. Amante difícil de soportar para una mujer romántica y apasionada como ella. Ramón, sin embargo, quiere y admira a su padrastro del que aprende tácticas de guerrilla, disciplina comunista y a desenvolverse como futuro agente especialísimo del Kremlim.

En fecha indeterminada de 1931, tras la proclamación de la Segunda República española, la familia Mercader del Río regresa a Barcelona. Ramón, instruido para atender y servir mesas en el restaurante francés de Caridad, encuentra trabajo de maitre en el Hotel Ritz. Es un comunista convencido al igual que su madre y hermanos. Forma parte de una peña clandestina que, bajo el nombre afortunado de Miguel de Cervantes, se reúne periódicamente en el barrio del Raval hasta que la noche del 12 de junio de 1935 será detenido, junto a otros participantes, y encarcelado en la prisión Modelo de Valencia. Esta vez, por poco tiempo. El 16 de febrero del siguiente año, el llamado Frente Popular Español (agrupación de los principales partidos de izquierda) consigue ganar las elecciones previas al golpe de estado que ocasionará la Guerra Civil.

Época fatídica de la historia, que diría nuevamente Kafka. Amnistía inmediata de los presos, buenos y malos, sin distinción. Mercader, deducimos, pertenece al primer grupo. Ya se habla de él como de un actor americano dado que su valentía no le impide vestir con elegancia y cuidar su aspecto. Se ha educado en Francia. Detalle que no está de más. Enamora a todas las mujeres. Habla varios idiomas a la perfección. Es inteligente y de fuerte temperamento, aunque más controlado que el de su madre. Quiere ser militar pero se le deniega por comunista. Por esas fechas, recuperada la libertad y todavía no iniciada la sublevación de los militares en España, Ramón colabora con su madre en la fundación del Partit Socialista Unificat de Catalunya. Quiere regresar a su trabajo en el Ritz pero no lo admiten por su pedigrí político. Decide, entonces, ganarse la vida como profesor de catalán y dedica su tiempo libre a ser deportista de élite en calidad de capitán del equipo de equitación (reliquias de su educación en el Real Club de Polo). Forma parte, además, del Comité Organizador de las Olimpiadas Populares de Barcelona, creada como protesta a los Juegos Olímpicos de Berlín (ambas en 1936) en las que Hitler quería demostrar la supremacía de la raza aria.

“El espíritu olímpico no estará en Berlín, sino en Barcelona”, afirmaba la prensa de izquierdas de la época. El día antes de la inauguración, un 19 de julio de 1936 de todos conocido, los militares sublevados toman las calles y frustran la celebración de esta Olimpiada Popular justo unas horas antes de realizarse. Ramón salta del Estadio Olímpico, donde se celebra el ensayo general, a liderar las calles y se suma de inmediato al movimiento popular que en veinticuatro horas vence la revuelta. En plena plaza de Cataluña consigue robar un cañón a los rebeldes y es aplaudido por su hazaña. Su carrera combatiente sube como la espuma. Se coloca en primera línea de batalla. Pasa de ser capitán de mando, con proezas notables en Cataluña, Aragón y Guadalajara, a ser nombrado Comandante del V Regimiento. La madre y el hijo están luchando en el frente de Tardienta donde, heridos por metralla enemiga, serán trasladados a Lérida por breve tiempo.

En fecha aproximada en la que Ramón Mercader es ascendido a comandante, muy lejos de España, en la ciudad de Moscú, el duro Stalin, a quien los íntimos llaman “cariñosamente” Soso, reúne en su despacho a su mano derecha, el verdugo Laurenti Paulovich Beria y al Jefe de Operaciones Especiales de la NKVD, Pavel Sudoplatov. Sin más preámbulos, les da la orden terminante, a vida o muerte, de liquidar a su enemigo del alma León Trotsky. Para tal encargo, que obsesiona al dictador desde hace años, los compromisarios utilizarán a los policías secretos en activo de la guerra española: Erno Gero, Leonid Eitingon y Alexander Orlov responsables directos de asesinatos a mansalva de trotskistas y poumistas. Finalmente, sólo contará con dos de ellos pues Orlov se ha despedido a la francesa de Stalin para fugarse sine die a Estados Unidos. Consigue así salvar su vida chantajeando al Gran Jefe. Una proeza gigante dadas las proclividades diabólicas del amo.

A matar o morir

Se planifican tres estrategias de atentado sirviéndose para todas ellas de agentes rusos en la sombra, además de una selección de los mejores combatientes de la guerra civil a los que han enviado a la URSS a fin de adiestrarlos con rigor soviético. Ramón Mercader será el último. O el primero de la lista, según se mire. El As de la jugada. El único que, por cierto, no visitará el país de Stalin hasta después de haber cometido el asesinato.

La protagonista espía de la primera misión, frustrada desde su inicio debido a la traición de Orlov, es una hermosa patrullera española llamada África de las Heras que ha sido infiltrada como secretaria de Trotsky. Los literatos se alegrarán de saber que con identidad camuflada, la agente África llegará a ser la esposa del escritor uruguayo Felisberto Hernández. Una segunda misión tiene como cabeza visible, aunque no real, al pintor mexicano y ex brigadista David Alfaro Siqueiros. El 24 de mayo de 1940, Siqueiros, junto a veinte combatientes más, irrumpirán, todos borrachos, en la fortaleza de Trotsky de Coyoacán, número 45 de la calle de Viena; la casa prestada por Frida Kalo y Diego Rivera a El Viejo, como la pintora mexicana gusta de llamar cariñosamente a su amante-amigo. Es de noche, van armados hasta las cejas, disparan balas con ametralladora incluida pero sin dar en el blanco y ni siquiera rozar el cuerpo de la víctima acurrucada en el suelo de su dormitorio junto a su esposa Natalia Sedova. El dirigente de esta misión es Iosif Grigulievich, otro agente ruso.

Queda solo una última oportunidad: la operación activa del llamado por la red de espionaje secreto: Grupo Madre. El nombre resulta de lo más apropiado al trío familiar que conforma la tercera misión de riesgo: Caridad (madre), Eitingon (padrastro) y Mercader (hijo). Sudoplatov, Jefe de la GPU, ha dejado claro a sus acólitos que Eitingon perderá la vida de no lograr, esta vez, el objetivo. Por supuesto, no se trata de un encargo de última hora. El mismo ex jefe de la KGB, en un último lavado de imagen publicará lo siguiente: “Mi misión consistía en movilizar todos los recursos de la NKVD para eliminar a Trotsky, el peor enemigo del pueblo”. De ahí el importante operativo secreto “Madre” en el que Ramón Mercader será la estrella del trabajo.

Jaques Mornard, el James Bond de Stalin

Otro día cualquiera de 1938, cuando los comunistas saben que la Guerra Civil está perdida, Ramón, que se encuentra luchando en Guadalajara, en primera línea de batalla, desaparece de España. Caridad, la madre, ha ido en persona a transmitirle el encargo. Pero, ahora, el hijo no viajará a Moscú como algunos creen. Su destino está en París. Llega a la ciudad resucitado de periodista belga, hijo de diplomático, nacido en Teherán, educado en La Sorbonne y llamado Jacques Mornard. Fachada de joven frívolo, galán discreto, relativamente culto, y millonario. Lo diré en palabras de la escritora Teresa Pàmies, que lo conoció bien: “Las chicas se lo rifaban, y le conocí tantas novias que no podría nombrarlas a todas”. 

¿Qué se espera del tal Mornard? Un equivalente al James Bond de Stalin. Idéntico cometido que el de un agente supremo de película. Enamorar locamente a una mujer que lo conducirá por ello al escenario del crimen. Sólo que la elegida no es ni de lejos la más guapa. Se llama Silvia Ageloff, esamericana, trotskista y hermana de Rita, la secretaria del “enemigo” de Stalin. Otra mujer espía, la periodista americana Ruby Weil, mientras se hace pasar por trotskista cuando, en realidad, trabaja para un funcionario del Komintern, se convierte en amiga de Silvia y hará de celestina intermediaria.

(Tómese nota de la fe puesta en Stalin para que sus agentes supremos sean de origen judío, tal vez como él mismo, lo que tampoco privó al antisemita de asesinarlos según su conveniencia)

El flechazo de Silvia por el falso Jacques Mornard es inmediato. La historia del encuentro, noviazgo y propuesta de matrimonio, con cartas de amor incluidas, es apasionante y digna de ser visitada con sosiego. En esta película de espías se mueven entre París, México, Nueva York con escenas de crimen al uso, prisión, psicoanálisis, juicio, tretas e intento de suicidio de la enamorada al saberse traicionada e imputada en el asesinato. ¿O atentado? El matiz importa. Durante el noviazgo de Mornard con la engañada Silvia llega incluso a confesarle su necesidad de cambiar de identidad. Puesto que la pareja debe viajar a México, meta de la misión secreta del espía, le pone como excusa que como belga puede ser llamado a filas (estamos ya en 1940, inicio de la Segunda Guerra Mundial) y el triple agente pasa a llamarse ahora Frank Jackson, ingeniero de minas y con pasaporte canadiense.

Ni por un momento cabe creer que el agente trabaja en solitario. Una secuencia muy interesante del hombre que supo vivir callado lo impide: se trata de la red de espionaje que lo sostiene y se encarga de todo el operativo soviético en las Américas. Es de una perfección inusitada para los medios primitivos de la época, aunque CIA, la Agencia de Inteligencia Americana, insuperable al parecer en temas de espionaje, irá siguiendo paso a paso todos los movimientos secretos del operativo “liquidar a Trotsky”. La documentación es accesible. “Que se maten entre ellos”, debieron pensar los estadounidenses. 

El Jefe inestimable de la Red se llama Grigorij Rabinovich (alias Roberts, alias Judío Francés), ha sido enviado a Nueva York y se encarga de la intendencia personal, documentación falsa, mantenimiento económico y vivienda de todos los agentes de la NKVD dispersos por el mundo. Roberts mueve a sus figuras como genial atleta del ajedrez soviético. Organiza una empresa doble de importación y exportación en Brooklyn que actua de tapadera del operativo “Madre” y para la que dice trabajar Mercader mientras corteja a su futura esposa Silvia Ageloff y pasea en su flamante Buick al matrimonio Trotsky, cuando, en realidad, la supuesta empresa, pantalla de un centro de transmisiones soviéticas es espiada a su vez, como es de esperar, por el espionaje de Estados Unidos.

Otro importante agente de la GPU es Iosif Grigulievich, alias “el escritor”, entre otras múltiples máscaras, y dibujante de un mapa de asesinatos que empiezan en Argentina, siguen en España y se extiende a otros lugares del mundo. Dirigió el frustrado Grupo Padre, con las ametralladoras y la pandilla de asaltantes ebrios de Siqueiros dispuestos a asesinar a Trotsky. Fue el agente comisionado por Stalin en 1953 para eliminar a Tito, presidente de Yugoeslavia y responsable, según la opinión del Gran Jefe, de un régimen fascista y trotskista. Una de las tres variantes para liquidarlo consistía en la entrega de “un obsequio que contenía un veneno que actuaría instantáneamente después de un período de tiempo determinado”. La muerte de Stalin detiene el proyecto aunque no la serie infinita de libros publicados por el agente “intelectual” del gran dios. Fue amigo de Pablo Neruda, que conocía sus tretas estalinistas, así como de otros escritores a los que fue engañando sobre su verdadera identidad. Utilizó seudónimos como Grig, Don Pepe, Romualdich pero el nombre de Grigulievich quedará en la literatura como autor de libros sobre las vidas de Bolívar, Che Guevara, Allende, Siqueiros…, entre otros personajes latinoamericanos.

El tercer agente, de los cuatro dirigentes intelectuales de los atentados contra Trotsky es un hombre en la sombra que trabaja desde México, actua bajo los nombres de Carlos Contreras y Enea Sormenti y no es otro que Vittorio Vidali, nacido en 1900 en la ciudad de Trieste, brigadista en la guerra española con cargo de comisario político y comandante del V Regimiento y al que se le atribuyen un sinfín de ejecuciones. Entre las primeras el asesinato de Andreu Nin, cuya eliminación en la operación Nikolai, dirigida por Orlov, se la disputan Grigulievich y este último. De él se decía; “Es más frío que el acero”. Y enamoradizo… como buen italiano. Le imputan la muerte del comunista cubano Julio Mella, esposo de Tina Modotti solo porque Vidali estaba fascinado por la fotógrafa. 

Más tarde lo responsabilizarán también de la muerte súbita en un taxi de Modotti cuando ésta acababa de abandonar el Partido Comunista. El Kremlin no perdona a sus desertores, y los celos pasionales de sus agentes, aun menos. Trotsky lo definió como uno de los agentes más crueles de la GPU en España. Y cuando Modotti murió en 1942 de un infarto, en un taxi, indispuesta y saliendo de una cena de amigos íntimos, celebrada a manera de despedida de Tina y Vidali, no faltaron las sospechas sobre una posible responsabilidad de Vidali, ya que Modotti sabía muchas cosas y, lo que era peor, empezaba a tener dudas serias sobre el sistema soviético. La GPU empleaba venenos que ocasionaban paros cardiacos sin dejar rastro. El escritor Victor Serge, crítico manifiesto contra el estalinismo, morirá en 1947, en México, según dicta el informe forense, de un ataque cardiaco y dentro de un taxi. La escritora Elena Garro, quien a la sazón frecuentaba los medios estalinistas, cuenta que su amiga Angélica Selke le dijo refiriéndose a Tina: “Yo estoy segura de que Carlos se la cargó…” Vidali es el agente que mejor a sabido borrar su nombre de la historia de la policía política de la URSS.

No tuvo la misma suerte Leonid Eitingon (alias Tom o Kotov), quien culminará con éxito el caprichoso encargo del dictador gracias a la proeza de su hijastro, Ramón Mercader del Río. Voces diversas plantean una disputa en el trío familiar por ver quien de los tres será el autor directo del asesinato de Trotsky. Dicen que Mercader se impuso a su padrastro, pero la preparación del joven republicano comunista para ser agente de élite invalida el argumento de la deliberación de candidatos. Lo que sí se da como cierto es que Caridad fue la impulsora del crimen político por la mano de su hijo predilecto.

Dos películas importantes lo relatan el suceso del crimen al detalle, además de libros y múltiples artículos. Mercader-Mornard (interpretado por el mismo Alain Delon) consigue entrar en el despacho de Trotsky. Lleva como armas un piolet, un puñal y una pistola. Opta por la primera y radical opción. Sus padres lo están esperando en la calle al volante de un coche preparado para la fuga. Clava el piolet en la cabeza de la víctima mientras está concentrada en lectura del escrito que el visitante le lleva como cebo. Consigue herirlo mortalmente pero con tiempo a gritar el nombre del asesino. Este es detenido y golpeado por los guardias. Madre y padrastro huyen al aeropuerto. El hijo lleva en el bolsillo una carta escrita por Rabinovich en la que su alter ego Mornard certifica que el “atentado obedece a algo personal ya que conoce en persona a Trotsky y lo ha decepcionado”. Dice más cosas. 

Pantomima, claro. Una sola verdad: su prometida Silvia no tiene nada que ver con ello. No son palabras vanas las de su defensa aunque leyéndolas parezcan las propias de un estúpido. Así es la imagen del héroe soviético que la URSS quiere dejar para la historia pública. La prioridad de la misión radica en que Stalin no se vea nunca involucrado en algo tan ruin como este asesinato. Nadie se atreverá a mencionar la orden. Ni el autor del crimen ni tampoco los últimos comunistas arrepentidos de la época. Al fin, el mundo entero terminará conociendo al responsable del mandato, pero la sombra de la duda seguirá borrando la verdad histórica y la imagen del ejecutor del homicidio “político” a Trotsky quedará desvaída y falseada hasta ahora-

La segunda vida de Ramón Mercader

Con la detención por asesinato de Jacques Mornard en la prisión de Lecumberri (México, D.F.) comienza la segunda vida de Ramón Mercader. La persona que vivirá en el Palacio Negro y la que, una vez cumplida la condena de veinte años, saldrá de allí será otra distinta a la anterior. ¿Un hombre nuevo? El condenado sufrirá por parte de sus guardianes torturas periódicas durante los primeros seis años de prisión. Los soportará con bravura propia de un agente de su categoría. Pese al dolor infligido no abrirá la boca ni siquiera para quejarse. Al principio, vivirá incomunicado del resto de los presos. El juez de su causa, Raúl Carranza Trujillo, psicoanalista criminológico de tesis avanzadas para la época, somete al condenado a un largo psicoanálisis del que desprende “un activo complejo de Edipo por parte de una madre dominante y de una figura paterna siniestra”. Se refiere a Stalin, por supuesto. Rubén Gallo, en su libro Freud y Stalin en México, incluye los ejercicios de Mornard en respuesta a las pruebas psicoanalíticas y añade la felicitación que Sigmund Freud envía a su colega mexicano, el psicólogo juez Carranza cuándo este le remite el libro de su trabajo con el “desmemoriado”.

El hombre sin nombre seguirá protegido por el dictador y sus acólitos. Su silencio vale oro. De ahí que en los veinte años de internamiento una comisión dirigida desde México por el agente secreto Kupper se ocupe de “vigilar” a Mercader, de costear su defensa y de hacerle la vida lo más confortable posible en Lecumberri. El preso especial dedicará su tiempo a la lectura, al estudio y la formación personal. Electrotecnia e historia son sus materias preferidas. Tiene la celda forrada de libros y comparte prisión con el artista Siqueiros, liberado pronto por la intervención de Pablo Neruda, y con los escritores Álvaro Mutis, José Agustín y William Burroughs. En algún sentido sigue permaneciendo mudo pese a las palizas continuas, aunque muy pronto conseguirá fama en la cárcel por una razón esta sí heroica. Se encarga de alfabetizar a más de mil presos de lo que se derivará, en alguna medida, una nueva identidad para el asesino. Recibirá el sobrenombre de El Santo. Así es como los reclusos llaman al oculto agente. Lo dijo la actriz Sara Montiel cuando lo visitó en Lecumberri y supo contarlo: “Mató a Trotsky pero malo no era”. Para un estalinista convencido como Mercader el mote de los presos resultaba irónico. Su hazaña solidaria se extenderá por todo el país y será el mismo presidente de la República mexicana quien entrará en prisión a condecorarlo por su labor humanitaria.

En el ecuador de su condena se descubre, al fin, la identidad del preso, para desgracia de su familia catalana que cierra filas ante tan terrible noticia. ¿Un catalán, de buena cuna? Pocos quieren creerlo. Alguno que otro artista e intelectual de izquierda se atreve a visitarlo. Su madre, Caridad Mercader, con un gran sentido de culpabilidad (llora mucho su desgracia en la URSS) se presenta en México y explica al agente Kupper que tiene un plan perfecto para liberar a su hijo. Los agentes no quieren ni oir hablar de ello, pues años antes la red mexicana se ha quitado de encima, entre otros descreídos de la causa estalinista, a Modotti. A Caridad Mercader haciendo de las suyas, en México, los súbditos del Kremlin no la soportan y van a ocasionarle un fortuito accidente de coche del que la buscada víctima sale ilesa, si bien fracasará el proyecto de huida de su hijo. “Marimandona”, le reprochará Ramón, por meter las narices donde no la llaman. 

Lo que nadie espera de este preso desmemoriado es que estando en el temido Palacio Negro se enamore, esta vez probablemente sin estrategia previa, de una bailaría folklórica llamada Roquelia, hija de aquella cocinera que la red soviético-mexicana ha contratado para ocuparse de su comida. Mercader ya entra y sale de la cárcel con la discreción de un invitado a prisionero. Por supuesto, su silencio no tiene precio. Y cautivo o libre sabe muy bien que es hombre sentenciado pese a ser (lo dijo en secreto) el comunista más leal a Stalin de todos los comunistas conocidos y por conocer. 

“He cometido un crimen y debo pagar por ello”, es uno de sus dos pensamientos clave. El otro: su convicción de que el atentado contra Trotsky obedeció a un crimen político, un acto de guerra propio de la época que le tocó vivir.

Este Mercader reaparecido, caída ya su careta de Mornard, tiene cuarenta y siete años cuando, una vez cumplidos los veinte de condena, sale discretamente de Lecumberri y corre a Moscú junto con su esposa Roquelia. Comienza entonces su prisión dorada. En la Unión Soviética es recibido con todos los honores y condecorado con la más alta distinción de su país de asilo, la de Héroe de la URSS y también la medalla de Stalin. Y pese a que el nombre que le han adjudicado sea otro, el festejo se celebrará, es claro, en la más estricta intimidad y anonimato. Tampoco, allá, en tierra extraña, nadie debe estar al corriente del motivo de tal altísima distinción que permitirá a Mercader moverse por la capital moscovita con todos los privilegios posibles. Todos salvo uno: La libertad de ser él mismo. Hasta el día de su muerte, e incluso años después de ser enterrado se le conocerá como Ramón Paulovich López. Marca de la casa: la que obliga a los agentes a disfrazarse de continuo desde que años atrás, durante la primera visita del joven Stalin a la vieja Europa, cuando llega a Viena con pasaporte griego, decide vestirse de mujer para ejemplo y figura de sus funcionarios especialísimos del futuro. 

¿Le importaba a Mercader tener que ser siempre otro? No, especialmente. En Moscú lee con voracidad. Escribe páginas y más páginas en los libros de la Historia del Partido Comunista Español y escucha música. Pasa el tiempo. Se aburre. Sueña con escapar. Le duele en el alma, en esos largos años que vivirá en la URSS junto a su mujer e hijos adoptados, la decepción y desencanto del sistema soviético, el tedio que siente Roquelia, el suyo propio, las purgas que padecerán sus colegas espías, incluido su padrastro Eitingon, la formación de los hijos, las traiciones, el desengaño por los presidentes posteriores, Kruchev y Breznev (a éste último lo detesta) y por encima de todo la lejanía del mar de su país de origen: Cataluña. 

Mercader quiere irse. Una conocida de Roquelia, hija de republicano español y vecina de la casa, va tomando confianza con la familia. La amistad crece. Comparte con Mercader la grisura del sistema y la jaula de oro en la que el héroe vive de sol a sol. Un buen día, ella se informa sobre la llegada de Fidel Castro a la Unión Soviética (27 de abril de 1963). Conocedor de que durante la famosa visita la amiga y vecina va a trabajar como intérprete del Presidente cubano, Ramón se atreve a pedirle: “Trata de decirle a Fidel que quiero ir a vivir a Cuba y que le agradecería como un favor que tuviera la amabilidad de invitarme”. Tampoco parece que esta misión pueda ser viable. Pero el destino vuelve a “ayudarle” y Castro acepta de inmediato la propuesta. Los rusos, por su lado, tampoco se aferran a la idea de mantener a perpetuidad a su asesino extraño. Más bien les molesta tener a este héroe desmemoriado campando por sus fueros. En Moscú fue siempre un personaje a quien no gustaba enseñarlo en público. Lo admiraban y temían al mismo tiempo.

“Soy una patata caliente para todo el mundo”, dice de sí mismo a la amiga y única apuntadora de confidencias. 

Nada más cierto. El viaje de Mercader a Cuba requiere ser organizado despacio como es norma de los países del rincón Este de aquel mundo. Roquelia y los hijos viajarán primero. La amiga del matrimonio, los seguirá de inmediato. También ha aceptado un trabajo en La Habana, único paraíso que algunos latinos de la URSS pueden permitirse. Mercader, sin embargo, debe quedarse en Moscú a fin de ultimar trámites de salida y recibir, según fecha sabiamente programada, otro premio honorífico que el 9 de mayo de 1964 sus camaradas de la KGB le hacen como regalo de despedida. El regalo consiste en un reloj de pulsera que Ramón López ata de inmediato a su muñeca, si bien, con tan mala suerte que, unas semanas más tarde, estando todavía solo en Moscú, el agente especial se siente enfermo, y es ingresado con el pulmón obstruido por un derrame. Mercader ha cumplido 51 años. El diagnóstico del resultado de las pruebas en el hospital moscovita no parece del todo claro. Varios especialistas, amigos de la familia, sospechan que es cáncer pero nunca realizan análisis ni biopsia. Su padrastro Eitingon lo visita en el hospital y al salir lanza a Luis Mercader, hermano de Ramón, la lapidaria frase: “Algo le deben haber hecho. ¿No lo habrán envenenado?”

¿Qué clase de enfermedad? Mercader quiere conocer el nombre pero es difícil responder claramente estas preguntas si el agente está “tocado y hundido”, una patata caliente. Así que cuando viaja a La Habana descenderá del avión herido de muerte. Sospecha la gravedad de su estado pero, terco en su silencio, el hombre sombra se aviene a trabajar como asesor de Fidel Castro. ¿Es creíble? Del trabajo que Mercader hace en Cuba para el Presidente Castro se ignora todo. Posiblemente asesora poca cosa o apenas nada. Mientras lo permite su enfermedad se presenta a diario a un edificio del Gobierno. Por supuesto, va acompañado de un escolta. Se mueve solo. Sin amigos. Y el único extranjero que consiguió estar con él en la isla caribeña fue un sobrino suyo, pariente lejano mío, que viajó ex profeso para visitarlo.

El escritor Cabrera Infante cuenta que cuando él y otros intelectuales se enteraron de la presencia Mercader en La Habana fueron a ver a su dirigente para reprocharle tal invitación. Castro les contesto que había dado la autorización “a pedido de una nación amiga” a la que debía “favores”.

El cáncer ha ido minando su cuerpo y son semanales las visitas al hospital cubano. La amiga leal, una de las pocas sino la única que nuestro agente puede permitirse, lo acompaña y ayuda en todo lo necesario. También ella ha aprendido a callar pero, por fortuna para la memoria histórica, es más joven que Ramón y calla menos. Y dará su testimonio riguroso, casi clandestino, de la vida cotidiana del héroe soviético durante los quince años de la tercera vida de Mercader, ahora Ramon López, nacido en Moscú.

No existe ningún diagnóstico exacto de los últimos años de vida de Mercader a pesar de ser atendido en las mejores clínicas moscovitas y por la mejor clínica de La Habana. Corre la sospecha de que Mercader fue envenenado antes de salir de Rusia. El temido veneno colocado, en esta ocasión, en un reloj de pulsera. Nadie quiere ni puede certificarlo. Pero todos dudan. Nadie se atreve a hablar claramente. 

En 1977, en plena transición española, Ramón Mercader, sentenciado y casi moribundo, el agente secreto más importante de la Unión Soviética, Héroe absoluto declarado por Stalin, solicita a Santiago Carrillo su deseo de morir en Cataluña, en el pueblo de veraneo de su infancia. El Secretario General del Partido Comunista de España, el hombre que también tuvo muchas vidas y mucho que guardar dentro del armario, le da una respuesta malévola, sobre todo viniendo de él. “De acuerdo”, le dice, “te doy permiso si a modo de arrepentimiento escribes una confesión completa de las actividades realizadas a los largo de tu vida y de quién te dio la orden del asesinato”. 

Agente honorífico como, pese a todo, nuestro héroe sigue siendo, Mercader rechaza categórico la oferta envenenada de su colega respondiéndole que él “nunca traicionará a los suyos”. Considera la propuesta una deslealtad a la organización para la que ha trabajado teniendo en cuenta, además, que muchos agentes de aquella operación siguen vivos en la URSS.

La condición del Zorro Rojo clama al cielo. El hombre al que se le reprocha no haber dado nunca una explicación sincera de los hechos desgraciados de Paracuellos (purgas y asesinatos), y cuya responsabilidad está demostrada, exige un mea culpa y la confesión de la verdad al héroe, colega y camarada responsable de un solo asesinato. 

Abandonar Moscú para regresar a Barcelona “ni que sea barriendo calles”, fue un sueño que sólo consiguió realizar a medias. Ramón morirá en La Habana un 19 de octubre de 1978 sin dejar prueba alguna de arrepentimiento por haber matado a León Trotsky. Sin embargo, sí lo lamentó a su manera. Comentó en más de una ocasión que había sido utilizado. A un amigo que lo conoció bien, en un momento de melancolía le dijo:

“Lo de Trotsky fue una acción justa en su tiempo pero jamás volvería a matar a otro hombre pese a que también existieran motivos ideológicos para hacerlo”.

El también llamado “brazo armado de Stalin” tenía una personalidad que dará todavía para mucha tinta. Prefiero fiarme de él. Del hombre que supo guardar un secreto a costa de perder su identidad, su vida, su verdad histórica y todo ello para no traicionar a la Bestia que sus camaradas habían alabado durante tanto tiempo. Y a la que, por cierto, Mercader nunca conoció personalmente.

Tomado de Revista Ñ













jueves, 16 de enero de 2014

Juan Gelman: El infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración



Por Juan Gelman

Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos

Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril. Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el banco de datos sanguíneos de familiares de desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.

Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”. Ha pasado mucho tiempo desde la de-saparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía. No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje. No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento. No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.

El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar. “Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.

“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido. “¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.” El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores. Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.

“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo. ¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor? ¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola? ¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella? Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios. Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.

Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes. La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones. La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.

Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia. Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben. Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos. Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.

La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos. En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad. En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”. La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot. Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.

Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.

El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet. Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán. Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.

¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales? El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”. Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.

Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos. En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana. Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable. Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.

Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación. Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.

En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”. Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.

Página/12, 10/12/08

lunes, 6 de enero de 2014

Los jefes (en la administración pública)



los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder, a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos


Hace algún tiempo escribí un pequeño ensayo dedicado al servidor público, artículo  que ha recorrido buena parte de las oficinas y dependencias estatales. Desde entonces he sentido que estoy en deuda con quienes asumen la durísima y sacrificada tarea –como ya veremos de cogobernar el aparato estatal, los jefes, sin los cuales la vida de los subalternos sería fría, intrascendente, aburrida. Eso sí, es menester dejar en claro que cualquier parecido entre lo que aquí se dice y la realidad es pura coincidencia, que no alude a individuo en específico, y que todo forma parte de ese gran holograma que según últimos descubrimientos científicos es nuestro Universo. Dicho de otra forma, esta lectura no existe, solo es un invento de su imaginación.

Partamos del principio que los jefes, como todo lo que existe sobre la Tierra, también sufren cambios. El jefe de épocas pasadas no es igual al de hoy, esencialmente porque responden a realidades diversas. El de antaño, aunque se daba ciertos aires de importancia, era un tipo distendido, refugiado en oficinas sobrias, nada ostentosas. Hasta para hacer negocios era cauto, mesurado, cuidaba el nombre, las apariencias.
Entonces, ¿cómo son los jefes de la nueva administración pública? Dejemos en claro que cuando digo “jefes” me refiero a aquellos de alto nivel; y “nuevos” es una forma de decir, ya que la mayoría llevan algunos años apoltronados en sus anatómicos y caros sillones.
Quienes los vieron llegar pueden dar fe del cambio. Muchos, la mayoría para ser justos, aparecieron con una mano adelante y otra atrás. Para disimular la carencia de recursos vestían un terno obscuro que alternaban con dos o tres camisas y una o dos corbatas durante la semana. Los que llegaron de provincias para “apoyar” al compañero presidente buscaron alojamiento en esos hotelitos baratos, de medio pelo, que abundan en la zona norte y que como gancho ofrecen desayuno gratis. Más de uno participaba del menú sobrepreciado que contratan las instituciones públicas. Otros, cansados de esa horrible comida reciclada mandaban a comprar el clásico KFC, con arroz y menestra. Ya se podrán imaginar el olor que se impregnaba en las oficinas, difícilmente disimulado por el ambiental rociado por las afanosas secretarias apenas el jefe, apremiado por la naturaleza, entraba al baño.
Hoy los jefes son cancheros, conocen el teje y maneje de la cosa pública. Aprendieron a usar con solvencia terno y corbata, a combinar la ropa, los zapatos. Ahora usan vestimenta caché comprada en tiendas exclusivas o traída del exterior en esos constantes y sacrificados viajes fuera del país. Algunos hasta ya saben para qué mismo sirven las entidades a su cargo. Se dan el lujo de comer en restaurantes gourmet, viven en buenos hoteles o arriendan suites en sectores exclusivos. Los más visionarios y pragmáticos (palabrita de moda con la que se designa a los negociadores) compraron o cambiaron su vivienda por otra. Quienes llegaron del trópico hoy se desenvuelven en la capital como peces en el agua. Le cogieron gusto al aire acondicionado natural, les agrada lo verde, los buenos colegios, la relativa seguridad, por eso muchos trajeron a la familia. Es posible que a futuro ya no regresen al terruño. Se acostumbraron a convivir con los antes odiados y menospreciados “serranos o paisanos” a quienes calificaban de burócratas vagos vividores de las rentas que producía el llano, la costa.
En lo laboral, conocen al dedillo el presupuesto institucional y su manejo, tanto que instruyen a financieros y jurídicos sobre qué procedimiento utilizar para las contrataciones. Saben que lo más rápido, práctico y “conveniente”, es acogerse a las declaratorias de emergencia. Claro, en un país subdesarrollado como este, pese al “milagro económico” que dizque experimentamos, todo es emergente, para ayer. Así que lo único que deben hacer los que manejan las compras públicas es cambiar ciertas variables a los modelos de resoluciones y contratos. Facilito.
Están conscientes que por sus obras serán juzgados de eficientes o ineficientes. Eficientes los que gastan todo el presupuesto, en lo que sea y como sea; ineficientes los lentos, los que todavía creen que deben respetar la ley, los que consultan si se puede o no hacer tal o cual cosa. No obstante, aún estos últimos saben que obligatoriamente debe constar en el famoso plan operativo todo lo imaginable, incluidos rubros que a futuro permitan camuflar gastos políticos, aportes, movilizaciones, propaganda, banderitas, vallas, festejos, etc, etc.  A propósito, es curioso ver como el último mes del año, todos entran en una especie de locura colectiva. Lo que no pudieron hacer durante once meses quieren sacar a como dé lugar los últimos días de diciembre. Así, la ejecución presupuestaria que hasta entonces no llegaba al 50%, por obra y gracia de la desesperación sube milagrosamente al 60 o 70 por ciento. No hace falta decir que estos gasto de última hora, en tiempos de navidad y fin de año generan muchas satisfacciones.        

¿Cómo son los jefes en la oficina? Bueno, los hay de toda clase. Para que no se resientan las feministas, diremos que los hay tranquilos y tranquilas (en realidad esta no es una virtud común en ellas), prepotentes y prepotentas, ramplones y ramplonas, vagos y vagas, desfachatados y desfachatadas, paranoicos y paranoicas… En lo que si todos y todas se parecen es en su lealtad al “proyecto”. No saben qué carajo es eso, pero juran que son leales al proyecto del gobierno. Concurren obligatoriamente a marchas y contramarchas, a concentraciones y desconcentraciones, algunos, los más hábiles, los que lograron subir varios peldaños en la escala de cercanía al sol que nos alumbra asisten a los monólogos en donde el supremo jefe se luce ante una eufórica y encantada concurrencia que agita banderitas y aplaude a rabiar.

Algo que caracteriza a ellos y a ellas por igual es el aprovechamiento del trabajo ajeno. Aprendieron a quedar bien a costa de otros: “Fulano, necesito esto para el mediodía", "fulana, esto es urgente, para las cuatro de la tarde, "a ver señores esto me tienen listo a más tardar para mañana”, y así, todo lo delegan. Asumen, para quedar bien, responsabilidades que no les competen. “No te preocupes, nosotros hacemos esto”, “déjamelo a mí, yo me encargo”… y claro, inmediatamente ordenan a algún subalterno que se saque la mierda haciendo el trabajo. Una vez terminado, aparecen como los autores, mientras que el personal de tropa que se desveló ni siquiera es mencionado, a no ser para responsabilizarlo por las falencias. Es ya característico que los jefes esperen la hora de salida para pedir informes o convocar a reuniones. ¿Alguien se traga el cuento que ese informe o las beberías que se tratan en las reuniones no pueden esperar hasta el otro día o la próxima semana? Claro que no, es la simple gana de joder, de darse importancia, de crear sobre él o ella un halo de esforzado y eficiente servidor. Se pasan el día en juntas y reuniones tomando cafecitos, recibiendo delegaciones que ofrecen lindos negocios, o inaugurando obras donde se malgastó el dinero. Así secretarias y el “equipo de confianza” deben esperar hasta que el jefe o jefa decida terminar con todas las reuniones para ver que si no se le ocurre armar otra o delegar alguna tarea.

Por cierto, aquello del “equipo de confianza” da para una crónica extensa. Por ahora únicamente digamos que en la argolla no están todos los que son, ni son todos los que están. Hay equipos y equipos. Unos constituidos sobre la necesidad de fortalecer la gestión institucional, mientras que hay otros en los que ciertos miembros ni siquiera trabajan en la misma institución, o se mantienen en la periferia, en oficinas privadas, oficiando de emisarios y lobistas. En este segundo caso, los verdaderos miembros son ultra cercanos al jefe, generalmente antiguos conocidos. Su condición de coautores o conocedores de malandanzas y metidas de pata hace que los vínculos entre ellos sean indisolubles; vínculo sustentado en una especie de pacto de silencio.       


Otra característica común es su fascinación por los viajes. ¡Cómo les encanta viajar! Ni bien se posesionan comienzan a planificar los viajes. Todos viajan. Para esta gente que antes se excitaba yendo a algún balneario de la costa, hoy el mundo les queda chico. Ir a Europa, Asia, el Medio o lejano Oriente, Sur o Norteamérica, se ha vuelto rutinario. Viajan con los más increíbles pretextos. Que a dictar una "conferencia magistral", que a socializar el nuevo reglamento, que a promocionar tal o cual cosa, que a informar a los migrantes sus derechos, que a firmar el tratado de entendimiento o el convenio marco, que a dar a conocer al mundo las nuevas estrategias de comercio, que al festival o la conferencia sobre esto y aquello. Y cuando se les pregunta: “¿qué tal estuvo el viaje?”, la respuesta siempre es: “cansado”. ¿Y cómo no van a estar cansados de tanto viajar?


También es común la caridad familiar. Basta que se posesione el jefe o la jefa para que en tropel ingrese a la administración toda la parentela y, si hace falta, los relacionados a ésta. Padres, hermanos, tíos, primos, cuñados, novios, concubinos… etc, etc, en su mayoría paniaguados, buenos para nada, son ubicados sino en la misma entidad en otras afines. Y no en cualquier puesto ni con cualquier sueldo, claro que no, ha de ser en funciones directivas, como corresponde al estatus del jefe.  


Volviendo a lo de antes, decíamos que hay jefes y jefas para todos los gustos, aunque por lo general la mayoría se caracterizan por tener a la gente al borde de la locura. Los informes, el oficio, los contratos, los reglamentos, las resoluciones, los pasajes... todo es urgente. Da la impresión que el futuro del paisito depende de algún informe, resolución o reglamento. Imagínense lo que pasa cuando esos informes están dirigidos al supremo jefe. Los revisan una y otra vez, suman y vuelven a sumar, mueven los cuadros de un lado al otro, pintan una columna de un color, resaltan otra, que sea lo más claro y sucinto dicen, que el supremo no tiene tiempo para leer testamentos, que solo se fija en lo importante. Eso sí, por acaso se le ocurra tomar la lección completa hay que poner los hipervínculos y llevar a cuestas toda la documentación de respaldo. Si las cosas salen bien, se felicitan, se abrazan, los rostros se iluminan de felicidad; pero si no, entonces arde Troya, se busca inmediatamente culpables, que como mínimo reciben una puteada que les dejará con estrés para toda la vida.


LAS JEFAS


¡Ah, las jefas! Ellas merecen capítulo aparte. Son una especie de última data, emergieron con los nuevos tiempos, con el cambio de época. Antes se conocían algunos ejemplares, pero en general su paso por la administración pública no tuvo el dramatismo ni la incidencia que tiene actualmente. En su mayoría son jóvenes, aunque por excepción las hay entradas en años. De procedencia distinta, algunas vienen acompañadas de un pedigrí linajudo, aspecto elegante, cutis bien mantenido, figura moldeada en gimnasios y quirófanos… mientras que en otras se aprecia la huella marcada por la vivencia en sectores populares, en donde a lo largo del tiempo se ha sentido maltrato, discriminación, carencia y una apreciable carga de frustraciones.  


Pero bien, con la revolución y los tiempos, estas mujeres aparecen reclamando su derecho a ser visibilizadas e incorporadas al aparato estatal, a ministerios, subsecretarías, embajadas, gerencias y puestos de dirección. Es lo que nos merecemos dicen. Uno de sus principales argumentos es que se han preparado y como prueba exhiben títulos académicos, no uno, sino varios y en todos los campos imaginables, y las que no tienen ese backup acuden a su trayectoria en el movimiento. Ya en el cargo, asumen las funciones con la mayor severidad posible. Curiosamente las principales víctimas de una reprimida demostración de autoritarismo y prepotencia que de inmediato sale a flote no son los machos, los opresores, no, son las mismas mujeres, sus congéneres. Prefieren descargar su frustración sobre otras mujeres antes que enfrentarse a quienes a lo largo de la historia las han dominado. No pueden ocultar su antipatía hacia determinadas funcionarias, menos cuando las subalternas demuestran mayores conocimientos y mejores ejecutorias, y si a más de capacidad la supuesta adversaria es agraciada la locura es total, eso las vuelve paranoicas. Asumen que el puestito está en riesgo. De ahí que cualquier trabajo que realizan aquellas es revisado con microscopio, les buscan fallas hasta en las comas, para desacreditarlas tachan aquí y allá, ponen lo mismo pero con otras palabras, y como golpe de gracia, de todo menos de los aciertos dejan constancias en correos o mediante oficio. Así, las féminas se convierten en las primeras víctimas de esta versión de neofascismo solapado que invade el sector público. Podría decirse que el infierno es un spa comparado con el acoso que las víctimas tendrán que soportar día a día, acoso del que hasta ahora no se conoce escapatoria.
Obsesionadas como son, luego de 12 o más horas de derramar bilis en la oficina, ya en casa, la laptop y el celular permanecen encendidos si acaso el jefe no olviden que en la pirámide del poder siempre hay un superior pida alguna información. El gusano que habita en sus cerebros les dice despiertas y en sueños que son imprescindibles, que sin ellas la entidad se derrumba, que el mundo se acaba. Al haberse constituido en las principales aportantes de recursos al hogar los maridos resignan su actitud dominante, al fin que alguien debe pagar las cuotas del auto, las nuevas tv ultraplanas, la ropa de marca, las vacaciones, etc, etc.
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En fin, los nuevos jefes y jefas, imbuidos de todos o casi todos los poderes, se consideran amos y señoras de sus respectivas dependencias. Están por sobre el bien y el mal, nadie pone en duda su carácter omnisciente. El todopoderoso estado les ha otorgado inmunidad para hacer y deshacer conforme su sabia voluntad. Son miembros y miembras de una corporación que gobierna según los propósitos del supremo líder a quien deben gratitud, lealtad y obediencia. A cambio de ello disfrutan de todos los placeres terrenales y de un ejército de súbditos prestos a ejecutar sus mandatos. Altas remuneraciones y manejo discrecional, asociados a otros privilegios, dan forma a lo que parece una nueva administración, pero que en esencia reedita viejos sistemas medievales de dominación y autoritarismo y, no en pocos casos, de descomposición.

  

domingo, 22 de diciembre de 2013

El sermón del anticristo de Fernando Vallejo


 
 
¡Qué miedo le voy a tener yo al infierno! Miedo le tengo a un agujero negro que me trague. Dios como explicación del origen del universo es la vuelta del bobo...
 
 
 
 
 
Con este título resumieron en la Feria del Libro de Guadalajara el “Encuentro con los mil jóvenes” que tuvo el escritor colombiano radicado en México, Fernando Vallejo, quien presentó los libros 'Peroratas' y 'Casablanca la bella' (Sello editorial Alfaguara). Este es el texto del comienzo de su polémica intervención, del 4 de diciembre de 2013:
 
Dios no existe, muchachos, ése es un cuento de clérigos desvergonzados inventado para sus fines abusando de la credulidad del rebaño: de curas católicos, pastores protestantes, popes ortodoxos, rabinos judíos, ayatolas musulmanes...
 
Por Dios entendemos fundamentalmente dos cosas: el creador del universo y el Ser de la Suprema Bondad. ¿Y quién dijo que al universo lo tenían qué crear? Para empezar, ni siquiera sabemos qué es el universo. Estrellas de protones, materia oscura, agujeros negros... De eso nos hablan últimamente los astrofísicos, que tienen el telescopio Hubble y que cada vez que abren la boca nos aterrorizan. ¡Qué miedo le voy a tener yo al infierno! Miedo le tengo a un agujero negro que me trague. Dios como explicación del origen del universo es la vuelta del bobo, una explicación que no explica nada, pues ¿cómo nos explicamos que Él no haya tenido origen? Si Dios no tuvo origen, entonces la premisa “todo tiene que tener un origen” es falsa, y sobre una premisa falsa no se puede construir un silogismo verdadero. A mí me cuesta menos trabajo aceptar que el universo está ahí desde siempre, que aceptar el que esté desde siempre sea Dios, por la simple razón de que a Dios nunca lo he visto mientras al universo sí, y si no todo por lo menos una partecita: esta sala en que estamos, por ejemplo.

Consideremos ahora a Dios como el Ser de la Suprema Bondad. ¿Uno que nos manda los terremotos, los maremotos, las hambrunas, la enfermedad, la vejez, la muerte? ¡Qué tal que no fuera bueno, cómo nos iría!
 
Y su hijo Cristo, ¿era bueno, o era malo? “Por sus frutos los conoceréis”, dice él en los Evangelios. Pues por los suyos lo voy a conocer, midiéndolo con su propio rasero. En los Evangelios hay un episodio en que se encuentra con un endemoniado de Gadara o de Gerasa, dos de las diez ciudades de lengua griega de la Decápolis, que estaban situadas en las inmediaciones del mar de Galilea. ¿Y qué hace? Le saca al endemoniado los demonios que tiene adentro y se los pasa a una piara de cerdos, que enloquecidos corren a ahogarse al mar. ¿Y por qué no esfumó los demonios en el aire en vez de pasárselos a unos pobres e inocentes animales que ningún mal le habían hecho y que eran obra de su papá, el Padre Eterno? ¿Y les pagó acaso a los porqueros el daño que les hizo al dejarlos sin sus animales? ¡Ni un denario! Llegaba, hacía el mal y se iba. Era un loco rabioso. A los mercaderes del templo los expulsó a latigazos porque estaban vendiendo ahí sus mercancías. ¿Y si no quería que se ganaran la vida vendiendo, por qué no le pidió a su papá, el Padre Eterno, que los hiciera ricos? Y a Herodes Antipas, el tetrarca, le mandaba decir con los fariseos: “Id y decidle a ese zorro que yo curo enfermos y expulso demonios”. Y a los fariseos los llamaba “serpientes, raza de víboras”. ¡El Hijo de Dios insultando con nombres de animales como cualquier Lenin o Fidel Castro! Y decía también el exorcista rabioso: “No les echéis las cosas santas a los perros ni vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y revolviéndose os despedacen”. ¿Cuándo han visto ustedes a un cerdo despedazando a un ser humano? A los que sí he visto yo es a los seres humanos acuchillando a un cerdo: en mi niñez, en mi lejana Colombia, el 24 de diciembre, día de la navidad, para celebrar esos hijueputas colombianos con su ritual monstruoso la venida a este mundo del Niño Dios. Todavía me resuenan en el alma los aullidos de dolor y de terror del pobre animal. Me los borrará de la memoria la muerte. Sí les voy a echar las perlas a los cerdos, y al primer perro callejero que me encuentre le voy a dar un copón lleno de hostias para que calme el hambre. Pero sin consagrar, ¿eh?, no se me vaya a envenenar el animalito. Y decía también el loquito de Galilea: “No está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros”. Como yo no tengo hijos... En eso sí soy como él, que no se reprodujo.
 
¿Y este engendro de la maldad que les pasa los demonios a unos pobres cerdos para que se vayan a ahogar al mar, que insulta con nombres de animales y que se deja llevar por la ira es el paradigma de lo humano, el modelo que tenemos que seguir, el inventor de la moral? Con razón siguen existiendo hoy los mataderos y la industria porcina y la industria avícola y la vivisección y la experimentación con los animales. ¡Claro, como la religión nos lo permite! Nos permite esclavizarlos y torturarlos y vejarlos y matarlos y comérnoslos sin que salga de las puercas bocas de sus puercos clérigos ni una sola palabra de reproche. Religión no puede ser sinónimo de bondad: es sinónimo de infamia. La religión nos pone desde que nacemos una venda en los ojos que nos impide ver a los animales como nuestros hermanos y nuestro prójimo. Y cuando digo “animales” me refiero a los que tienen un sistema nervioso complejo por el que sienten el hambre, la sed, el dolor, el miedo, como nosotros, y muy en especial a los que el hombre domesticó, como los perros y los cerdos. Esa venda que me puso a mí la Iglesia desde que nací, y que les puso a ustedes, es la venda moral. Yo ya me la quité. Vengo a pedirles a ustedes que se la quiten.
 
¿Qué los cerdos son sucios y viven en chiqueros? ¡Claro, porque ahí los encierran! Enciérrenme en la Capilla Sixtina a los 110 cardenales que con la inspiración del Espíritu Santo acaban de elegir papa al argentino Bergoglio, y me les cierran las puertas de los inodoros para que no puedan usarlos a ver en qué la dejan. En el chiquero más asqueroso del planeta Tierra, que no lo limpia ni con sus lenguas de fuego el Espíritu Santo.
 
¿Y para qué está esta entelequia alada, a ver? ¿Para iluminar a los purpurados? ¿Entonces por qué se necesitan varias votaciones para elegir a un papa, que se prologan por días, semanas, meses y hasta años, como el cónclave de 1294 que estuvo trabado dos años y tres meses porque los doce cardenales electores no se lograban poner de acuerdo, divididos como estaban en dos bandos por intereses mundanos y lealtades familiares: seis con la famila de los Orsini y seis con la de los Colona. ¿Y el Espíritu Santo qué hacía en tanto? ¿Se fue de vacaciones, o qué? Si el Espíritu Santo es el que ilumina a los cardenales, entonces éstos deberían elegir al nuevo papa por unanimidad y sin necesidad siquiera de votaciones: se levantan todos a una y a mano alzada aclaman al que les sople en los oídos el Paráclito.
 
Y de los 266 papas que enumera el Anuario Pontificio contando al de ahora, diez reinaron menos de 33 días, que es lo que alcanzó a reinar nuestro reciente Albino Luciani o Juan Pablo I, quien se fue al Más Allá en sus pañales pontificios tras un ataque al corazón: con un hipotensor se lo pararon. Pero el que tiene el récord de papa breve es Giambattista Castagna o Urbano VII, que no alcanzó a llegar a la coronación: saliendo del cónclave enfermó y a los doce días lo llamó el Altísimo a rendir cuentas. Cuentas por la fotunita que amasó como Inquisidor General del Santo Oficio quedándose con los bienes de sus víctimas. ¿No se les hace un despropósito elegir un papa para doce días? ¿No será que a la paloma del Espíritu Santo se le enloqueció la brújula? La nave de la Iglesia va al garete. Le voy a abrir su buen boquete para que se hunda.
 
¿Y por qué tiene que tener Dios un Hijo, a ver? Yavé, el Dios judío, no lo tiene. Y Alá, el Dios mahometano, tampoco. Por eso el judaísmo y el mahometismo son religiones monoteístas, palabra que significa que tienen un solo Dios. El cristianismo dice que él también, pero tiene tres: la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres en uno como el detergente. El cristianismo es un triteísmo monoestúpido.
 
Y Cristo, ¿existió, o no existió? ¿Cuál de todos, si yo sé de diecisiete? Aquí les van: el Cristo de los ebionitas, el Cristo de los elkesaítas, el Cristo de los ofitas, el Cristo de los adopcionistas, el Cristo de los docetistas, el Cristo de los gnósticos, el Cristo de los judaizantes, el Cristo de los simonianos, el Cristo de los valentinianos, el Cristo de los harpocracianos, el Cristo de Basílides, el de Cristo de Cerinto, el Cristo de Carpócrtates, el Cristo de Marción. Y los tres Cristos de la secta que se llamó entonces “católica”, que en griego significa universal, nombre que ha guardado para designarse a sí misma hasta hoy la Iglesia de Roma: el Cristo de los evangelios sinópticos de Marcos, Mateo y Lucas; el Cristo del evangelio de Juan; y el Cristo el de las epístolas de Pablo. Diecisiete. Éstos eran los que había en el año 180 cuando el filósofo pagano Celso escribió su libro contra el cristianismo “La palabra verdadera”, Aletes Logos en griego. El libro lo destruyó la secta católica no bien se tomó el poder, pero de él han quedado los pasajes que citó el padre de la Iglesia Orígenes en su pretendida refutación de Celso escrita 70 años después. De lo que cita Orígenes voy recordar dos cosas: una, que en el año 180 el cristianismo no era homogéneo sino que lo constituían un montón de sectas peleadas las unas con las otras, como hoy siguen peleados en Irlanda del Norte los católicos con los protestantes, en una guerra a muerte que se arrastra desde hace siglos. Y dos, que el cristianismo no era sino una mitología más, sin originalidad, copiada de las de Grecia y el Oriente. Y así es. En el siglo II, o sea después del año 100, el cristianismo era un conjunto heterogéneo de sectas teosóficas y ascéticas surgidas de los cultos y hechicerías del mundo antiguo, y cada una con su Cristo. ¿Y antes del año 100? Antes del año 100 no hay Cristos ni cristianismo. Ni hoy hay quién pueda probar que los hubo. Lo que entendemos hoy por Cristo o por Jesús es un engendro del siglo II fraguado por Roma, centro del imperio y del mundo helenizado, juntando rasgos de los muchos dioses y redentores del género humano que circulaban entonces en la cuenca del Mediterráneo: Atis de Frigia, Dionisos de Grecia, Osiris y Horus de Egipto, Zoroastro y Mitra de Persia, Krishna de la India, Buda de Nepal... Pero Cristo encarnado nunca hubo, no hay ningún Jesús histórico, ésta es la patraña más descarada que yo conozca, y conozco muchas: de la política, de la literatura, de la ciencia...
 
En el año 310 una de las sectas cristianas, la católica, se montó al carro del triunfo del emperador Constantino, un genocida, y se convirtió en la religión del Imperio. En poco tiempo exterminó a las otras sectas cristianas y a todos los cultos o misterios que venían del pasado, quedando sola e imponiendo de paso, como si de uno solo se tratara, a sus tres Cristos. La novedad del Cristo triple de la secta triunfante es que ésta pretendía que era histórico: que había nacido bajo el reinado del emperador Augusto y predicado y muerto en la cruz en el reinado del emperador Tiberio. Y para darle un toque de verdad a la mentira, los evangelistas –san Marcos, san Mateo, san Lucas y san Juan– citaban unos cuantos personajes históricos tomados de las Antigüedades judías del historiador Flavio Josefo: los sumos sacerdotes Anás y Caifás, por ejemplo; Herodes Antipas y su hermano Arquelao; el procurador romano Poncio Pilatos... Pero el libro de Flavio Josefo, que fue escrito hacia el año 90, menciona cientos de nombres. De la historia de Judea en el siglo I los evangelistas sólo saben lo que tomaron de ese historiador judío que escribió en griego, y de su geografía nada, no la conocen, la tienen toda equivocada porque no eran de ahí. Es que san Marcos no existió, ni san Mateo, ni san Lucas, ni san Juan, y los Evangelios atribuidos a ellos los escribieron muchos, muchos autores anónimos, no sabemos cuántos ni dónde ni cuándo exactamente, como pasa, por lo demás, con los restantes textos del Nuevo Testamento y todos los del Antiguo. La Biblia entera es apócrifa. Así que vamos quitándoles lo de santo a esos cuatro inexistentes varones, inventados como Cristo y su madre María y su padre putativo José por el Espíritu de la Mentira. Que dizque el Espíritu Santo descendió sobre María y la cubrió con su sombra... Las sombras no preñan: oscurecen.
 
Y ya metidos en gastos vamos suprimiendo el santoral, esa caterva de reprimidos sexuales y de asesinos como san Carlos Borromeo, que quemó vivos a ocho en Val Mesolina; o como san Roberto Belarmino, que mandó a la hoguera a Giordano Bruno y por poco no quema también a Galileo; o como San Pío V (Antonio Ghislieri, su nombre de soltero antes de ser esposa del Señor), gran perseguidor de los judíos. Con el título cardenalicio de San Roberto Belarmino, Karol Wojtyla, el papa polaco, hizo cardenal al actual, a Jorge Mario Bergoglio. Ahora éste canoniza a Wojtyla para pagarle el favor. Nunca le recen, muchachos, a san Juan Pablito II porque pierden el tiempo: está en los infiernos. Y santo que está en los infiernos no es santo: es un condenado.

*Si quiere ver el video de esta charla, búsquelo en You Tube bajo el título de "Fernando Vallejo el sermón del Anticristo".