miércoles, 22 de febrero de 2012

Cinco Años Después

Cualquiera sea el futuro de la “revolución ciudadana”, lo cierto es que durante cinco años el país ha vivido una vorágine político mediática acorde a un libreto al que sin mayor reparo han adherido sus detractores. Cinco años en que –como nunca en las últimas tres décadas- este gobierno se ha desenvuelto en el mejor escenario imaginado, con un marco jurídico constitucional fabricado a su medida, prácticamente sin oposición, con inagotables recursos fiscales y cero fiscalización.

Infectado por el vicio del poder, Correa, igual que ciertos regímenes totalitarios, sustenta su control del aparato estatal en: una descomunal y costosa maquinaria propagandística orientada a exaltar su imagen; un fuerte vínculo con los mandos militares; la sumisión de los órganos del Estado; el uso represivo del sistema judicial; y, una política social clientelar que subsidiariamente le permite contar con fuerzas de choque para enfrentarla a los “enemigos del cambio”. Para dar consistencia a su repetida frase: “a esta revolución no la para nadie”, el caudillo ha dado muestras de estar dispuesto a todo. Entendiéndose por todo: perseguir, encarcelar o imponer castigos millonarios a quienes denuncien abusos de poder o actos de corrupción; propiciar leyes que le permitan el control absoluto del Estado; manipular los espacios de participación ciudadana; deslegitimar cualquier manifestación de la oposición; e inclusive hacer uso de la fuerza. 

Resulta contradictorio y hasta anecdótico que mientras el Presidente dice defender la democracia muestre una patológica intolerancia a la crítica. Que hable de participación ciudadana cuando en la práctica no existen mesas de consulta y diálogo que permitan al pueblo debatir los temas trascendentales. Que diga que está combatiendo la corrupción, cuando para eludir procesos licitatorios se han institucionalizado las declaratorias de emergencia y recurrido a préstamos con la banca de inversión extranjera entregando a dedo los proyectos estratégicos a empresas de esos países, en especial chinas. Por más que se pretenda acallar las voces discordantes con millonarias demandas, difícilmente se puede difuminar las dudas sobre las cuestionadas compras de ambulancias, lanchas, helicópteros, radares; la intermediación en la refinación de crudo, la entrega de campos a empresas transnacionales, la renegociación con Odebrecht, los contratos del Gran Hermano.  

Uno de los aspectos que más llama la atención de este gobierno es el uso demagógico de las palabras “revolución” y “socialismo” completamente alejadas de su concepto ortodoxo, ya que por ningún lado se observa el ascenso al poder de los trabajadores, la vigencia de la democracia, la redistribución de la tierra, o el control del Estado sobre los medios de producción y el sistema financiero. Por el contrario, en estos cinco años, la banca y la gran industria, en manos privadas, han reportado el mayor crecimiento de sus ganancias. Quizá lo revolucionario esté en la composición del gobierno, al cual de a poco fueron trepando una variada gama de actores políticos. Ahí, juntos y revueltos están personajes vinculados a la extrema derecha, a la izquierda light, tecnócratas, empresarios, boys scouts, ciertos ex insurgentes que hace años colgaron los guantes y que hoy sin reserva declaran su amor a quien “no es perfecto más se acerca a lo que simplemente soñaron”, socialdemócratas, defensores de DD.HH. en servicio pasivo, reformistas, dirigentes (sin) obreros, unos cuantos académicos, movimientos rockeros, ambientalista, feministas, y un sinfín de oportunistas a quienes se compró su lealtad a cambio de dádivas o entregándoles una pequeña parcela en la pirámide del poder. Se los puede observar cómodamente instalados en embajadas, consulados, ministerios y entidades públicas: IESS, Secretaría de Pueblos, Senagua, Seguro Campesino, Senecyt… En realidad no se puede acusar a este gobierno de haberse desviado del socialismo porque nunca transitó ese sendero. Sin embargo, el uso maniqueo, prostituido, de ese concepto ha permitido a los sectores reaccionarios -herederos de la derecha putrefacta- desprestigiar esa tendencia que podía haber sido una alternativa histórica.      

Se dice que para dar muestras de fortaleza e infundir temor el poder necesita de enemigos a quienes aplastar. Al no tener contradictores reales ha debido inventarlos. A su tiempo fueron los indígenas, alguno que otro banquero, la izquierda infantil, las gorditas horrorosas, los maestros, la policía, los medios de comunicación. Como estos -a más de reportarle millonarias ganancias con truculentas demandas- no reúnen el peso necesario, para glorificar su imagen ha debido echar mano hasta de chambonadas como el 30S, episodio del que salió con el orgullo maltrecho y el reconocimiento de que el poder sin la milicia no es posible sostenerlo. Parte de esta tragicomedia que vive la nación son las sabatinas, culebrones creados para soliviantar a sus huestes con piruetas verbales (“primero muerto antes que perder la vida”), improvisaciones de canto, baile, melodramas, y de plato fuerte: una incontenible descarga de acusaciones, descalificaciones, amenazas e insultos contra todo lo que se asemeje a oposición. 

Parece un desgaste innecesario listar las obras o acciones que podrían considerarse positivas durante este lustro si lo fundamental, la democracia –con todas las imperfecciones y limitaciones que impone el capitalismo-, cada vez sufre mayor debilitamiento. No podemos cerrar los ojos e ignorar que nos gobiernan personas sin ningún espíritu democrático, para quienes la Constitución y las leyes, que ellos mismo impulsaron, son veleidades que no merecen ser observadas si se convierten en obstáculo para lograr sus fines; individuos dispuestos a pisar cuanto se atraviese en su camino o amenace su control absoluto del poder, ya que quienes lo detentan, como dice un escritor peruano “…quieren más poder, tienen miedo a perderlo, se desvelan por no perderlo, recurren con frecuencia a toda clase de trampas, ruindades y abyecciones para perpetuarse y extender su dominio sobre los otros, los que miran las noticias sin aparecer en ellas”.

Frente a este nefasto panorama, urge conformar un gran frente nacional por la democracia y los derechos. Aunque suene a expresión común, es hora de la unidad de los sectores progresistas, de la renuncia a intereses y cálculos mezquinos. Existe una enorme corriente de ciudadanos cansada de tanto atropello y cinismo, que no encuentra en donde depositar su inconformidad ni quien la lidere. En la coyuntura actual la vieja táctica de no descubrir las cartas hasta el final del juego simplemente no funciona, pues mientras la oposición continúa dando golpes al vacío, el caudillo sigue acumulando poder, en tanto que la derecha está a la espera de pescar a río revuelto. No debemos olvidar que la izquierda y los sectores sociales tienen una gran deuda con el pueblo.  






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